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El pensador visceral

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VICTORIA LEÓN | Cioran escribió este que fue su primer libro en 1933. Contaba entonces veintidós años y fingía ante sus padres que terminaba una tesis sobre Bergson cuando en realidad trabajaba en él, según nos dice, con el propósito de vencer la angustia producida por su insomnio crónico. En el prólogo llega a decir que la escritura del volumen le supuso una liberación y casi un salvavidas, pues de lo contrario su desesperación no habría encontrado camino de vuelta. Para nosotros se trata, en cualquier caso, de la obra de iniciación con la que el joven Cioran comenzó de manera brillante su andadura de escritor y la aventura intelectual de su pensamiento siempre provocador, seductor y magmático.

“¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos?”, comienza preguntándose el primero de los textos, titulado “Ser lírico”. “Nos volvemos líricos cuando la vida en nuestro interior palpita con un ritmo esencial. Lo que de único y específico poseemos se realiza de una manera tan expresiva que lo individual se eleva al nivel de lo universal”, responde Cioran exponiendo la que será una de las claves del libro: el sentido catártico de la expresión lírica y la necesidad que de ella tiene el ser humano. Pues solo en las cimas de la vida (las experiencias esenciales del amor o el dolor), en la profundidad y la intensidad de la vivencia subjetiva, en el borde de ese omnipresente desfiladero de la locura que nos pone en contacto con lo universal hallaríamos la única salida temporal posible al acecho de la muerte y de lo irremediable.

Un elogio de lo lírico que tiene mucho que ver con la personalidad del autor,  quien no quiso identificarse nunca ni con el papel de filósofo ni con el de escritor, pero en cambio revela su condición de poeta filósofo en cada una de sus páginas. Al igual que Schopenhauer o Nietzsche, Cioran pertenece a la estirpe de los pensadores dotados del genio literario. Su lenguaje es tan poético como sobrecogedor: “Siento que muero de soledad, de amor, de odio y de todas las cosas de este mundo”. Se apoya en repeticiones, paradojas y contrastes. Se acerca al de los místicos en su tensión. Y con la experiencia mística ejemplifica muchas veces su discurso. Pero nunca podría decirse que incurre en la tentación de la palabrería o la gratuidad; ni siquiera cuando coquetea con lo absurdo, esa otra paradójica fuerza redentora (“único vacío capaz de crear la ilusión de la vida”, lo llama), trayéndonos a la mente los postulados y la retórica de Dadá. “En el apogeo de la desesperación, solamente la pasión por lo absurdo orna aún el caos con un resplandor demoníaco”, escribe.

El pensamiento de Cioran avanza entre dicotomías irresolubles. La aspiración a convertirse en superhombre le parece una simple imposibilidad ridícula. Detesta a los fanáticos que jamás han dudado de su misión ni de su fe. Y muestra repetidamente su desconfianza ante la sabiduría. La soledad es negación de la vida, pero condición indispensable para acceder al espíritu y al fuego interior que nos lleva a otra dimensión, una explosión de plenitud seguida de un inevitable hundimiento o “agonía”. El sufrimiento “es un estado de soledad íntima que nada exterior puede mitigar” y “no hay muerte más profunda que la soledad”. Por eso la creación y la inspiración surgen entonces, si no como salvación, al menos como “una preservación temporal de las garras de la muerte”.

La reflexión sobre lo ético y lo estético ligados es otra constante del libro. Así define, por ejemplo, lo grotesco como “la objetivación de la desesperación”, lo contrario de la serenidad y la negación esencial de lo clásico. Y no menos recurrentes son sus dos indisimuladas obsesiones: la muerte y la locura (o más bien, como nos explica, el miedo a las revelaciones de esta última en sus instantes de lucidez). Las obsesiones de un “pensador visceral”, cuyas verdades provienen de un sufrimiento interior y no de una especulación gratuita, como define él mismo. “Me gusta el pensamiento que conserva un sabor de sangre  y de carne, y a la abstracción vacía prefiero con mucho una reflexión que proceda de un arrebato sensual o de un desmoronamiento nervioso”. Ya que de nada puede servirnos la lógica ante la obsesión de lo irremediable. Convicción que incluso lo lleva a acusar al pensamiento lógico de hipocresía: “Los filósofos son demasiado orgullosos como para confesar su miedo a la muerte […] la filosofía es el arte de disimular los tormentos y los suplicios propios”.

La suya es, desde luego, una filosofía lírica, en la que es preciso alcanzar el fondo de nuestro infierno subjetivo para hallar ideas “con raíces tan profundas como la poesía” y arder en el “baño de fuego” de la conciencia. La filosofía de un pensador visceral que con su elogio de la pasión y el fuego interior acaso alcance a iluminar más que nunca las horas de nuestra soledad en estos días.

En las cimas de la desesperación (Tusquets, 2020) | Emil Cioran | Traducción de Rafael Panizo | 224 páginas | 18,00 €

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