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En la ciudad insomne

ALEJANDRO LUQUE | En los primeros años del presente siglo, la novela negrocriminal italiana, conocida como giallo por ser el amarillo el color más reconocible de sus ediciones, experimentó un notable auge. Quizá porque ya había desembarcado en el panorama Andrea Camilleri y su Montalbano, quizá porque los tiempos habían cambiado mucho desde los años de plomo y pedían nuevas formas y tonos para la ficción, empezaron a aparecer nombres nuevos que dinamizaron este mercado. Uno de ellos fue el pullés Gianrico Carofiglio, magistrado de profesión.

Su éxito fue casi instantáneo, especialmente gracias a la saga protagonizada por el abogado Guido Guerrieri como Testigo involuntario o Con los ojos cerrados. No obstante, Carofiglio mostró muy pronto su voluntad de no encasillarse del todo, ensayando historias fuera del citado género. En Las tres de la mañana, la última de las suyas que ha visto la luz en España, podemos adelantar que no muere nadie ni hay delito por investigar.

De hecho, ni siquiera responde a una trama concreta. Por el contrario, acota la acción en un tiempo y lugar determinados y deja que los personajes evolucionen más o menos libremente, por lo que en cierto sentido se podría emparentar esta obra con Né qui né altrove, otra historia sin trama. Pero mientras que en ésta los protagonistas recorrían Bari, la villa natal del escritor, aquí son un padre y su hijo quienes sirven como pretexto para descubrir Marsella.

El planteamiento es bueno: el chaval, Antonio, padece epilepsia y sus padres decide llevarlo a un especialista que tiene su consulta en esa ciudad francesa. Tres años después, regresan solo los varones –el matrimonio se ha separado– para comprobar la eficacia del tratamiento. Pero dicho resultado solo puede ser confirmado a través de una prueba de esfuerzo que incluye pasar, fármacos mediante, dos días con sus noches sin dormir.

“En la verdadera noche oscura del alma son siempre las tres de la mañana”, afirma Francis Scott Fitzgerald en Suave es la noche, prestando a Carofiglio el título de su novela. Se trata, pues, de una indagación en la personalidad de padre e hijo, en un supuesto choque de caracteres que tiene lugar en una ciudad dura, de fuertes contrastes, como es Marsella. La Marsella, además, de los primeros años 80, que ya era una Babel de razas y acentos y una villa famosa por cierta peligrosidad de sus calles, atributos que ha conservado hasta hoy.

No decimos nada en detrimento de la novela si señalamos que esa Marsella de Las tres de la mañana es una ciudad de postal. Antonio y su padre son forasteros, por lo que parece coherente que su mirada sea casi turística: nada que objetar a que paseen por el Vieux Port, coman bullabesa y beban pastís, suban a contemplar las vistas desde Notre-Dame de la Garde o pillen un barquito para ir de calanques.

Sí cabría haber esperado, puesto que se dan las condiciones, algún internamiento más temerario en la ciudad chunga. Algo que cree tensión entre los visitantes y el medio, pero ésta se limita a pinceladas muy sueltas. ¿No tiene la historia buena parte de su gracia en que los personajes deban permanecer insomnes? No, Carofiglio deja claro que esta vez no toca giallo. El conflicto se reduce a los asuntos pendientes que padre e hijo puedan tener, como seguramente tienen todas las personas vinculadas por ese parentesco. Asuntos que van a ser insinuados, abordados, explorados y no sabemos si resueltos en las cuarenta y ocho horas que comprende la novela.     

Y es ahí donde, lamentamos decirlo, pierde su fuerza la obra. A pesar de lo sugestivo del medio y de la situación, Carofliglio no alcanza a rematar una buena faena por varios motivos. De entrada, porque tarda demasiado en arrancar, cuando es evidente que lo interesante empieza cuando ambos llegan a la urbe desconocida. Pero sobre todo porque en seguida descubrimos que el choque entre Antonio y su padre es de muy baja intensidad, que parecen dos personas deseando firmar la paz –o ni siquiera dispuestos a declararse de veras la guerra–, y que por el contrario muestran una enorme disposición a valorarse, perdonarse los errores y admirarse mutuamente. No digo que esto no sea estupendo en la vida real, pero en una novela se agradece un poco más de ruido interior para que la cosa funcione.  

Esto no significa que Carofiglio no haga uso de su oficio, que no eche mano de buenas referencias para crear un marco cultural estimulante y que no alcance en determinados momentos tocar la fibra del lector. Sin embargo, algo falla cuando a mitad de la novela éste se da cuenta de que, en adelante, la relación paternofilial solo puede ir a mejor, y que Marsella, la bronca Marsella, la hermosa y castigada Marsella, va a ser retratada como inmejorable destino de vacaciones.             

Publicado previamente en M’Sur.

Las tres de la mañana (Anagrama, 2020) | Gianrico Carofiglio | 168 páginas | 18’90 euros | Traducción de Carmen García-Beamud

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