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En busca del arcade perdido

la-invasion-de-los-marcianitosLa invasión de los marcianitos

Martin Amis

Malpaso, 2015

ISBN: 978-84-15996-77-4

160 páginas

17,50 €

Traducción de Ramón de España

Prólogo de José Antonio Millán

Introducción de Steven Spielberg

 

Fran G. Matute

Mi infancia son recuerdos de un salón recreativo de Sevilla. Eso cuando no estaba perdiendo el tiempo en el videoclub de mi amigo Vicente, claro. Ambos negocios se encontraban en la misma acera, se tardaba aproximadamente cinco segundos en ir de uno al otro, y en ellos gasté gran parte de mis años mozos. Esto sería a mediados de los años ochenta, cuando la palabra “vídeo” dominaba el reino de lo moderno, no mucho después de que Martin Amis publicara La invasión de los marcianitos (1982).

Nunca se me había pasado por la cabeza asociar el tiempo que dediqué a los videojuegos con la adicción. Pero tras leer la odisea de Amis como videoyonqui, me doy cuenta de que algún que otro comportamiento errático compartimos en su momento. Lo malo (o lo bueno, según se mire) que tiene La invasión de los marcianitos es que me ha hecho retrotraerme a una época de mi vida que tenía absolutamente sepultada, a la que no di nunca ningún valor de ningún tipo en mi formación sentimental. Y, bueno, sigue sin tenerlo. Pero por culpa de Amis me he vuelto a ver esposado a un ‘joystick’, con los ojos vidriosos, pegando patadas giratorias en el Street Fighter II como un energúmeno. También me he visto, de repente, hurgando a escondidas en el monedero de mi madre, sisando unas pocas monedas de 25 pesetas con las que rellenar las tardes enteras que me pegaba (en lugar de estudiando) metido en aquel antro. Quiero pensar que el “desfalco” no llegó a mayores, pues también he recordado que había juegos en los que mostraba tal grado de destreza que era capaz de mantenerme varias horas ocupado con una sola moneda. Aunque bien pensado, y esto sí que es un síntoma claro de adicción, ¡cuánto no habría gastado antes para llegar a ese nivel experto!

Tengo claro que mi relación con los videojuegos no fue ni de lejos comparable con la de Martin Amis. La mía, quiero pensar, fue la propia de un chiquillo de esa edad, criado en una ciudad no muy grande en la que pocas otras distracciones (legales) podían encontrarse por el barrio. Reconozco que apenas me acuerdo del nombre de esos videojuegos a los que tanto jugué (aunque leyendo La invasión de los marcianitos he tenido más de un «magdalenazo»), nunca llegué a saberme los trucos necesarios para fulminar esos récords imposibles que aparecían en la pantalla y, desde luego, dormía todas las noches plácidamente sin que me asaltaran en sueños naves espaciales o bichitos verdes. No obstante, creo que el hecho de haber pasado mucho (bastante) tiempo en esos ambientes tan peculiares me hace leer con otros ojos el divertidísimo texto de Amis que no solo es que me haya fascinado por lo vibrante de su estilo sino que me ha parecido una de las cosas más entretenidas que he leído en mucho tiempo. Vamos, que me lo he pasado pipa con el librito de marras.

Lo más sorprendente del caso es comprobar cómo los salones recreativos (y su fauna autóctona) que describe Amis en La invasión de los marcianitos son perfectamente equiparables al tuyo. Y eso que de los que él habla están en Nueva York, en Londres o en París. Comprende uno así, rápidamente, la universalidad de este texto, lo homogéneo del comportamiento del ser humano ante la “invasión” que supuso, a finales de los setenta y principios de los ochenta, la llegada de los videojuegos a nuestras vidas. En el fondo, lo que pone Amis de manifiesto es que en todas partes cuecen habas, en todos los lugares del mundo hay colgados, y que todos hacen más o menos lo mismo, y eso no tiene nada que ver con la tan cacareada globalización. No, no fueron Tron (Steven Lisberger, 1982) ni Juegos de Guerra (John Badham, 1983) los que pervirtieron nuestra concepción de los videojuegos: fue la esencia humana. Los salones recreativos pronto se convirtieron en lugar de peregrinación para muchos de los que ahora se reconocen como “friquis” y estoy seguro de que todo el mundo que vivió alguna que otra temporada en esos sitios tiene mil y una historias que contar al respecto.

Yo mismo puedo dar fe de haber presenciado un milagro en uno de esos lugares. Recuerdo a un pobre chaval del barrio, que era mudo, y que se dedicaba a ponerse detrás de mí, con la nariz muy pegada al hombro, observando con un interés pasmoso cómo se desarrollaba la partida: MI partida. Esos ojos, madre mía, no se perdían ni un detalle. Nunca supe su nombre (normal, no me lo podía decir), así que lo llamaba Tommy. Cuando Tommy entendía que mi vida (mi videovida) estaba en peligro comenzaba a gruñir, a dar saltitos, me hacía aspavientos y, al final, como veía que no le hacía caso, terminaba introduciendo su brazo en mi campo de visión para señalarme lo que yo ya había visto hacía un buen rato. Y, claro, me solía chafar la partida. Así echaba las tardes Tommy en el salón recreativo. Nunca lo vi jugar a nada, pero disfrutaba como el que más, eso sí, en el papel de espectador de la vida (de la videovida, se entiende). Pero un día ocurrió el milagro. Tommy se me puso como de costumbre a la espalda, dispuesto a vivir numerosas emociones a mi costa. Eché la moneda, comenzó la partida, y así me pude pegar unas cuantas horas, pues era un juego que dominaba. Tommy comenzó, de repente, a ponerse más nervioso de la cuenta, como impaciente. Resoplaba. Miraba el reloj de vez en cuando. No me advirtió de ningún peligro, no interrumpió ni una sola vez con su brazo mi interminable partida. Y cuando ya debía de rondar las dos horas de juego, Tommy estalló. Se me puso al lado, me tocó con el dedo el hombro y me zampó, con una voz nasal y gutural al tiempo: “¿Tu-vachar-pás?”. ¡El cabrón habló! Tantos años ahí puesto sin decir ni mú, y el día que le da por abrir la boca es para pedirme (muy educadamente, eso sí) que me fuera de allí, que ya estaba bien, que le dejara jugar. Fue maravilloso, no os podéis hacer una idea.

Las anécdotas que se incluyen en La invasión de los marcianitos son mucho más enjundiosas que la mía, no os quepa la menor duda. Más que nada porque Martin Amis se regodea en esa leyenda negra que en su día sobrevoló a los primeros videoyonquis, como el caso del niño japonés de 12 años que atracó un banco a punta de escopeta pidiendo solo monedas; o la de ese chavalín inglés de apenas 14 años que se llegó a prostituir a cambio de unas pocas partidas. “La enfermedad blipeante”, la denomina Amis. Y la verdad es que algunos de los casos son verdaderamente escalofriantes. Esta aproximación un tanto morbosa al tema de los videojuegos puede tener su justificación en el hecho de que, ya lo dijimos antes, el propio Amis afirma haber sido “uno de ellos”. En todo caso, es justo reconocer que el drama no se queda ahí, ya que la crónica de Amis se complementa con una visión del fenómeno más social (esa tradición oral de los salones recreativos y la subcultura creada alrededor de ellos) y económica (los inicios de Silicon Valley -por estas páginas se deja ver un jovencísimo Steve Jobs, entonces en Atari- gracias a las primeras videofábricas de éxito).

Digamos que todo esto sucede en la brillante primera parte de este ensayo, en la que Amis juega a ser Tom Wolfe y sale más que airoso. Aquí se presenta como un cronista implacable, al más puro estilo del Nuevo Periodismo, lo cual, he de reconocerlo, me ha sorprendido gratamente: todavía recuerdo los insípidos artículos de Amis que se publicaron bajo el título El infierno imbécil (1987). En la segunda parte de La invasión de los marcianitos, titulada “En defensa de la Madre Tierra: instrucciones para una escabechina” y en la que Amis se dedica a desgranar el funcionamiento (trucos de maestro incluidos) de los videojuegos punteros del momento, no es que se pierda el carácter personalísimo que protagoniza todo el relato pero sí que creo que la accesibilidad del discurso se ve afectada. Me imagino que habrá quien siga jugando al Space Invaders, al PacMan o al Asteroids, pero en todo caso esa parte del ensayo se ha quedado algo obsoleta, solo apta para nostálgicos empedernidos. Menos mal que La invasión de los marcianitos termina con una acertadísima y clarividente reflexión sobre el impacto de los videojuegos en nuestra esfera privada. Recordemos que estamos en 1982, cuando Amis escribió: “Dentro de una o dos décadas no habrá ningún motivo razonable para salir de casa: puedes arrellanarte atrincherado en tu domicilio y regalar a los sentidos un serial perpetuo de porno (blando o duro), películas inolvidables y Asteroids Deluxe. Para entonces ya tendremos locales de pizza para llevar en nuestros hogares” (p. 125). ¡Lo clavaste, Martin!

Con su espectacular diseño de hojas de filo verde, sus marcianitos pixelados a pie de pagina, numerosas fotos a todo color, una introducción firmada ni más ni menos que por Steven Spielberg y esa prosa tan chisporroteante, a esta hermosa edición de La invasión de los marcianitos de Martin Amis solo le falta una cosa: una ranurita por la que ir echando monedas como si no hubiera mañana, pues es un libro tan adictivo como la materia que trata. Una verdadera joyita. Todo un descubrimiento.

admin

5 comentarios

  1. ¿»Varias horas ocupado con una sola moneda»? Menos lobos, caperupower!

    • Mawito, estoy convencido de que tú también te conocías mil y una artimañas para trucar las maquinitas y que te dieran partidas gratis. Más allá del hecho de que había juegos que cuando los terminabas, como premio, volvías a empezar.

  2. La de cosas que pasaban en esos antros. Escuelas de la vida adolescente.Puros años ochenta. Peleas, litronas volando, partidas con gente indeseable mediando amenaza, la gente que se impacientaba o simplemente te apartaba de la máquina con cara de perdonarte la vida…Recuerdo especialmente after burner, que era una cabina de un caza, el Space ace o una de un ninja que iba con un perro. Nos partiamos con los nombres que le ponian a los decorados, edificios ACME, aviones Eurutufon Airlines…qué recuerdos…Despues vinieron las videoconsolas y esos aerópagos canallas desaparecieron casi por completo. Gran reseña y mejores recuerdos que trae consigo.

    • Sin duda, amigo Tirso. Ya digo en la reseña que no me acuerdo del nombre «oficial» de casi ningún juego (los llamaba así: «el del ninja con el perro»). Recuerdo perfectamente el «After Burner» ese. En los días de «Top Gun» lo petaba. El libro de Amis tiene eso, que te hace regresar a lugares de la memoria que yo, personalmente, tenía más que olvidados. Gracias por comentar.

  3. Pienso yo que si el arcarde se ha perdido, se le puede preguntar a los concejales. Quizá lo han abducido los marcianitos esos. Nos espían y no me extraña.
    Me ha gustado la reseña, así que voy a tomarme un buen tazón de copos de avena a su salud, señor Matute.

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