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El largo viaje interior

JOSÉ GARCÍA OBRERO | “En 1949 la vida de Ginés Liébana era una impenetrable primavera en continuo florecimiento. Contaba con veintiocho años sedientos de experiencia, belleza, arte, amor y sobre todo un profundo deseo de comprenderse a sí mismo”. Así explica el poeta y editor Raúl Alonso las circunstancias en las que Liébana, miembro destacado del Grupo Cántico, plantó, en una serie de viajes que le llevaron desde Madrid a Nápoles, una semilla que ha terminado fructificado setenta años más tarde en este cuidado volumen. La merde reproduce en una edición facsímil ese viejo cuaderno que llevó consigo en aquellos días intensos de juventud, y en el que iba recogiendo todo lo que el torrente de su energía creativa era capaz de concebir: pensamientos, aforismos, letras de flamenco, dibujos, poemas, así como estudios del color y del paisaje. El título, explica el propio Liébana en una nota, se le ocurrió en Lisboa, cuando decidió forrar de negro dicho cuaderno y responder a quien le interrogaba lleno de curiosidad que se trataba de una novela de Jean-Paul Sartre publicada en la prestigiosa Gallimard. Cuenta también otra anécdota que refleja la mucha vida recorrida por este  manuscrito: el propio Rafael Alberti dejó en sus páginas centrales unos dibujos que alguien, consciente de su valor, arrancó de su raíz para apropiárselos.

En cualquier caso, el libro, coeditado por la editorial Cántico y la Diputación de Córdoba, llega a nuestras manos gracias al esfuerzo de Raúl Alonso y al entusiasmo inicial de Antonio Lara Quero. La merde recoge el inestimable testimonio de uno de los representantes del grupo poético más influyente en la segunda mitad del siglo XX en España. Una generación a la que, aparte de su factura cien por cien cordobesa, se le reconoce el esfuerzo colosal de haber servido de puente, en una de las épocas más grises de nuestra historia, con las corrientes internacionales del momento, así como con la Generación del 27, edificando unas propuestas que desbordaron los cauces que auspiciaba el oficialismo imperante. Liébana fue, en este contexto, “uno de sus puntales vitalistas”, como afirmó Pablo García Baena.

Conviene destacar que el pintor viajó y trabajó en este cuaderno en el año inmediatamente posterior a la primera época de la revista, entre 1949 y 1950. Un hecho, por otra parte, que apenas deja un rastro tangible en los apuntes de La merde, más allá de las muchas reflexiones generales que Liébana realiza sobre el arte, la amistad o las letras de flamenco que, en un momento puntual, le dictase Ricardo Molina. Como tampoco responde de una manera literal al subtítulo “Cuaderno de viajes”, pues sus aventuras no acaban traduciéndose apenas en descripciones de lugares o vivencias a ellos vinculadas, salvo algún comentario azaroso o el nombre de la ciudad donde se escribieron unas nota a modo circunstancial. Porque lo sorprendente, lo valioso de estas notas, es el viaje interior que Liébana atraviesa a lo largo de sus páginas, el paisaje personal en el que se introduce –e introduce al lector–, a fuerza de avanzar por emociones y pensamientos. Pocas veces tenemos ocasión de comprobar de qué manera lo que sucede en la superficie, reflejado en unas fechas y un lugar a pie de página, acaba iluminando los mundos que se agitan bajo la piel de un creador. Si este punto de partida es clave, no lo es menos ese venir de su sueño para ir a su sueño que Lara Quero menciona en su introducción, sin que esto guarde relación tanto con un ensimismamiento como con alguien que ha conseguido ser su propio amigo (“No hay para el hombre retiro más tranquilo y más cómodo que su propia alma”, afirma), condición indispensable para que se accionen los resortes de una propuesta creativa que trascienda los límites de lo trillado.

El discurso que Liébana ofrece en La merde, como en todo cuaderno de notas, se halla deslavazado, diluido en cierto caos, pero, como en un mecano, listo para que sea el lector el que complete, articule y acabe de construir el sentido de unos temas, tonos y formas que se van desplegando a lo largo de sus páginas. Así sucede por ejemplo con el cultivo de letras flamencas que el autor escribe con fonética andaluza (“Mira si soy desprendío/ que la otra tarde en el puente/ tiré tu cariño al río”); los aforismos de vocación sentenciosa, en los que insiste en varias temáticas que le obsesionan: el dolor y el placer o, fundamental en esos años de juventud, la temática del amor y la amistad (¿caería en sus manos el Libro del amigo y el amado de Llull?). Como quiera que sea, Liébana toma estos y otros asuntos e insiste en ellos hasta penetrarlos y extraerles la pulpa: “El que ha tenido la experiencia de un gran amor descuida la amistad, y el que ha apurado la amistad no ha hecho nada por el amor”. Pero es en sus análisis y aseveraciones sobre el arte donde alcanza algunos de sus fogonazos más intensos y brillantes: “Es conveniente ponerle límites a la acción, pero no es conveniente ponerle límites al arte”, dice en una ocasión, “La pintura debe ser una poesía silenciosa y la poesía una pintura parlante”, afirma en una frase que parece resumir la mirada de toda una vida, una suerte de mitades complementarias que emergen o se ocultan en función de las necesidades expresivas de un artista versátil.

En este sentido, aunque no sobresalgan especialmente los poemas de este volumen, sí resultan interesantes desde el punto de vista de las fuentes, pues se hacen patentes en estas composiciones de Liébana las influencias del modernismo, y de poetas del 27 como Aleixandre o Luis Cernuda.

Como broche final, los bocetos y dibujos sobre posibles cuadros futuros, los estudios de figuras, paisajes y colores, donde abundan sus correspondientes anotaciones o reflexiones sobre la composición, se suceden en la última parte como un elegante telón que, en su descenso, parece repetir página a página una gran lección que lega al lector actual y futuro aquel joven maestro: “El verdadero arte consiste en olvidar lo que se ha aprendido”.

Publicado previamente en Cuadernos del Sur.

La merde. Cuaderno de viajes 1949-1950. (Editorial Cántico, 2019) | Ginés Liébana | 420 páginas | 19 euros

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