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El libro del Apocalipsis para una esposa

Manolo Haro| La palabra Apocalipsis en su origen etimológico contiene el sentido de revelación, tal como se ha dado a entender la obra de San Juan que cierra el Nuevo Testamento. La suerte que ha corrido el término, asociado a desastres de dimensiones catastróficas, lo ha vinculado a escenarios desmesurados y incomprensibles para la mente humana. Sin embargo, las revelaciones también acuden a la orilla de los gestos íntimos, domésticos, cerrados al mundanal rugido de la vida exterior. Andan mis colegas estadistas fatigando memorias y bibliotecas a la búsqueda de títulos que contengan algo que se asemeje a un escenario apocalíptico, pandémico o que ponga en jaque los fundamentos de sociedades bien asentadas, donde la comunidad casi al completo sea víctima de un evento disgregador o aniquilador. Ficciones que iluminen la oscura senda en que probablemente caminemos de aquí en adelante por obra y gracia de sociedades, empresas, organizaciones y gobiernos de dudosa transparencia.

En estas primeras reflexiones para-etimológicas nos amparamos bajo el paraguas de la cultura griega: apocalipsis (revelación) y crisis (cambio) son términos que van de la mano. La aparición de alguno de ellos en nuestras vidas provoca la aparición (o no) del otro. Puede haber crisis, pero no revelación, pues, de alguna manera, la revelación es una búsqueda consciente o inconsciente de respuestas. Por el contrario, la revelación siempre provoca un cambio en el sujeto (a no ser que éste esté muerto en vida). La belleza del marido de Anne Carson contiene, tal como estamos tratando aquí el concepto de apocalipsis, un indiscutible sentido de revelación a partir del descubrimiento de un adulterio. La revelación va llegando a la esposa poco a poco; así se va construyendo la figura completa de un fracaso a partir del recuerdo. Como el chirrido de una puerta de bisagras herrumbrosas que rechina en la noche, la vida de los matrimonios fallidos, que poco a poco van desgastando los rodamientos de la felicidad de la vida burguesa, cuando ya es inútil bajar al Hades a buscar nada, se nos muestra aquí en toda su densidad. Orfeo embocando la salida del Infierno, con su amada siguiendo sus pasos, mira atrás (el pasado) y Eurídice se precipita para siempre en la oscuridad. Orfeo se da al canto y al lamento, para ser asesinado finalmente por las ménades. Es este un maravilloso mito que explica la inutilidad de la vuelta atrás; solo si se tiene la misma valentía que Orfeo para cruzar la selva umbría del dolor, la retrospección reflexiva puede dar alivio. Su error fatal fue quedarse en esa fase. Al dolor hay que volver como si fuera una ciudad antigua hallada bajo la avenida principal de una gran urbe: se desentierra, se estudia, se data y luego se vuelve a sepultar para que duerma con el trajín insomne del asfalto que la cubre.

Anne Carson, con un lenguaje frondoso que recuerda al ímpetu imaginativo de Hart Crane, con una ironía que late a cada verso, que explota seminalmente volviendo a fecundar el terreno para que surja una epifanía tras otra, una revelación tras otra, ofrece en este libro una subversión-imbricación de los géneros clásicos. La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos manifiesta la explícita consunción de lo genérico: ¿poemario, ensayo, novela, epistolario, diálogo platónico? Parece como si no hubiera horma-género para un acontecimiento microcósmico (el adulterio de uno de los miembros dentro matrimonio) que tiene las hechuras de una gran explosión, como si no existiera un depósito que pudiera dar cobijo a los restos de una hecatombe. La advocación a John Keats y, concretamente, al consabido verso de “Oda sobre una urna griega” (“La belleza es verdad, y la verdad belleza/ – no hace falta saber más que esto en la tierra”), no es más que el inicio de una reflexión en torno a los invisibles hilos que nos dan por buena la pervivencia (mendaz e irónica) del díptico Belleza-Verdad. “Dedico este libro a Keats […] por su completa dedicación a la belleza” y con este disparo comienza el camino de la revelación, diciéndole al lector que ande con cuidado, que vuelva continuamente al verso del inocente Keats para que constante los beneficios de esa fe inmensa en la Belleza, pues el marido bello no porta en su corazón la verdad que su apariencia promete. Queda al descubierto la trampa de Keats: la belleza, tal como él la podía entender, únicamente era aplicable a la Naturaleza o a la creación humana con fines estéticos o sagrados; el ser humano quedaba fuera del adagio.

Si nos introducimos en la historia del Esposo y la Esposa (términos que salen a buscar lazos íntimos con el Cantar de los Cantares, en este continuo juego de espejos cóncavos que la tradición literaria ofrece a la poeta canadiense), asistimos a escenas de la vida de la esposa con diferentes coadyuvantes para la consecución del final trágico. Al marido lo conocemos por la narración de sus actos, por la exposición de sus palabras, por los comentarios que terceras personas dan de él, por él mismo en ocasiones. La sutil trama, como diría Henry James, nos lleva al dibujo de la alfombra.

II. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia hasta entrada la madurez

y la sentencia de divorcio llegó por correo.

La belleza. No tiene ningún secreto. No me da vergüenza decir que le amé por su belleza.

III. Envuelta en llamas y revolcándome en el cielo es como me sentí la noche que me dijo que tenía una amante y con tímido orgullo

sacó una foto.

IV. Como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve.

Carson va metiendo al lector en faena, manchando sus ojos de harina, entreverando citas, situaciones, diálogos de la esposa con una madre, con Ray (el amigo-confidente del esposo), con las cartas del amado, etc. Surge el erotismo de los inicios y de la decadencia traído al presente del lector desde algún remoto y poderoso lugar. En el fondo, todo es una reflexión sobre la apariencia que esconde la mentira:

VIII. Pero para honrar la verdad que es suavemente divina y vive entre los dioses debemos (con Platón) danzar en la mentira que vive ahí abajo entre la masa de hombres trágicos y brutos.

La Antigüedad Clásica, la propia Grecia como espacio geográfico moderno, el universo mitológico, la galaxia homérica puesta sobre el mundo de ahora, curvando la posibilidad de sus interpretaciones y espesando el misterio, este es el trabajo del que no puede prescindir la autora por su propia formación (“Anne Carson nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”, reza en escuetamente en la solapa del libro). Hemos de pensar que en este hecho encontramos otra de las grandes contribuciones de esta autora, conocedora de que el mito sigue descosiendo las costuras de la vida humana, dejando pasar la luz por ellas. En el fragmento XX se recurre a la cita de Aristóteles y su técnica asociativa para preservar del olvido la memoria, pero aquí es semilla de dolor. En el XXII se cuenta un viaje reconciliador a través del Peloponeso, en el que asiste ese (de nuevo) irremediable dolor del pasado fecundando el presente y ahuyentando la posibilidad de un futuro en común. Comparece ahora Parménides cincelando un camino en la roca: “no importa donde empiece, pues ahí volveré de nuevo”.

Por qué la naturaleza me entregó esta criatura; no digáis que lo elegí

sino que “me aventuré”:

por cierta pura gravedad de la propia existencia,

¡una conspiración del ser!

Éramos quince.

Era en clase de latín, primavera tardía, al final de la tarde, perifrástica pasiva,

por alguna razón me giré en mi sitio

y ahí estaba él.

Ya sabes dicen que un carnicero zen hace un solo corte preciso y el buey entero se derrumba

como un puzle. Sí un tópico

y no pido perdón porque como digo yo no tuve la culpa, estaba sin escudo

cara a cara con la existencia

y la existencia “depende de la belleza”.

Al final.

[…]

Adeo parata seditio fuit

ut Othonem rapturi fuerint, ni incerta noctis timuissent”.

Tan avanzada estaba la conspiración

que hubieran podido capturar a Otón si no hubieran temido los peligros de la noche.

¡Por qué conservo

esta frase en la memoria

como si hubieran pasado tres horas y no treinta años!

Sin escudo aún, de noche ya.

Cuánta razón tenían de temer sus peligros.

En la introspectiva senda del dolor aparece el citado amigo Ray, en cuyas conversaciones con la esposa vemos el otro sesgo de la mentira. Se presenta como una pantalla, que no niega ni afirma. Es el peón de albañil, tosco, de esta revelación, el ángel inútil del apocalipsis, el consuelo malsano para la esposa que ya lo sabe todo. Dicen así:

XVII. Quiero decir que no gastes tus lágrimas en esta.

Esta. ¿Es una serie?

Es un hueco la serie la serie eres tú.

¿Eso lo dice él?

Lo dice todo el rato.

Y tú lo crees.

¿Era eso una pregunta? Ray decidió que no. Empezó hablar de cine.

Pero el magisterio de Carson a la hora de crear situaciones esclarecedoras dentro de la tormenta surge en las conversaciones telegráficas entre esposo y esposa, en las cuales se evidencia la correosa razón del adúltero, el trilero de las palabras, agarrado untuosamente a ellas y esperando a que por las grietas de la conversación aparezca la ambigua luz de una mentira contenida que aún tarde un poco más en explotar.

El último poema antes de la coda final contiene la ambigua moraleja de Aquí tenéis mi consejo, /aguantad [hold]./ Aguantad la belleza, cuya riqueza y sublecturas, después de leer el libro al completo, dependen de la traducción de “hold” que haga cada lector.

En el aliento postrero de La belleza del marido se le presta la voz al esposo en un claro guiño al Libro de Job y al último juego de espejos que practica Anne Carson a lo largo de todo su poemario-ensayo-novela:

Duele estar aquí.

Solo tú pudiste escapar.”

Contar una historia sin contarla:

querida sombra, esto lo escribo despacio.

Ella con sus inicios.

Yo con mis finales.

Pero todo vuelve

a una luna azul de junio

y a una noche mancillada como dicen los poetas.

Se supone que algunos tangos van sobre mujeres pero mira este.

A quién ves

reflejado muy pequeño

en cada una de sus lágrimas.

Ahora mira cómo doblo esta página para que creas que eres tú.

La belleza del marido es un libro polar: sus lectores habitan en acto (pasado o presente) o potencialmente (futuro) los distanciados polos del burlador y el burlado. Entre sus versos transitan las preguntas y respuestas de ambos cuando actúan, sienten o dudan. Libro, al cabo, de preguntas y respuestas en ambas direcciones. Revelación (apocalipsis) para los que quieran entender la medida de sus hechos y/o no-hechos.

La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos (Lumen, 2019) | Anne Carson | Traducción de Andreu Jaume | 240 páginas | 17,90 €

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