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El hijo del iraní

Agassi

ALEJANDRO LUQUE |  El hijo de la portuguesa fue el título que Juanjo Téllez puso a su biografía de Paco de Lucía. Era un homenaje a Luzía Gomes, la misma que el músico llevó siempre en su nombre artístico, y a la que dedicó un disco memorable. Sin embargo, leyendo esas páginas queda de manifiesto que el verdadero creador de Paco de Lucía fue su padre, Francisco Sánchez Pecino, a quien Téllez compara con Leopold Mozart en lo que se refiere a exigencia sobre el genio precoz.

He recordado bastante al inmortal de Algeciras leyendo esta biografía del tenista André Agassi. Éste afirma reiteradamente que odia el tenis, que siempre lo ha odiado, más o menos en los términos similares en los que Paco hablaba de la guitarra como una esclavitud, “esa hija de puta”. Agassi también tuvo su propio Leopold Mozart: un iraní de origen armenio (por vía turca y ucraniana) llamado Emmanuel Agassi, que le machacó la infancia haciéndole practicar una y otra vez con la raqueta.

Aunque había sido boxeador en sus años mozos, papá Agassi emigró a los 20 años a Estados Unidos, instalándose en Las Vegas. Debemos pensar que eran tiempos en los que no se preguntaba a un niño qué quería ser de mayor: los padres tomaban esa decisión y no había más que hablar. Sánchez Pecino hizo que todos sus hijos fueran flamencos, porque era lo que podía enseñar y de lo que se podía comer en la deprimida España de la posguerra, Emmanuel construyó una pista de tenis en el jardín trasero de su casa y diseñó una máquina de arrojar pelotas a gran velocidad –el dragón– para ensayar golpes. El objetivo era fabricar en casa un número uno mundial del tenis, porque la tierra de las oportunidades le había convencido de que podía lograr todo lo que se propusiera.

Bajo esa obsesión arrancan las memorias se André Agassi. Su padre lo intentó con sus hermanos, con el único resultado de varios niños humillados, acaso traumatizados para siempre, que detestarían ese deporte, como André, para siempre. Pero todo el mundo sabe que el éxito de un experimento viene precedido de varios fracasos. André fue el llamado a cumplir con el sueño del viejo Emmanuel, aunque su larga carrera estuviera llena de insatisfacciones y sufrimientos.

Vaya por delante que no tengo la menor idea de tenis. Lo más cerca que he estado de las raquetas fue por una suegra francesa, profesora de esta disciplina, a la que por cierto regalé este libro sin haberlo leído, solo porque varios amigos me habían hablado muy bien de él. Aprovechando la reclusión coronavírica me he animado a leerlo por fin, y debo decir que las casi 500 páginas de mi edición en tapa dura se me han hecho cortas.

Una de las cosas que siempre me han llamado la atención de los deportistas de alta competición es la fijación por ganar siempre. No hablo del deseo de ganar, que es natural, sino de la negación de la posibilidad de perder. Cuando los entrenadores de fútbol hablan como si hubiera que ganar siempre y a toda costa, me digo que eso no es entender el sentido final del juego, que es la existencia de múltiples posibilidades y resultados. Y, al mismo tiempo, supongo que no se puede llegar a ser campeón de otro modo, que nadie sacrifica los mejores años de su vida mientras el prójimo está bebiendo en fiestas, ligando y levantándose tarde los sábados por la mañana, si no le mueve un deseo fervoroso de ganar, ganar y ganar.

Porque Agassi, que jugó cientos de partidos hasta su retirada, podría resumir todos ellos en un solo partido, el que jugó desde la más temprana infancia con su cerebro. Contra el temor a su padre iraní, contra el miedo a perder, contra su propio perfeccionismo, contra sí mismo y la hidra encarnada en sus múltiples rivales, especialmente su bestia negra, Pete Sampras: curiosamente, un californiano de origen griego, porque la última edad dorada del tenis estadounidense, por si Trump no lo recuerda, vino de la mano de dos mediterráneos. La historia de Open es ese largo camino de años y kilómetros y también las buenas alianzas que hizo en esa travesía, especialmente su preparador físico, Gil Reyes, y su entrenador, Brad Gilbert, que serían su familia elegida.

Que no se engañe nadie, no es que aquí no se hable de tenis: se habla un montón. Se describen partidos de hace 30 años con una minuciosidad extrema, no golpe a golpe pero casi. Se usa terminología especializada que algunos profanos debemos adivinar o consultar en algún buscador. Pasan por nuestros ojos un montón de nombres que nos suenan vagamente, aunque seguramente para los iniciados sean legendarios. Y sin embargo, uno mantiene encendida la luz de la mesita de noche y le roba horas al sueño para seguir leyendo, porque esa vida más o menos interesante está extraordinariamente bien contada.

Hay que llegar a las últimas páginas, y no creo que sea un spoiler para nadie, para confirmar que Agassi, que ha hecho bien muchas cosas en la vida, también ha acertado al elegir a su amanuense. J. R. Moehringer, premio Pulitzer, es el talento a la sombra que ha convertido la amalgama de recuerdos del tenista en un relato que funciona como un reloj, que mantiene en todo momento la chispa y que, sobre todo, fluye de un modo que mi ex suegra francesa y yo agradecemos de corazón. No he podido evitar incluso parar la lectura para buscar en Youtube algunos de los partidos que se refieren, y quedarme embobado media hora viendo la bola subir y bajar.

No he podido evitar preguntarme por qué en España no abundan los escritores precisos y eficaces como Moehringer, por qué nos perdemos a menudo en tantos retorcimientos y barroquismos. La pluma oculta de Open no escribe para otros escritores, tampoco para analfabetos: escribe para todo el mundo, y quiere que todo el mundo llegue al final, que –también en eso viene al gusto del público– es feliz.

Si además de eso, descubrimos que se puede ganar millones de dólares, ser aclamado mundialmente, estar casado con Brooke Shields y ser profundamente infeliz, entenderemos que Open es, además de una lectura amenísima, una gran lección de vida.

Open (Duomo Ediciones, 2019) | André Agassi – J. R. Moehringer | 480 páginas | 19,80 euros | Traducción de Juan José Estrella González

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