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El teatro es un arte político

Portada_Juana EScabias

JOAQUÍN PÉREZ BLANES | El 27 de marzo de 2003, con motivo del Día Internacional del Teatro, Juan Mayorga se encargaba de escribir un manifiesto que comenzaba diciendo: “El teatro es un arte político. El teatro se hace ante una asamblea. El teatro convoca a la polis y dialoga con ella. Sólo en el encuentro de los actores con la ciudad, sólo entonces tiene lugar el teatro. No es posible hacer teatro y no hacer política.” De eso mismo fue consciente Bertolt Brecht cuya obra se nutría directamente de la sociedad desarticulada del momento para crear ese teatro dialéctico que interpelaba al público y lo situaba frente a un espejo en el que podía ver el latir de los acontecimientos que iban teniendo lugar en esos años de entreguerras. Incluso, el propio teatro griego tiene una connotación y una intención política desde su origen, Antígona es una obra política, desde el momento en el que existe la prohibición explícita de Creonte de no enterrar a Polinices por traicionar a Tebas, o Medea que es mal vista por la sociedad por su origen extranjero o Lisístrata que no busca más que la paz entre los pueblos cuando decide unir a las mujeres para ponerse en huelga. Así pues, el teatro es un arte político, incluso la astracanada de Pedro Muñoz Seca tiene un sentido político para con el acomodado burgués. Es cierto que hay un teatro más explícitamente político que otro, que no esconde o no suaviza su vocación política. Este es el caso del teatro de Juana Escabias, dramaturga madrileña con una prolífica obra teatral a sus espaldas y que, de la mano del profesor Francisco Gutiérrez Carbajo, ya había sido incluida en 2014 en la antología de Cátedra, Dramaturgas del siglo XXI, con una pieza breve titulada La fiesta que habla, grosso modo, de la decadencia creativa de un director de escena que, a lo largo de su vida, no ha respetado nada de lo que se le ponía por delante y pone en escena una última obra que es un verdadero pestiño de tres horas de duración pero a la que nadie se atreve a criticar.

Sin embargo, el libro que nos ocupa es mucho más duro que esa pieza liviana de La fiesta y mucho más comprometido con el problema de la violencia de género y en especial con la violencia psicológica, que también forma parte de ese crimen deleznable que es morder, carcomer, privar e inutilizar la voluntad y la libertad de las mujeres cuando tienen enfrente a un hombre que pretende ejercer su dominio por encima de todas las cosas. La pieza que abre el texto es Cartas de amor… después de una paliza y es una obra que combina dos historias paralelas, la de Sandra y Elías, una pareja en la que él ejerce esa autoridad vehemente que empieza por impedir, a través de una dialéctica torticera, la asistencia al bautizo del hijo de una íntima amiga de Sandra y termina con ese ostracismo al que se somete a una mujer maltratada, porque no hay nadie en el mundo que la quiera más que él y por eso ha de confinarse en casa. Esa historia se va narrando paralelamente a la de otra pareja en la que ella no tiene ni siquiera nombre, es solo La Mujer, y él sí, él se llama Johnny. Esa otra relación que se inquieta por Sandra, porque sospecha que está siendo maltratada, al final no difiere mucho de la relación que mantienen Sandra y Elías, maltratada y maltratador. Mujer cultivada, con trayectoria profesional, con vida social, que poco a poco termina recluida entre cuatro paredes. Es una obra incómoda que, por eso mismo, merece la pena leer. Hablar de este tema tiene, por fuerza, que inquietar, que incomodar al lector o al espectador, tiene que conseguir el pellizco en el estómago, el sobresalto en el corazón, el respingo en el asiento, tiene que doler para constatar que es una realidad que nos rodea, una realidad demasiado monstruosa, demasiado dañina como para no combatirla con uñas y dientes en la privacidad de las casas, en las calles y, por descontado, en el teatro con esa capacidad de convocar a la polis y ponerla frente a un espejo incómodo donde mirarse.

La segunda pieza es La puta de las mil noches que, personalmente, es la más creativa y la más ágil de las tres piezas—la primera pieza tiene parlamentos excesivamente largos para permitir una puesta en escena dinámica y la última es un pieza, aunque directa, muy breve, interesante aunque poco jugosa—. Esta segunda es la más creativa, porque la historia se enreda muy bien en el secreto dramático que tanto juego da para que los personajes cambien de lobo a oveja y de oveja a lobo. Sin embargo, tiene un final un tanto artificial para mi gusto, quizás porque a la autora no le gusta hacer concesiones a estas historias demoledoras y no les permite, ya no un final feliz, que es impensable, sino una simple escapatoria a sus personajes femeninos. Son solo dos personajes, la puta y el cliente, que mantienen un pulso intenso en los diálogos que hacen de su lectura un regalo.

La última pieza es muy breve y vuelve a tratar el tema del abuso psicológico del hombre hacia la mujer, en esa actitud obsesiva por controlarlo todo. Podría ser, perfectamente, la historia de Sandra y Elías cuando eran adolescentes o de cualquier parejita actual que conviva en un instituto. Porque esa pretensión del chico por anular la personalidad de la chica se repite como un patrón que debería ponernos alerta a todos los que veamos alguna de estas situaciones, por muy básica o trivial que nos parezca. Hay un parlamento del cliente en la segunda pieza que dice: “La criada aguanta la reprimenda del ama, el empleado adula a su superior, el camarero se traga los caprichos del cliente. La vida es un gesto colectivo de humillación.” Quizás este sea el leitmotiv de la autora para escribir sobre la violencia machista, porque, al fin y al cabo, no es solo el componente de maltrato físico sino que todo comienza en el ámbito psicológico.

Me quedo con las palabras de Juana Escabias cuando dice que pertenece a “esa generación que ha vivido y exigido la igualdad como derecho innegable.” Esa generación es la generación que comenzó a exigir y sigue exigiendo hasta la extenuación una respuesta firme y sin concesiones a todo acto ominoso y cruel contra la mujer. Una generación que nace con Ana Orantes.

Cartas de amor… después de una paliza. La puta de las mil noches. WhatsApp (Cátedra, 2019) | Juana Escabias | 224 páginas | 13,50 euros | Edición de Francisco Gutiérrez Carbajo.

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