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Es el ritmo, idiotas

9788494378263DANIEL RUIZ GARCÍA | El ritmo como recurso artístico, a la manera que lo conocemos hoy, es algo relativamente reciente en la literatura, y es gracias a la irrupción del jazz que dicho recurso se introduce con conciencia en la narrativa, ya que más o menos hasta entonces era patrimonio exclusivo del género lírico. Con el jazz llegó la literatura de Boris Vian, de Cortázar, de Kerouac. Tres ejemplos notorios de autores que experimentaron y exprimieron el concepto de ritmo hasta límites que han sido tímidamente rebasados desde entonces.

La novela que traemos a estas páginas tiene mucho de Vian, pero más bien de Vernon Sullivan, seudónimo responsable de las piezas más ásperas del francés, entre las que destaca muy mucho Escupiré sobre vuestra tumba. Aquella novela era un prodigio rítmico basado en una forma de fraseo que tenía mucho de jazz, pero no del jazz exuberante de Cortázar en El perseguidor, sino de un jazz seco, sincopado, medido en su sobriedad, casi atávico, aunque con un ‘punch’ desgarrador. Era el ritmo que precisaba aquel relato de mala hierba, un ejemplo cristalino de que cada historia precisa su tono, y ese tono acaba dotando de verdadera envergadura a la historia.

Delincuentes de medio pelo, de Gene Kerrigansería mucho menos de lo que es sin el ritmo. Es una historia que se lee como quien escucha una buena sucesión de canciones. Estilo directo, con un fraseo eficaz cuando se vuelve especialmente breve, y con un empleo del diálogo ágil, fresco y muy real. A lo que se une el uso de acotaciones cursivas con intención de evocar los pensamientos de los personajes, que tienen una evidente función rítmica y que en cierto modo recuerdan el estilo del maestro David Peace. Pero al contrario que Peace, Kerrigan es muy clásico en su formulación. Tanto, que la estructura de la novela puede leerse como un western.

Es, como en el caso de Escupiré sobre vuestra tumba, un estilo que parece nacido para contar la historia que Kerrigan se trae entre manos. Una historia que propone un choque de trenes: el de los delincuentes de medio pelo contra los delincuentes de guante blanco. Los de medio pelo están perfectamente retratados en la portada: un puñado de miserables de baja estofa acostumbrados a convivir con la brutalidad, en una Irlanda deprimida y aburrida donde no queda otra que drogarse y entregarse al trapicheo, antes que vivir adocenados en trabajos de chiste en los que resulta impensable labrarse un futuro. La encarnación de esta Irlanda embrutecida es Frankie Crowe, ex presidiario de sangre caliente y de conducta impredecible que alumbra un secuestro para lo que recurre a la ayuda un grupo de patanes, todos ellos de baja extracción, y la mayoría sin dos dedos de frente y sin atisbo de humanidad -a excepción de Martin Paxton, uno de los “vaqueros” buenos-. La secuestrada y su esposo, el próspero Justin Kennedy, un abogado venido a más por el camino de la especulación inmobiliaria y el fraude fiscal, encarnan todo lo que representa el arte del latrocinio de guante blanco, y el peso aparentemente silencioso pero mucho más vasto de la delincuencia a gran escala que tanto ha proliferado en los tiempos del neoliberalismo feroz. Es, pues, una historia de lúmpenes: el lumpen de baja extracción y arrabalero frente al cosmético y sofisticado que viste de Versace. Una propuesta deliciosa para los amantes del ‘noir’ sin esparadrapos, que una vez más vuelve a merecer la ovación para Sajalín. Una editorial que demuestra con su soberbia colección “Al margen” que la verdadera literatura nunca tuvo -ni los necesitó- pelos en la lengua. [Publicado en Buensalvaje España]

Delincuentes de medio pelo (Sajalín, 2017) de Gene Kerrigan | 406 páginas | 22,50 € | Traducción de Damià Alou

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