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En la habitación

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ANA BELÉN MARTÍNEZ | Rosa Montero asegura que los escritores son personas tremendamente inseguras. «¿Qué clase de persona se encierra durante años para inventar mentiras?», argumenta la madrileña. Bram Stoker tardó unos siete u ocho años en escribir Drácula (1897), la novela sobre el vampiro más famoso del mundo, que no el primero. Sobre esos momentos de encierro y soledad ante el folio en blanco escribe Andrea G. Wieck en Estado crítico (Relatos del Castillo, 2009). Un libro de cuentos que celebra el décimo aniversario de su publicación y que nos abre la puerta hacia los cuartos en los que trabajan algunos de los escritores que han dado vida a los personajes más aterradores que se han inventado.

Andrea G. Wieck desliza la mano sobre la manivela justo en el instante en el que Robert Louis Stevenson, Mary Shelley, William Peter Blatty, Bram Stoker, Ira Levin, Stephen King, Henry James u Oscar Wilde se disponen a escribir el final de algunas de sus obras más emblemáticas. Cada relato de Wieck nos sitúa en una habitación y con cada uno de los creadores de los títulos: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), Drácula (1897), Frankenstein (1818), El exorcista (1971), La semilla del diablo (1967), El resplandor (1977), Otra vuelta de tuerca (1898) y El retrato de Dorian Gray (1890).

Mientras los autores comienzan a escribir la primera línea del capítulo final de sus obras, alguien les mira en silencio desde una vieja puerta entreabierta. Se trata del señor Hyde; el monstruo Frankenstein; la niña Regan MacNeil descalza y vestida con un camisón manchado; Drácula que sonríe maldad; una Rosemary embarazadísima y con la cara demacrada que acaricia con dulzura su tripa; el escritor Jack Torrance que mete su cabeza por el hueco de la puerta y aguarda sudoroso con un hacha en la mano; una hermosa institutriz de vestido largo y oscuro, y un joven atractivo llamado Dorian Gray que observa con altivez cómo baila la pluma de Oscar Wilde sobre el papel.

Creadores y  personajes en una misma habitación; así se da el arranque de los cuentos. Todo un “estado crítico” el de estos encuentros que cambiará el curso y recorrido de la historia de cada uno de los protagonistas. ¿Qué podría decirle el señor Hyde a su creador Stevenson? ¿Que no estaba loco, que por las noches estaba de parranda? ¿Abrazará la hija de la feminista Mary Wollstonecraft a su criatura Frankenstein, como si de su niño interior se tratase? ¿Desde cuándo la niña Regan padece de unas espantosas migrañas y dolores de lumbares? ¿Por qué Drácula no está contento con su castillo y le pide a Bram Stoker una reforma profunda de su vivienda infernal? ¿Cuándo ha dejado Rosemary de tener antojos de carne cruda para pasar el antojo de pollo al carbón? ¿Y ese ataque de confesión de la institutriz al revelarle a Henry James que su verdadera vocación es el diseño de zapatos? ¿Por qué Dorian Gray prefiere una música dedicada a un cuadro con su retrato?

Lo destacable de este libro radica en el absurdo que desencadenan los encuentros, además de los detalles biográficos aportados sobre los autores, esos seres inseguros que decía Montero, y que ponen en antecedente al lector aunque no haya leído la obra de la que los personajes fueron sacados. Por otra parte, abunda el diálogo y la frase corta lo que aligera la lectura. Lo mejorable podríamos situarlo en la selección de personajes y autores “terroríficos”, pues la lista podría haber sido más amplia y completa.

Del final de los cuentos cabe mencionar que nada será como imaginábamos, ni como nos lo habían contado hasta ahora, que dirían en televisión. Sin embargo, Andrea G. Wieck  hará que en Estado crítico se cumpla una de las máximas del escritor Eloy Tizón: «un buen final respeta el espíritu del cuento, sea el que sea».

Estado Crítico (Relatos del castillo, 2009) | Andrea G. Wieck | 225 páginas | 17 euros

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