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El oficio de contar los pliegues que nadie ve

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Subsuelo

Marcelo Luján

Salto de Página, 2015. Colección “Púrpura”

ISBN: 978-84-16148-16-5

240 páginas

18 €

 

 

 

Daniel Ruiz García

Hay bastantes más elementos comunes de los que pudiera parecer en un principio entre este Subsuelo y la anterior novela del autor, Moravia. Porque aunque el contexto y el ambiente en el que se desarrollan una y otra novela son bien diferentes, hay cuestiones de fondo que las hermanan. La rendición de cuentas con un pasado remoto e ignominioso es una de ellas, al igual que la reflexión sobre la maldad. También el gusto por el dibujo de entornos opresivos, y ya en lo estilístico, la querencia por la musicalidad y por una composición que tiende al barroquismo, de fuerte inspiración cortazariana, que resulta más exacerbada si cabe en esta novela que en su precedente.

Creo que Luján es un escritor con un gran talento narrativo, sobre todo, pienso, por esa musicalidad de su estilo, y por su capacidad de componer textos con un fuerte ritmo interno, gracias a recursos como las reiteraciones, las enumeraciones o la alternancia de frases cortas sobre otros periodos textuales más densos. Es un estilo que le va muy bien al género negro, cobrando la forma de un género negro de orientación psicológica, un poco en la línea de autores que seguro conoce bien como Highsmith o Barbey D’Aurevilly, con los que comparte también su preocupación por la maldad como tema literario. El estilo de Luján es, no obstante, más metafórico, algo que en este caso está especialmente concentrado sobre las hormigas, erigidas en un gran símbolo de la vida que acontece bajo la aparentemente amable realidad.

Ningún personaje de los retratados por Luján es del todo bueno, y no hay redención para ninguno. Pero resulta especialmente malvado uno de los personajes centrales de la novela, el hermano mellizo, todo un dechado de vicios y degeneración crecido en el seno de una aparentemente familia normal, de clase media-alta, y que es para mí el principal hallazgo de la novela, por su capacidad de generar repugnancia y porque representa una lograda encarnación del mal.

La narración de Luján no es diacrónica, y su gusto por el alambique en el desarrollo narrativo lleva al lector a tener la sensación de una narración compuesta a base de capas superpuestas, como una cebolla, que vuelve al pasado y regresa al presente para ir desvelando aspectos de la trama que, como buen narrador ‘noir’, acaban cobrando todo su sentido en las últimas páginas.

Es en estas últimas páginas donde -también evidencia bastante oficio en eso- la narración se vuelve más intensa, de manera que se recorren con cierta ansiedad buscando el insospechado final. Un final que (y este es el único pero que plantearía a la novela) resulta algo teatral y forzado, rompiendo en cierto modo el tono general de la obra donde todo resulta (aterradoramente) normal.

Creo que Luján es un autor al que hay que seguir muy de cerca. Uno de esos escritores que gustan de mirar el mundo a través del ojo de la cerradura, concentrando la atención en los pliegues de la realidad que pasan desapercibidos para el resto de los mortales. Esperaremos ansiosos nuevas novelas del autor.

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