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En pos de la gracia

Las redencionesRAFAEL ROBLAS CARIDE | Que la religión ha estado presente en la literatura española desde tiempo inmemorial es una cuestión que no admite ningún tipo de debate. Baste recordar sólo los orígenes de la dramaturgia patria, ejemplificada en el Auto de los Reyes Magos; el Mester de Clerecía, con Berceo en su cima; o esa sobredosis de arte espiritual que se dio durante el reinado de Felipe II, con San Juan de la Cruz y Santa Teresa en el pelotón de cabeza de lo que los especialistas han dado en denominar corriente mística.

Sin embargo, hoy en día, y quizás tras los excesos dulcificadores del posfranquismo, Dios y poesía parecen no estar llamados a convivir juntos, respirando así el aire común de un mismo libro. Por esta razón -y de análogo modo que ocurre con la poesía cívica o con la social, aunque a otro nivel-, los poetas contemporáneos prefieren esquivar las agudas aristas que ofrecen tanto religión como política en cuanto a temas centrales para sustentar un poemario. ¿Cobardía? Lo cierto es que las etiquetas de “poesía panfletaria” o de “poesía beata” son muy difíciles de lucir en el curriculum y es comprensible esta actitud de renuncia, aún más en el caso de los primeros espadas del escalafón por cuanto son los que más exponen y pierden.

Por eso es digno de admiración este empeño de Carmelo Guillén Acosta (Coca de la Piñera, 1955) por ser fiel a sí mismo y por profundizar en su fe con esta nueva entrega poética que, con el título de Las redenciones, redondea un universo ya anticipado en anteriores poemarios. No en vano, para nada resulta casual que el profesor Guillén Acosta fuera galardonado en 1990 con el Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, o que el inconfundible estilo de su poesía reincida una y otra vez sobre el pivote gozoso de una trascendencia divina que orienta y equilibra la vida de su autor; un autor, todo hay que decirlo, no ha escondido nunca su naturaleza y filiación cristiana.

Exceptuando tanto el poema del prólogo como el del epílogo, el libro Las redenciones se divide en cuatro partes de irregular extensión cada una de ellas (“Las heredades”, “Los frutos del dolor”, “Libro del tiempo” y “Las redenciones”), compuestas a su vez por composiciones de versos alejandrinos de rima blanca, fundamentalmente, aunque se den casos señalados de asonancias en algunos poemas. La excepción la constituye la sextina “En la frágil soledad”, frivolidad métrica con la que el poeta se permite el lujo de remarcar, por omisión, la libertad estrófica del resto del poemario. De este modo, está claro que formalmente Guillén también se mantiene fiel a su estilo ya solidificado en libros anteriores, sustentándolo sobre la citada cadencia del alejandrino y sobre los abundantes paralelismos y repeticiones que alguna vez parecen remedar la salmodia bíblica, como se observa en este ejemplo que da origen al texto:

Para este mundo vivo, sin más sueño que este
ni más cielo que este, al que tú me has traído

En él puse mi tienda y dije: “Este es mi mundo”,
y lo cuidé con celo y regí con juicio.

Para este mundo vivo, sin más sueño que este,
con el convencimiento de un pacto convenido.

Tú me dejaste hacer: lo fecundé de vida
y a tu imagen lo hice, según tu plan divino.

Para este mundo vivo, sin más sueño que este,
rendido a tus preceptos y a tu favor rendido.

Y efectivamente, sincero como este introito, encontramos a un Guillén habitante de este mundo terrenal, según el designio divino. Un mundo terrenal que, metafóricamente, se transforma después en bosque anexo al mar, donde el poeta, transfigurado en árbol, hunde sus raíces en el suelo de manera que la savia pueda ascender por el tronco hacia el azul del cielo, que es la gracia. Un mundo rebosante de plenitud, completo, “colmado de aliciente”; aunque también poblado por la antítesis del pecado, del demonio,… del dolor.

Dolor que es protagonista también del particular universo de Guillén Acosta, pues sin dolor no hay salvación y, sin ella, gracia. Pero el dolor, connotado por la negatividad, no es en el poeta un castigo, sino una realidad a la que hay que abrazarse para lograr la redención completa. Haz y envés de ese sentimiento de amor que sostiene en equilibrio al hombre con el resto del mundo:

Nunca podré negar que el dolor me sostiene […]
Hoy lo llamo sosiego, porque vivo sumido
en su garra, que es bálsamo y es conformidad.
Nada puede dañarme junto a él, que es a mí solo
lugar de relación con el mundo de fuera.
Lo asumo. Vivo en paz. Un dolor redentor
que me mantiene firme ante cualquier empresa.
Como es mío, lo llevo igual que un brazo, un ojo,
conformando mi alma. Nadie podrá quitármelo,
pues soy en mi dolor: con él he hecho un pacto
de amor, no cabe otro, para toda la vida.

Aunque el dolor no es un dolor abstracto, sino que está anclado en el mundo, en la temporalidad del poeta, sobre todo focalizado en las ausencias. Las de los padres, la del hermano. Cobra aquí importancia lo cotidiano, simbolizado sobre todo en esa casa de Coca de la Piñera habitada por el escritor donde, pese al dolor de la soledad, habita la felicidad auspiciada por ese “presente eterno” del que se habla en el poema “Memoria”. La felicidad en el día a día: la plenitud de encontrar por fin allí el centro de su mundo:

[…] Así que vedme aquí, feliz, sin más deseo
que sentir por mis venas cómo bulle la sangre
de una vida corriente. Todo un hombre feliz,
que más no llevo puesto. A fecha de este día,
las cosas ordinarias dan mi razón de ser;
en ellas reconozco mi lugar en el mundo.

Porque, para Carmelo Guillén, redimirse es un acercarse a Dios, una ascención gozosa hacia la gracia que se hace visible en la naturaleza“, en ese “día recién creado por mí”, en la milagrosa luz velada de una mañana de gris otoño, “en el aire tórrido de agosto”…; pero también en esas actitudes del prójimo -¡ese próximo!- que mejoran el mundo y completan el plan del Creador, tal y como se explicita en el poema “Hay gente mejor que yo”, o se requiere en el hermosísimo “Deberíamos”:

[…] Y, muy en lo contrario, de seguro,
deberíamos amar sin parsimonia,

darnos prisa en amar, que, al fin y al cabo,
la vida es un reclamo para amar

salir a los caminos y lanzarnos
a dar, tan solo a dar n plan espléndido;

poner al mundo en contra de sí mismo
con afán de volcarnos en el prójimo […]

No puedo extenderme más. La reseña ha de llegar a su fin, aunque quedo satisfecho pues las anteriores pinceladas definen, a grandes rasgos, la poética cercana de Guillén Acosta. Poética que no es ni más ni menos que una prolongación de sus anteriores poemarios. Mas, quien conoce a Carmelo no dudará en reconocer que sus libros no son una careta ni una pose, sino que su actitud vital es idéntica a la que rezuma -¡siempre optimista y risueña!- en sus composiciones. Este Las redenciones supone un nuevo pretexto para conocerlo y aceptar su abrazo, aunque antes hay que despojarse de recelos apriorísticos y de prejuicios. En caso de renuncia, se pierden no sólo a un estimable poeta sino a una excelente persona que, además, entrega en este volumen uno de los poemas más emotivos que últimamente se hayan dedicado a una madre. Lo dejo como coda-homenaje en conmemoración del día que se celebra en breve. Juzguen y decidan ustedes mismos.

VIDA DE SANTA
Entre el amplio catálogo de santos que la historia
me muestra, yo me quedo no con aquella víctima
-y evito decir nombres, por no dejar a otros
en lugar inferior- capaz de dar su vida
por Cristo, bocabajo y en una cruz quemada;
ni con aquel asceta que sembró de raíces
su estómago y murió como ejemplo del hombre
que se supo privar de los bienes terrenos;
ni tan siquiera elijo a ese que llenó
su alma de la Nada y me dejó bien claro
que no existe virtud ajena al sacrificio.
De manera especial, me quedo con aquella
Pepa la de Carmelo, que me dio de mamar,
me atendió hasta su muerte, y que no hizo otra cosa
sino amar a su esposo y criar a sus dos hijos,
y ahora, desde el cielo, intercede por mí,
con el único afán de seguir protegiéndome.

Las redenciones (Renacimiento, 2017), de Carmelo Guillén Acosta | 190 páginas | 14,90 euros

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