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¡Abajo el sistema!RAFA CASTAÑO | Toda posición que se adopte frente al sistema –el rechazo, el halago– es sospechosa. La crisis, en especial, se ha convertido en un agujero negro que deforma y absorbe todo intento de definirlo. La crisis es un ovillo prieto de cabos hundidos en su centro. A toda posición le corresponde su contraria. Todo cuestionamiento, toda alternativa, se contrarresta. La crisis, termina aprendiendo uno tras tantos años y tantas opiniones vertidas, acaba siendo como la Guerra Civil, como el conflicto entre Palestina e Israel, como la economía venezolana. Hacen falta muchas armas para acabar con la propia ignorancia. Hace falta un criterio que no tenemos porque, en gran medida, esa tarea se nos ha vendido como algo prácticamente imposible.

Y quizás por eso, repito, toda posición respecto a ese centro –el halago, el rechazo– es sospechosa, porque uno siente que los únicos que terminan hablando, abandonada toda posible certeza, son los vendidos, los perezosos, los acomodaticios. No sólo se polariza la sociedad, no sólo se agiganta la desigualdad entre los que más tienen y los que menos tienen. También se acalla cada vez más ese campo intermedio de los grises, los matices. El centro amable y dinámico de las buenas ideas, de los argumentos sólidos.

En ese centro se sitúa Álvaro Campos con su libro ¡Abajo el sistema! El Estado de Bienestar en la Gran Recesión (Ediciones en Huida, 2018), fruto de la investigación emprendida por su autor para un trabajo de posgrado en Ciencia Política. Su repaso a estos últimos diez años de recortes y derivas huye del alarido, de los golpes de pecho. Campos no se parte la camisa, no se mesa los cabellos. Campos expone los datos con seguridad, como Grissom se escudaba en las pruebas científicas, que no mienten o eso creemos, y esa falta de retórica sirve a su causa, porque la gravedad de las estadísticas basta para señalar las vergüenzas de unas políticas económicas y sociales que han abrasado el Estado de Bienestar con una eficacia asombrosa.

Tras una breve introducción que nos resume los primeros conatos de intervención estatal con fines sociales, el autor ya nos advierte de que, pese a que el Estado de Bienestar, tal y como hoy lo conocemos, se asienta en el crecimiento explosivo de la segunda posguerra mundial, “el [Banco Central Europeo], las instituciones comunitarias y algunos [Estados Miembros] habrían aprovechado la crisis para avanzar hacia un entorno de mayor flexibilidad y desregulación”, dando lugar a unas medidas que “no se sustancia[n] únicamente en recortes presupuestarios sino que podría[n] estar conduciendo a una reforma sistémica del [Estado de Bienestar]; más allá, pues, de un estricto proceso de consolidación fiscal para el aseguramiento de la política social”.

Me acuerdo entonces de Funny Games, y de langostas hervidas, y de todas las metáforas y obras en las que burbujea el mismo sentimiento: cómo la cautela, la buena fe y una buena dosis de ignorancia nos han permitido aceptar o asumir ciertos caminos como los únicos que conducen a la salvación. Ya ocurrieron graves crisis a lo largo del siglo XX, pero es ahora cuando los viejos instrumentos parecen haberse vuelto inservibles: “En una conversación entre Bauman y Bordoni (…), indicaba el primero que la causa que hace de esta crisis algo absolutamente excepcional radica en que el Estado se ha visto desposeído del poder, que ha sido trasladado a «fuerzas supraestatales (globales) que operan en un “espacio de flujos” (Manuel Castells dixit) fuera de todo control político». Consecuentemente, producido el «divorcio» entre la política y el poder, la capacidad de maniobra del viejo Estado-nación es limitada, resultando demasiado pequeño para afrontar los retos del mercado global y demasiado grande para controlar la proliferación de asuntos, reivindicaciones y conflictos surgidos de los distintos localismos”. En la nota 65, página 105, Campos nos recuerda que “para 2018, la presión de la oposición parlamentaria ha llevado a flexibilizar el déficit del 0,3% al 0,4%”. Lágrimas de agradecimiento ruedan por nuestras mejillas.

Cada cifra del libro nos golpea en la cara. Veamos. ¡Las pensiones! “La propia UE reconocía en otro informe, The 2012 Ageing Report, que en 2052, 41 años después de la reforma de 2011 y en el pico máximo de pensionistas del baby boom, España solo tendría que disponer un gasto similar al 14,2% PIB de Portugal“; Alemania y Francia se gastan bastante más, por ejemplo. ¡Se crea empleo! “El hecho de que la creación de empleo se vea sujeta a un alto nivel de precariedad, que la presión fiscal efectiva sea de las más bajas de Europa (…) y que se haya producido una reducción de la masa salarial de hasta 20.000 millones de euros producto de la última reforma laboral, así como la adopción de ciertos acuerdos como la reducción del Impuesto de Sociedades a las grandes empresas, ha coadyuvado decisivamente a resultados adversos como que en el primer trimestre de 2016, los ingresos tributarios cayeran un 3% cuando el empleo crecía también al 3%”. ¡La amnistía fiscal permitió recuperar un dinero que se daba por perdido! “La Organización Profesional de Inspectores de Hacienda del Estado […] declara que se hubiera ingresado diez veces más de no abrirse el proceso extraordinario de regulación”. ¡La educación ha sido una línea roja! “Aunque solo un 3,9% PIB fue reservado a la educación en 2017, el porcentaje más bajo de toda la serie histórica desde 1995, el avance enviado a la UE para el período 2018-2020 lo rebaja aún más anualmente -3,8%, 3,7% y 3,6% PIB- cuando la media de los EEMM de la UE es del 4,9%.”

Puedo seguir, si tanto insisten. “Se ha triplicado el número de parados mayores de 55 años desde el inicio de la Gran Recesión, con cuatro de cada diez desempleados de este colectivo sin recibir ayuda pública ninguna”. “Entre 2008 y el primer trimestre de 2015 hubo en España 598.647 ejecuciones hipotecarias”. Eso son 6.881 al mes. 229 al día. “Según la EPA del segundo trimestre de 2016, uno de cada cuatro desempleados [lleva] sin trabajar desde al menos cuatro años, y de estos, tres de cada cuatro sin recibir subsidio alguno”.

Las cifras sueltas, las que ocupan unos segundos en el telediario y se disuelven, anestesian, pero presentadas en un relato, en una red, como aquí ocurre, son reveladoras, son impugnables. Algo así defendía Leila Guerriero en su texto de Cada mesa un Vietnam. Pese a que la apuesta de Guerriero emplea muchos más recursos narrativos, Campos, que no busca conmovernos sino iluminarnos, lo logra con una escritura aséptica. Ese es el logro de este libro: darnos un contexto, claro y resumido, de lo que nos ha conducido hasta aquí. No ha debido de ser una tarea fácil, pues si el malagueño defendió su trabajo en 2016, su versión en libro, editada en abril de 2018, ha tenido que sufrir cambios de estilo y numerosas actualizaciones. Pedro Sánchez es nuestro presidente, qué os voy a contar.

Quizás lo que más he lamentado al leerlo es el diseño del volumen. Sigue pareciendo un trabajo académico. Quizás con un formato más pequeño, un interlineado menor… Pienso en los Nuevos Cuadernos de Anagrama, en La Huerta Grande, en la colección Breus del CCCB. Me faltan los datos, no sé si lo que propongo es viable o no, así que sólo lo sugiero. A fin de cuentas, por más que lo intente, uno siempre vive en la duda.

¡Abajo el sistema! El Estado de Bienestar en la Gran Recesión (Ediciones en Huida, 2018), de Álvaro Campos Suárez | 144 páginas | 15 euros

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