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El mal querer

Feliz finalCAROLINA LEÓN | De ninguna de las maneras escribir me está ayudando a moderar el dolor. Cuantas más vueltas le doy al fin de aquella relación, a mi sentimiento de abandono, a mi necesidad de ser la agraviada; cuanto más me empeño en contarme la naturaleza arbitraria y unilateral de aquella ruptura, más claramente se perfila el relato opuesto: alguien a quien amaba me dio la espalda y acabó con todo; alguien con quien creía tener algunas cosas en común y con quien pasar tiempo parecía un deseo de dos, dejó de interesarse por nada que yo pudiera darle, por cualquier cosa que nuestros encuentros pudieran deparar. Cuando se dio la vuelta y caminó en dirección opuesta, todo quedó suspendido en el vacío. Sin remordimiento; quizá sin un solo sentimiento ni feo ni bonito, ni blanco ni negro, ni frío ni cálido. Ni de alivio ni de desconsuelo ni de pena ni de triunfo. Tan solo romper. Cortar el cordón que unía y seguir sin la más mínima mueca: eso hace que todo este dolor que me llena se sienta como un suflé. Mi dolor nace de un sentimiento de injusticia tan idiota como las lágrimas que brotan al ver ponerse el sol al final del día.

El sol, la tierra. En cierto sentido, el problema es ése. Que aquella otra persona era un “sol” mientras que yo fui un “planeta” tonto que giró a su alrededor sin verdadera conciencia de hacerlo. Perder el centro de gravedad permanente, ése es un problema.

Ha pasado el tiempo suficiente para que el planeta desnortado logre recomponerse, pero ninguna de las páginas que me he escrito me han ayudado (o, visto de otro modo, todas esas páginas me han conducido hasta aquí) a verlo mejor. Debería haber aprendido, a estas alturas, a ubicarme y dejar de llorar por las esquinas. Y sigo levantando acta de este dolor, de este idiota dolor, porque necesito saber qué hay al final, en la última capa de todas. No por ser planeta tonto dejo de tener piel y huesos y sangre.

Duele la negación de mi piel, mis huesos y mi sangre. Duele tener un dolor que no puedes entregarle a nadie en las manos, reconocer que ya no existe nadie para recoger los pedazos. Duele esa soledad que proviene del ¿abandono? ¿Cuando un sol deja de mirar a su planeta, este deja de existir?

Duelen los meses, los años invertidos, y aquí me duele caer en el léxico de la gestión empresarial. Duele el amor desparramado sobre un sujeto que se plastificó a sí mismo para que le resbalase todo (el «traje de látex» que todas hemos conocido, ¿verdad, amigas?).

Duele la exposición, el volcado íntimo que me permití, que no me permitía hacía tanto tiempo, y por tanto duele la interrupción de ese código. Emociones, sentimientos, confesiones que se desparraman cuando nos abrimos en canal y son, en este nuevo contexto, poco más que chirimiri ácido sobre un planeta abandonado. Toda aquella exposición emocional al descubierto –cuando no quedan manos que recojan los pedazos–: fototetas no solicitadas. Pornografía.

Duele, mucho, el orgullo. Constatar que esa persona llevó el rumbo de la relación, incluso para ponerle fin. Pero permití que eso fuera así. Tengo que ser exquisitamente justa si quiero que este inventario haga algo con el dolor. Duele haber regalado el timón de todo esto de forma tan alegre, duele haber aceptado el papel de comparsa, de planeta orbitante, duele constatar que todo lo que pareció alegría por compartir, com-partir, ha quedado partido-en-dos.

Duele el fracaso, también. Teniendo bastante más de cuarenta y habiendo vivido unos pocos de estos: duele haber creído que esta vez iba a ser distinto, que podría confiar, que podría abandonar el miedo, que la presencia sería fiel (y esta creencia y esta confianza vinieron inducidas directamente por el otro, el planeta es tonto pero no tanto). Duele sumar otro agujero, tachón y borrado en la lista de personas con las que ya no podré contar en el futuro, en la vejez tenebrosa.

Duele la marca de ingenua que se me queda después de esto.

Duele la ausencia de un combate digno: no he podido disfrutar de un ring en condiciones, donde devolver algunos de los golpes: me he tenido que conformar con una despedida sobria y despersonalizada; duele no haber podido mostrar la rabia, romper algún mueble, arrojar algún móvil contra la pared, gritar un poco. Duele haber sido tan equilibrada. Planeta – abandonado – desnortado – quejándose – en – silencio.

Por eso me escribo y no consigo desmadejar nada, pero duele mi inútil herramienta, el silencio, la escritura autófaga: ni siquiera sirve para producir otra cosa, una cura, un apósito eficiente.

Duele no encontrar otra herramienta. No tener ni energías ni autoestima suficientes para encontrar otra herramienta, porque al cabo sabes que no es más que desamor y que el tiempo lo cura todo.

Duele el ridículo del planeta – tonto – púgil – abandonado – lloroso que no sabe salir del bucle. Duele la pérdida de tiempo que todo esto acarrea, pero del ridículo me sé levantar, no me importa.

Así que creo que la última capa de todas es la del desperdicio. Los afectos desperdiciados, y el dolor ubicuo desperdiciado, y mi tonta manera de agarrarme al despecho que me hace desperdiciar más y más.

La última capa es un poco de rabia que se me quita sola, cuando desperdicio tiempo sin medida ni cálculo en un domingo compartido con las personas que siguen estando a mi alrededor y disfrutan de mi compañía y de cuya compañía disfruto. Mi cabeza intacta, mi capacidad de amar entera, mis ganas de entregarme sanas, mi generosidad dispuesta hacia una constelación de amigas hermosas, de amigos hermosos.

Así que creo que me puedo perdonar todo este desperdicio y seguir adelante, sin sol ni estrella sobre la que girar.

Hace la tira de años, al salir de otra ruptura amorosa, escribí aquí mismo una reseña de ¿Por qué duele el amor?,  el libro de Eva Illouz (hoy descatalogado) que me ayudó a entender muchas de las emociones que nos encontramos en el desamor a partir de la construcción de la individualidad, que tiene un claro sesgo de género. Pensar en el amor nunca me ha servido para que duela menos el abandono, tan solo para arriesgar tontas teorías y salir al ruedo a intelectualizar algo que no se puede diseccionar desde el intelecto. “Trabajarse” en el amor puede querer decir, desde luego, aumentar los niveles de autoestima, buscar relaciones más igualitarias, balancear los libros de deberes y haberes (y ya está ahí de nuevo la terminología de la gestión que se nos ha colado hasta el tuétano, como empresas de nosotros mismos). Pero sobre este dolor no hay mucho que hacer, cuando llega, que no sea cabalgarlo. Siete años más tarde, Feliz final (que también utiliza el libro de Illouz, entre otros): leer esta novela ha sido como asistir a un festín de la indecencia de ese dolor. De toda su impudicia. Ha sido darle carta de dignidad a un dolor que no se quiere encarar ni asumir. Ni personal ni colectivamente. Acudimos a psicólogos, nos medicamos, lloramos por las esquinas, hacemos funerales silenciosos o le echamos la culpa al patriarcado, al individualismo feroz o a los taxistas; pero contamos con herramientas muy pobres para analizar qué nos sucede en el desamor cuando llega.

Yo no sé si he de culpar de mis desamores a la medianía de edad, a los hombres que no saben comprometerse, a la crisis económica y el avance del neoliberalismo que nos ha convertido a todos y todas en empresarios de nuestras relaciones. No culpo a nadie de mis desamores, pero leí Feliz final y me vi contada. Nos hemos visto contados. De la novela de Isaac Rosa se han escrito muchas cosas ya en seis meses. Yo sólo quiero escribir aquí mi agradecimiento por una narración que cabalga todas esas aguas revueltas en busca de algún sentido, a lomos de dos voces que se preguntan y desnudan, sin darle la espalda al dolor, abrazándolo por completo, y yendo hacia atrás en el tiempo, en busca de lo que los sostuvo. Puede que el amor no lo sea todo, pero en nuestro tiempo el amor, las relaciones estables que somos capaces de inventar con y contra el tiempo productivo y nuestra performance en la máquina son, quizá, de lo poco sólido a lo que agarrarnos.

Quizá, solo quizá, el dolor de la ruptura amorosa sea imposible de evitar, por mucho que nos “trabajemos”, pero de inmersiones como la que se encuentra en esta novela quizá podamos salir con mejores formas de querernos. Y hacer que la cuenta de haberes y deberes, de cargos y descargos, implosione desde dentro como un volcán. Que dejemos de calcular los afectos. Que dejemos de trasegar con nuestras acciones en la vida amorosa. Que dejemos de cifrar la dicha en la pareja. Cifrar, la dicha, otra vez, el puñetero lenguaje empresarial.

El libro de Isaac Rosa no debe leerse como una novela generacional, pero la disección que acomete le toca a una generación concreta, la de los que tenemos algo más de cuarenta; y para las que vienen detrás no deja mucho espacio. Somos fracasos de cuarenta y pico y somos planetas sin órbita, somos padres tardíos y somos los toboganes de la crisis económica y vital que atravesamos esta medianía que se niega a aceptar otro querer más desapegado, más neutral, menos contable. Nuestros jóvenes están inventando otras formas de quererse, y no sé bien qué nos van a proponer, pero uno de los «memes» de sus jóvenes vidas ya se titula El mal querer; espero las narraciones de sus experiencias con ansias. Con expectación.

Ahora que voy poniendo el punto FINAL, de todos modos, me siento bastante FELIZ de ser un planeta sin órbita. Como canta Bad Gyal, «Yo solo sé fluir». Y que todo duela igual la próxima vez.

Feliz final (Seix Barral, 2018), de Isaac Rosa | 344 páginas | 18,50 euros

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