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Enorme sin quererlo

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Mi vida. Relato de un hombre de provincias

Anton Chéjov

Alianza, 2013

ISBN: 978-84-206-7822-1

168 páginas

8,80 €

Traducción e introducción de Ricardo San Vicente

 

 

Coradino Vega

A menudo se ha hablado de la incapacidad de Chéjov para escribir una novela larga. Y parece que él mismo, que tanto admiró en su día a Tolstoi, vivió con ese anhelo. Sin embargo, uno lee sus cuentos, o las novelas cortas que publicó en periódicos durante su madurez, y se da cuenta de que ni falta que le hizo. Que la novela sea la reina de los géneros siempre ha sido un malentendido: pocas novelas de extensión alcanzan la intensidad y hondura de las novelas cortas de Chéjov. A éste, además, parecía darle igual todo lo grande: las grandes ideas, las grandes obras, los grandes amores, los compromisos sonoros. Médico de profesión y sostén de una familia que descargaba sobre sus hombros multitud de requerimientos, situaba en segundo lugar su propia actividad literaria, escribiendo entre consultas de pacientes y problemas domésticos, como si fuera una afición sin importancia, algo menor, en una consciente toma de partido por la realidad ante su estado de salud pero, también, a modo de irreverencia contra la sacralización del arte. Su literatura no se adecuaba a la moda de su época. Alejada de la impostura, de cualquier artesonado o forma de grandilocuencia, supeditaba los instrumentos a lo que quería transmitir: a que sus ficciones fluyeran con la misma naturalidad, fortuita y casual y aparentemente anodina, que la vida misma.

Mi vida data de 1896 y sucede en el tiempo a las cinco ‘nouvelles’ que Alba reunió hace seis años en una de sus magníficas ediciones. Como en ellas, su protagonista vuelve a ser uno de esos “hombres buenos incapaces de hacer el bien”, por decirlo con las palabras de Nabokov; uno de esos seres meditabundos, somnolientos, poco proclives a la acción y derrotados de antemano que, aunque sepan de una forma muy presente que sólo se vive una vez, no encuentran una manera satisfactoria de encarar la existencia. Al pobre Misaíl, la felicidad se le revela como un estado anormal y transitorio, como un espejismo fugaz. A partir de su decisión de renegar del posicionamiento que todos esperan por su adscripción social, cuando prefiere el trabajo manual a los oficios que su padre quiere para él, Chéjov cuestiona el idealismo de Tolstoi con un conocimiento de causa similar al de Camus, por mucho que éste pareciera olvidarlo al recomendar como ideología que cada uno hiciera su trabajo. Como a Camus, su origen plebeyo le vacuna contra cualquier proclama mesiánica y rimbombante sobre el futuro: “La sangre que corre por mis venas es sangre de mujik —escribió en una carta a su editor— y nadie puede sorprenderme con las virtudes de éstos. —Pero añade a continuación—: Desde niño he aprendido a creer en el progreso y no hubiera podido dejar de creer en él porque la diferencia entre la época en que me azotaban y aquella en la que dejaron de hacerlo es abismal”. No era la primera vez que chocaba con Tolstoi. En la parábola desoladora del mundo que es El pabellón número 6, ya había polemizado con el conde profeta, que ni en sus mejores ficciones pudo experimentar la brutalidad de la infancia de Chéjov, y para quien la salvación de todos los males morales y sociales del hombre pasaban por el trabajo físico. Esta idea está en la base del comportamiento de Misaíl, que intenta construirse su propio destino en contra de la presión casi conspiratoria de su entorno. Pero las ideas en la literatura de Chéjov son sólo eso, ideas. Y aunque aparezcan expuestas con toda claridad y de manera directa, siempre son respondidas por las de otro personaje con la misma contundencia, en un cruce de verdades que impide que nadie pueda adjudicarle al autor una u otra.

Sin embargo, conforme continuamos leyendo el relato, las ideas pasan a un segundo plano, se vuelven un pretexto superficial, y cobra fuerza el devenir de la vida de los personajes con su cotidianidad tranquila, absurda, cómica y triste. Como en la gradual transición de apariencias que da la vuelta a la historia en “La corista”, nada acaba siendo como parece que iba a ser, o todo acaba siendo igual que siempre, depende: el desclasamiento voluntario suele ser relativo; al final cada cabra tira a su monte; tras el matrimonio con Masha, Mi vida retoma al proceso de decepción y desmoronamiento abordado minuciosamente en Tres años. Con una sutileza prodigiosa, con un sentido del humor tintineante, con una claridad misteriosa que contiene una profundidad tremenda, Chéjov escribe además con una transparencia milagrosa. Pues junto a la amarga descripción de la estupidez humana, a la exposición de sus rencores y corrupciones y crueldades para con los otros hombres e incluso los animales, en Chéjov siempre late algo luminoso. Muy pocos saben observar las cosas, apreciar la naturaleza e integrarla en los estados de ánimos como aparece reflejada en Mi vida, donde cada paso de estación tiene una relevancia única, determinante. Como dice Muñoz Molina, no hay un escritor más limpio de corazón, más cercano al sufrimiento de los seres vivos ni más compasivo que Chéjov. No hay un escritor con su capacidad para la ternura, como demuestra el personaje de Cleopatra, la desdichada hermana de Misaíl, por ejemplo. No hay un escritor que refleje mejor a la gente hecha trizas, la vida inútil y triste de los hombres casuales y ordinarios, y a la vez resulte tan cálido y cercano. Su revolución es silenciosa. En ella gravita siempre una búsqueda de libertad. A la despiadada crítica de la vida de provincias en la que transcurre esta novela, y que tanto tiene que ver con la de su Tangarog natal, de la mezquindad y  la “brutal falta de corazón” de sus habitantes, le es ajena en cambio la toxicidad de Thomas Bernhard. Porque a la tristeza le acompaña la jovialidad en todo momento, el desenfado, la mirada zumbona de para quien nada es demasiado importante. Y aunque no podamos decir que se trate de un escritor optimista precisamente, al tiempo que uno comprende qué parte de sinsentido tiene la vida, en Chéjov siempre encontrará una promesa de luz, un remanso de frescura y de calma.

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