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¿Es necesaria la moral para participar en Democracia?

Portada Un enemigo del pueblo

JOAQUÍN BLANES | Hace años vi una pintada en alguna casa con los muros ya desamparados que reclamó mi atención y que anoté en un cuadernito minúsculo que llevo conmigo para anotar bobadas. Esa pintada rezaba: “Cuando el parlamento es un teatro, el teatro debe ser un parlamento”.  La idea de la representación escénica como agitadora social no es solo identitaria del teatro, es también necesaria.

Del mismo modo, Platón, en La República planteaba la necesidad moral, tan descuidada en nuestros días, no solo del individuo, sino también, y principalmente, del Estado. Ambos deberían regirse por la virtud que persigue la justicia o por una conducta justa que proviene de la acción virtuosa, que traería, de alguna manera, la felicidad pública y privada.

No vamos a entrar en disquisiciones excesivamente profundas que, a fin de cuentas, se han convertido, hoy en día, en lugares comunes, pero sí que nos gustaría pensar que en alguna ocasión leyeron Un enemigo del pueblo y nos encantaría saber qué les pareció; igual abrir un hilo en los comentarios sería pedir demasiado, pero no se arredren, hagan comentarios si lo leyeron y les apetece dejar su opinión sobre ese enfrentamiento entre verdad y poder que enfrenta a los hermanos Stockmann. El doctor, Tomas Stockmann, un hombre con un espíritu cristalino, que atesora pudor y deseo por contar la verdad a sus conciudadanos, frente a su hermano, Peter Stockmann, alcalde, de espíritu tal vez menos transparente, más utilitario o, quizás, según la impresión que pueda dejarles, más sensato que su hermano.

Si no lo han hecho todavía—lo de leer la obra de Henrik Ibsen—ahora Alianza Editorial, en su edición de bolsillo, ofrece una traducción muy cuidada a cargo de Juan Antonio Garrido Ardilla y Katrine Helene Andersen a un módico precio. Aunque editada originalmente en 2014 ha vuelto a reimprimirla en 2018.

La historia, si no la conocen, es muy sencilla de describir: En un pequeño pueblo noruego, que vive del turismo saludable, gracias a un exitoso balneario, el doctor Stockmann encarga unos análisis de las aguas del balneario y descubre que esas aguas son un abundante foco de infección, porque a ella van a parar las aguas fecales de una zona residencial del pueblo. Evidentemente, la moral impele al bueno del doctor Stockmann a publicar un artículo en el Heraldo del pueblo, para dar a conocer la verdad del asunto. El Heraldo, un diario local que admira la disposición ética del doctor Stockmann por decir la verdad, lo apoyará en un principio, pero los acontecimientos harán que primero se oponga su hermano, el alcalde, a la publicación de ese artículo y más tarde el propio periódico así como el pueblo, porque las obras de reacondicionamiento son excesivamente costosas e inasumibles para la economía del pueblo y, además, cerrar el balneario supondría el cierre de la principal fuente de ingresos local. Ese enfrentamiento tiene su punto álgido en el acto cuarto, cuando se desarrolla una asamblea abierta a todos los ciudadanos y en la que terminan por clasificar como enemigo del pueblo al doctor Stockmann.

Es interesante cómo en las últimas puestas en escena de la obra de Ibsen, tradicionalmente encerrado en las cuatro paredes del teatro decimonónico, este acto propone romper la cuarta pared para que el público forme parte de dicha asamblea y se abra un debate que, la verdad sea dicha, suele resultar más absurdo y tedioso que instructivo, dependiendo, como imaginarán, de cada interviniente.

Si han visto la versión que Pavón Kamikaze ha realizado sabrán de lo que estoy hablando. No desvelaré nada, pero la idea de Àlex Rigola no solo no es nueva, sino que, además, me pareció apropiadísima para una clase de Bachillerato, pero no para llevarla de gira por teatros. Digo que no es nueva porque hace como dos años los chilenos Colectivo Zoológico ya habían planteado esa misma asamblea abierta al público asistente, pero dentro del desarrollo de la obra, cosa que no hace Rigola que, únicamente, se centra en la asamblea, el ágora, olvidando todo el peso creativo y la dialéctica de un texto dramático soberbio.

Ya les advierto que, si uno es sensible a la moral en general, Un enemigo del pueblo pone de mala leche, porque enfrenta a quien lo lee a balancearse entre lo virtuoso—en el sentido de quien ejercita la virtud—o lo sensato, aunque es evidente que lleva al extremo al doctor Stockmann porque su tenacidad, quizá sea mejor decir su terquedad, lo convierte en ese enemigo del pueblo, que se enfrenta a la polis y al concepto de democracia, como un sistema inservible. En ese acto cuarto dirá cosas como que “el enemigo más temible de la verdad y de la libertad es la mayoría absoluta” o “¿Quiénes constituyen la mayoría de los habitantes de un país? ¿La gente inteligente o los necios? Habráse de convenir en que los necios suman la mayoría absoluta en todas partes”. Una de las pocas cosas interesantes que el doctor Stockmann—bajo la piel de Israel Elejalde—propuso para el debate, en la propuesta de Rigola, fue el término “epistocracia”, acuñado por el filósofo Jason Brennan, en su libro Contra la democracia, con el que se desacraliza la democracia como una forma fidedigna. El planteamiento de Brennan es sencillo, solo debería votar aquel que demuestra conocimiento en Ciencias Sociales o, al menos, muestre conocer con cierta profundidad la sociedad. ¿Vale lo mismo el voto de un asesino que el de un hombre de moral intachable? De algún modo esto es lo que se pregunta también el doctor Stockmann en voz alta y frente a sus conciudadanos. No olvidemos que una democracia puede traer líderes antidemocráticos. En una democracia aceptamos un pensamiento perverso o malicioso porque estamos en democracia, cuando, si viviésemos en un régimen en el que tuviese el total control quien profiere ese pensamiento obscuro, no nos permitiría tener nuestro propio punto de vista en libertad. No sé si me comprenden, aunque no compartan nada de lo que escribo. ¿Acepto las críticas porque estoy en democracia o porque creo que ellas me hacen mejorar?

En cualquier caso, esta obra de Ibsen debería ser de lectura obligatoria en los centros educativos, si no en Literatura Universal al menos en Filosofía, para abrir, precisamente, ese cuarto acto al debate. No se trata de quién tiene razón, ya sabemos que dos personas que observan el mismo dibujo pueden ver cosas distintas y ambas tener razón, si no contemplen detenidamente el dibujo que hizo W. E. Hill en 1915, y digan qué ven, ¿una joven o una anciana? Del mismo modo, Ibsen va creando un discurso en el doctor Stockmann que va desdibujándose hacia el despropósito de un hombre que parece más enajenado que acertado, porque al doctor Stockmann al final se le va un poco de las manos esa obstinación por tener razón agitando la verdad como incuestionable. ¿Acaso las mentiras piadosas, o blancas, como las llaman los anglosajones, no son, en alguna ocasión, necesarias entre un hijo y una madre? ¿Acaso a veces no es mejor ceder y dejarse llevar por el oleaje a seguir vaciando el océano con un cubito de playa?

Juan Mayorga escribió en 2003, con motivo del Día Internacional del Teatro: “El teatro es un arte político. El teatro se hace ante una asamblea. El teatro convoca a la polis y dialoga con ella. Sólo en el encuentro de los actores con la ciudad, sólo entonces tiene lugar el teatro. No es posible hacer teatro y no hacer política. Por eso piden un imposible quienes reclaman a las gentes de teatro que no se metan en política. No pedirían al pez que saliese del agua, pero nos piden que guardemos silencio ante lo que pasa. “Vosotros no entendéis. Salid de la calle y volved al teatro”, nos dicen, como si para nosotros fuesen distintos el teatro y la calle”.

Qué más se puede añadir a estas palabras o al excelente texto de Ibsen salvo que Un enemigo del pueblo es teatro y como tal convoca al público y a la asamblea y hace, inevitablemente, política. Será el espectador, así como el lector, quien deba decantarse por un lado u otro del discurso de los dos Stockmann, viendo bien a la joven o bien a la anciana que dibujó W. E. Hill, o incluso, por qué no, a las dos.

Un enemigo del pueblo (Alianza Editorial, 2018) | Henrik Ibsen | 264 páginas | 11,50 euros | Traducción de Juan Antonio Garrido Ardilla y Katrine Helene Andersen

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