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El monstruo que somos

FrankensteinVICTORIA LEÓN | Se cumplen doscientos años de la publicación de una obra que sigue fascinando a sus lectores como pocas en la historia literaria. Una ficción que conquistó para siempre el imaginario colectivo bajo la forma del monstruo acaso más terriblemente humano que se pueda concebir, y que hoy parece gozar de la eterna juventud que solo poseen los mitos. Entre los numerosos homenajes que se le han dedicado con motivo de la efemérides, no pasa desapercibida esta lujosa edición de la traducción de Francisco Torres Oliver (una versión en castellano que ya podíamos encontrar en el catálogo de Alianza Editorial desde hace algunos años) acompañada de las ilustraciones de Elena Odriozola, que aportan una lectura del texto cargada de lirismo onírico y hacen las veces de mudo prefacio del volumen.

Durante el verano de 1816, la pareja formada por Percy B. Shelley y Mary Godwin, más tarde Mary Shelley, hija de los filósofos William Godwind y Mary Wollstonecraft, visita a su amigo Lord Byron en las proximidades del lago Ginebra de Suiza. Una noche, Byron propone a la pareja y a su médico personal, John William Polidori, componer cada uno de ellos una historia de terror. Y, en esos días, durante una extraña noche de insomnio en la que acaba soñando la escena climática del relato, la de la creación del monstruo y su despertar a la vida, la autora concibe la idea que dará origen a la que muchos consideran la primera historia moderna de ciencia ficción y la que es, por encima de todo, una de las más grandes fábulas morales que nos hayan contado. Algo a lo que sin duda el libro (de méritos formales narrativos también extraordinarios y una intensidad difícil de olvidar para el lector) debe su intemporalidad y su vigencia. Al fin y al cabo, no hemos dejado de hacernos ninguna de las preguntas que el relato planteaba ni nos hemos librado de ninguno de los miedos que encarnaba su monstruo, sino todo lo contrario.

“La circunstancia en la que se apoya mi narración surgió de una conversación casual. Empezó en parte como un modo de distracción, y en parte como un recurso para ejercitar todas las parcelas inexploradas de la mente”, dice el prólogo de Percy B. Shelley a la edición de 1818. No se trataba de escribir un “mero relato de espectros o de encantamientos”. La fantasía “proporciona a la imaginación un punto de vista desde el cual delinear las pasiones humanas de manera más amplia y vigorosa de lo que puede permitir cualquier relación de hechos verídicos”. Y citaba como referentes de esa mirada la poesía trágica griega, el Shakespeare de La tempestad o El sueño de una noche de verano y, por supuesto, El paraíso perdido de Milton.

La criatura imaginada por Mary Shelley se nutre directamente del mito prometeico o luciferino. Pues Frankenstein es, desde luego, una alegoría de los peligros éticos que puede traer el desarrollo científico. Pero también un relato con alma de tragedia que tiene como tema central la corrupción de la bondad, el envilecimiento como necesidad, e ineludiblemente vinculada a ellos, la soledad: el destino final de sus dos protagonistas (o, lo que aquí es lo mismo, sus dos monstruos), la criatura y su creador.

Decía Nietzsche que todo ser humano es una cárcel y un oscuro rincón. Lo cierto es que la mirada de Shelley sobre el oscuro rincón del alma humana desde la perspectiva inédita de lo fantástico inaugura una genealogía de obras modernas de la que el Jekyll y Hyde de Stevenson o el Dorian Gray de Wilde son ilustres descendientes. Quizá todos seamos, en el fondo, el monstruo de Frankenstein. Criaturas huérfanas y solitarias que buscan desesperadamente su sentido y se estremecen al contemplarse en el espejo de su desvalimiento y su soledad. Por eso no podemos imaginar ninguno más terriblemente humano ni que nos recuerde tanto lo que somos.

Frankenstein o el moderno Prometeo (Nórdica, 2018), de Mary Shelley | 300 páginas | 22,50 euros | Traducción de Francisco Torres Oliver | Ilustraciones de Elena Odriozola

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