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El peso de los detalles

RAFAEL CASTAÑO | Llego a Lluvia fina como lector nuevo, sin haber leído antes nada de Luis Landero. Tienen mis padres en su casa una edición de Círculo de Lectores de Caballeros de fortuna, lo que constituye una indudable prueba de que Landero, escritor de fortuna, llegó en los noventa a los hogares de la clase media. Llegar a estos hogares es difícil, y va siéndolo cada vez más, porque Círculo de Lectores ya no existe y porque, lenta e irrevocablemente, la clase media también va disolviéndose, pero Landero, como otros escritores de éxito y prestigio, es hoy uno de los narradores más vendidos y respetados de nuestro país.

Llego también a Lluvia fina atraído por su éxito de ventas. La edición que he tenido en mis manos es la undécima, y le ha bastado a Tusquets menos de un año para llegar a ella, de lo cual tenemos que congratularnos, porque, ante todo, Landero es un buen escritor, y estos casos son tan bellos e insólitos como las flores que crecen en los basurales, hechos estos de culebrones románticos, libros de autoayuda y literatura perecedera. Me dirán que no, que lo bueno vende muchísimo y que ahí están los ejemplos. Bien, pásense por las listas de más vendidos en Amazon, que es donde, nos guste o no, compran muchos lectores, y comprenderán que los buenos ejemplos resalten y, por ello, pensemos que esta es la norma.

Llego, por tanto, a Lluvia fina con la curiosidad y la inquietud de quien no desea otra cosa que congraciarse con el resto de los lectores, de confirmar en su parecer el parecer de los demás, pero también con la falta de conocimiento de la obra del autor que invalida cualquier intento de crítica o, más humildemente, de comentario. No obstante, y valiéndome de la libertad que este blog me concede, prosigo.

Llama la atención la potencia de su inicio, tratando temas que sonarán manidos a cualquier lector de literatura contemporánea –la verdad de las ficciones, la impotencia de las palabras para explicarnos y explicar el mundo, la confluencia de pasado y futuro en un presente enmarañado– con luces nuevas, transmitiendo a su mensaje un meritorio convencimiento. El comienzo engancha, y es el principal responsable de que el lector siga leyendo, cautivado por una historia en la que, poco a poco, las almas y las historias de los personajes, pocos pero bien construidos, se despliegan.

Lo más notorio de Landero es su lenguaje, con esos tonos cervantinos que tanto se agradecen, enriqueciendo la prosa formal con pinceladas coloquiales, con frases hechas, con diminutivos, con repeticiones más propias del lenguaje oral, aparezcan estas en estilo directo o indirecto. Esto es lo que lleva al lector por las desventuras de una familia mal avenida, cuyos miembros torpemente intentan acercar posturas pero que sólo se interpelan para volcar sobre el otro su rabia y sus frustraciones.

Todos ellos confían sus arrepentimientos y sus deseos de concordia a Aurora, la protagonista de la novela, esposa de uno de los hermanos, Gabriel, quien propone a sus hermanas encontrarse en el octogésimo cumpleaños de su madre. Por supuesto, y como en todas las historias trágicas, los anhelos humanos no sirven, no bastan o, en el peor de los casos, lo manchan y empeoran todo.

Aurora será, junto al lector, el testigo que devana la madeja de hilos distintos que conforma la historia de esta familia, y en la que poco a poco sospechamos que, como ya hizo Henry James en Otra vuelta de tuerca, nos fiemos cada vez menos de lo que oímos, porque todos parecen tratar de conciliar su pasado con sus identidades, y porque estas identidades se cimentan en hechos traumáticos que hacen del presente, y de las conversaciones con Aurora, una excusa para regodearse en sus desgracias y confirmar lo que todos buscamos cuando discutimos: que el otro reconozca que está equivocado, que nosotros tenemos razón, y que él es la causa de nuestros problemas.

El gran problema de esta historia es que Landero, con frecuencia, tensa demasiado la cuerda del melodrama, especialmente en las intervenciones de Andrea y Gabriel. La decisión de Landero no es incoherente, porque sólo caracteriza a los diálogos de estos dos personajes con esta voz pomposa y grandilocuente, pero es tan repetitiva, especialmente en el caso de Andrea, que a veces despierta al lector de su encanto. Es cierto que Andrea es un personaje roto, obsesivo e hipersensible, convencida de que su familia, y especialmente su madre, le ha impedido tener una carrera musical y gozar del amor y de la vida, y entendemos su dolor, pero a veces nos queremos desentender del mismo, y pensamos que tal vez esté loca, que se lo esté inventando todo, y queremos que deje de contarnos sus milongas.

Tal vez Landero quiera que nos sintamos como Aurora, porque Aurora escucha y escucha pero a fin de cuentas está sola, solísima, porque todos le cuentan su vida y, si le preguntan por la suya, lo hacen al final de las conversaciones, llevados más por la cortesía que por un genuino interés. Usan a Aurora como un recipiente, y aquí está uno de los grandes aciertos de Landero, porque todos hemos conocido a Aurora, a nuestro modo. Es Aurora el único personaje por el que el lector sentirá una compasión completa.

En los últimos capítulos la novela adopta un tono aún más melodramático, en forma y fondo, añadiendo a esta sucesión de secretos el más duro y traumático de todos ellos. No queda nada claro, como en Rashomon y gran parte de la literatura de los últimos cien años, qué ocurrió realmente. Landero es un escritor mañoso, que sabe aprovechar las herramientas de las que dispone y sabe, al mismo tiempo, engarzarlas en una estructura firme. Aquí, en su lenguaje y en su trama, alcanza la novela sus logros más encomiables. No es poco, y sin embargo no puedo evitar pensar que algo más de mesura en ciertos pasajes habría sido bienvenida, y que ciertas decisiones, más que añadir, sustraen poder a la historia que se nos confía.

El propio narrador nos dice que hasta los acontecimientos más triviales tienen su peso en la vida, si sabemos o no podemos evitar atribuirles un significado distinto al que aparentemente tuvieron, y sin importar que en su momento no los advirtiéramos o no les diéramos importancia. De este modo, también ciertos errores estropean, leve pero sensiblemente, una novela que, de no haber incurrido en ellos, habría sido perfecta.

Lluvia fina (Tusquets, 2019) | Luis Landero | 272 páginas | 19 €

admin

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