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El universo en un libro

JESÚS COTTA | Una catedral inconmensurable de infinitas láminas misteriosas, llamadas hojas, donde unos signos mágicos, llamados letras, conforman unos objetos maravillosos, llamados libros, que contienen lo más interesante que se puede decir de todo lo que sabemos que existe o que, de lo bello que es, debería existir. Eso es una biblioteca: el universo entero, el que hay fuera de la mente humana y el que está dentro de ella, pero adaptado al tamaño de mis manos y a la altura de mis ojos y descrito de la mejor manera posible por lo más sabio y sublime de la especie humana para salvarlo del olvido, el deterioro y la muerte. Las bibliotecas, como el sueño de Alejandro Magno, son, por vocación, universales y, aunque están en recintos cerrados, abren horizontes. A esos habitantes de las bibliotecas, que son los libros habitados por sus autores y lectores, dedica Irene Vallejo este libro estupendo.

Pero empecemos por el principio: desde que el hombre descubrió que las palabras podían fijarse en un soporte, estas dejaron de estar solo en nuestra boca y en nuestra cabeza y comenzaron a habitar en piedras, barro, papiros, pergamino, papel, cortezas de árboles, bíceps y, desde entonces, los héroes de Troya no combatían solo en el canto emocionado del aedo, sino también en los misteriosos signos de un libro; y los consejos amatorios ya no se decían solo en la taberna con unas copas de más, sino que, para cualquiera que acudiera a ellos, estaban dichos del mejor modo posible en el Ars amandi de Ovidio. Del flatus vocis se pasó al monumentum aere perennius.

Escribir fue un hallazgo mucho más revolucionario que ir a la luna, porque cambió para siempre el universo: con la aparición de los libros, esas “extensiones de la memoria”, como la autora los llama, empezó a existir más que nunca la realidad virtual, que es aquella que se hace real cada vez que un ser humano la conoce gracias a un soporte. Igual que desde aquel Fiat lux de la Gran Explosión la nada perdió el combate para siempre, el grito de la tinta en las hojas en blanco disipa las tinieblas de la ignorancia en el libro infinito que aún se sigue escribiendo. Como la autora explica, el paso de la oralidad a la escritura fue también el paso de la tradición a la innovación, al pensamiento abstracto, profundo, rebelde, constructivo y acumulativo. ¡Y pensar que hubo una época en que había aún tan pocos libros que daba tiempo a leerlos en una sola vida! Ahora, sin embargo, quien más quien menos tiene más libros que vida para leerlos y algunos, como las Enéadas de Plotino o las Dionisíacas de Nono de Panópolis, los acabará oyendo de boca de los propios autores en los Campos Elíseos.

Esta fascinante aventura del libro a través de sus diferentes soportes, transmisores, contenidos y lugares de encuentro nos la relata Irene Vallejo con una voz cautivadora, una pluma amena, mucho conocimiento y, sobre todo, con el don de entusiasmarnos con cuestiones tan aparentemente formales y aburridas como la organización de una biblioteca, los signos de puntuación, la elaboración del primer catálogo o de un canon literario. Costumbres que damos hoy por obvias y atemporales, como, por ejemplo, los títulos, márgenes e índices de los libros, no existieron siempre, sino que fueron creaciones de personas muchas veces anónimas y a veces no y a las que Irene Vallejo rinde homenaje.

El autor de un libro establece con el lector una conexión insustituible aunque la muerte haya esparcido sus átomos por playas y florestas. Qué vivos están los poetas muertos en sus poemas eróticos. Cada vez que leemos aquello de Vivamus, mea Lesbia, atque amemos, Catulo y Lesbia se dan basia mille. La lectura, como bien ponderan estas páginas, es un acto espiritual y casi religioso, donde vuelven a la vida un muerto y su mundo gracias al poder de la voz del lector; este, además, en la Antigüedad no leía en silencio para sí, sino en voz alta. De hecho, fue por oírlo leer en voz alta por lo que san Esteban supo qué pasaje concreto de las Sagradas Escrituras iba leyendo en su carro el eunuco etíope de la reina Candaces, tal como narran los Hechos de los apóstoles.

La autora es filóloga clásica y, a la vez, tiene una curiosidad intelectual viva por el mundo cultural que nos rodea y todo lo que lo ha hecho posible, y eso la dota de un perfil idóneo para un libro como este, porque, a la vez que nos transmite con hondura y ojo crítico su admiración por esta cultura fundacional de Grecia y Roma que aún somos, sabe encontrar su continuidad en los detalles más curiosos e insospechados de nuestros días, que quedan así iluminados; de este modo pasan, con toda pertinencia, por sus páginas, a la vez que Calímaco, Caracalla, Safo o Séneca, las criaturas de Tolkien, los ángeles de El cielo sobre Berlín, don Quijote, los cuentos que le leían sus padres cuando niña, Atticus Finch, los bárbaros y un imprevisible, pero bien traído, etcétera, en el que quiero destacar a su profesora de griego en el instituto, porque, lo que son las cosas, es mérito suyo que, mutatis mutandis, ese homenaje me haya parecido escrito para doña María Teresa Bobadilla y don Carlos Posac, mis profesores de latín y griego en el instituto.

La autora convierte lo libresco en vida; sabe transmitir humanizados muchos detalles eruditos que en otra pluma nos harían bostezar. Con pocas pinceladas, poesía y datos verosímiles recrea como momentos estelares de la humanidad escenas protagonizadas por personajes que por anónimos no son menos reales, como el del sufrido esclavo que el librero tenía de copista, o el aedo que se ganaba el pan cantando hazañas de palacio en palacio (para los que leemos en clase la muerte de Héctor subidos a la mesa es uno de los momentos más vibrantes del libro) o el griego que añadió, entre otras cosas, las vocales al alfabeto y con ello creó el primer sistema completo de escritura donde uno podía leer sin problemas palabras que no había oído jamás, porque ya no había que adivinarlas a partir de unos pocos signos o de un dibujo.

Circulan por esta obra muchos tipos de libro: libros que ayudan a vivir, que hacen reír, que provocan la muerte, que invitan al suicidio, libros bomba, libros incendiados, incendiarios, transformadores, censurados, prohibidos, obligatorios, perdidos para siempre… Imprevisibles son los vaivenes a que se ve sometida una obra a lo largo del tiempo y poco puede hacer el autor para asegurar la pervivencia de su obra tras su muerte. Nerón amaba más la poesía que ninguna otra cosa y tenía más poder que ningún otro hombre. Qué bien se lo pasó en Grecia ganando todos los galardones literarios, como bien relata Cavafis en un poema magistral. Sin embargo, pese a su amor a la poesía, pese a su poder, de toda su obra solo se nos ha transmitido un verso: lo soltó Lucano en una letrina pública después de soltar, con perdón, una estruendosa ventosidad: Sub terris tonuisse putes. Sin embargo, ¿quién iba a decirle a una adolescente como Ana Frank que su diario iba a ser mundialmente conocido?

El libro, en fin, reúne, formando un todo armónico, muchos datos y reflexiones que no es fácil encontrar en otros libros, porque, que yo sepa, no se había publicado hasta ahora una reflexión concienzuda a la vez que divulgativa acerca de las vicisitudes y significados del libro, su custodia, su transmisión y su difusión en la Antigüedad.

Me atrevo a sugerir, para nuevas reediciones, que se corrija ese galicismo poco elegante de “datos a retener” en la página 125, y en la 196 este otro de “jugaba un papel muy importante” en vez de “desempeñaba”, y un horrísono “meaba” en la página 387. Quizá haya también en el libro un excesivo empeño por señalar con el dedo todo lo que en la Antigüedad ahora podemos tildar fácilmente de machista. Sí, es cierto que, como dice la autora, Telémaco, en la Odisea, impone de mala manera silencio a su madre, pero también es cierto que Nausícaa encarece a Odiseo que se acoja como suplicante ante su madre Arete, no ante su padre Alcínoo, porque el padre hará lo que diga su madre: en este tipo de datos, que también los hay, repara menos nuestra sensibilidad.

Sería estupendo que la autora nos contara, con ese mismo ingenio y amor a la letra escrita, la segunda parte de la historia: cómo los monjes, copiando y custodiando libros, salvaron de la barbarie los restos de una civilización que naufragó y que sigue encarnada en nosotros.

En esta España tan politizada viene bien este metalibro, este libro blanco que puede leer cualquier persona con dos dedos de frente, y es blanco no a costa de no decir nada, sino porque lo dice todo. Leyéndolo, se recupera la confianza en la continuidad del libro y en una comunidad fuerte de lectores, por más minoritarios que sean. El libro rebosa de ese optimismo y de buenas razones para la esperanza.

Gracias, pues, Irene.

El infinito en un junco (Siruela, 2019) | Irene Vallejo | 452 páginas | 23’70 euros

admin

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