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Europe’s living a celebration

la muerte de mi hermano abelFRAN G. MATUTE | Servidor, que por naturaleza no ha sido nunca muy impresionable, todavía recuerda con pavor traumático un documental visto hace años sobre la vida y milagros de la avispa icneumónida, la cual inyectaba sus huevos en el interior de otros insectos, donde incubaban a salvo de depredadores, hasta que eclosionaban y comenzaban a devorar por dentro el cuerpo de su inconsciente anfitrión. En La muerte de mi hermano Abel (1976), Gregor von Rezzori se vale varias veces de esta cruel metáfora para hablar de la literatura: ese huésped incómodo, inoculado no se sabe muy bien por quién, que lucha por salir al mundo exterior aunque sea a costa de la vida del autor. Esta tensión incontrolable, esta especie de vómito creativo, de cáncer en metástasis, parece justificar que el protagonista de esta obra, un escritor de apellido Subicz enfrascado durante cerca de veinte años en crear la pieza maestra de su tiempo, gaste 800 páginas en responder a la impertinente pregunta de su editor, que le pide que le cuente “en tres frases” de qué va su novela. De este modo, nos enfrentamos a un interesantísimo juego de capas de lectura, en el que la respuesta al editor va conformando la novela del protagonista, que es a su vez la novela de Rezzori, “y es también el motivo por el que no podría contarle la story de mi libro en tres frases. Ésta prolifera entre mis manos sin que yo intervenga en absoluto, actúa por su cuenta, se multiplica en una suerte de partenogénesis incontrolable. Cualquier cosa que narre, da lugar a otra narración. Cualquier historia genera otras diez: un crecimiento celular híbrido que no es posible controlar a través de ninguna forma.

La muerte de mi hermano Abel es, en efecto, una superposición de verborreicas reflexiones vertidas por el tal Subicz (un ‘bon vivant’ que ha sobrevivido, de prostíbulo en prostíbulo, a las dos guerras mundiales) que lo mismo versan sobre la decadencia de las ciudades en Occidente que sobre la propia creación artística (al fin y al cabo su discurso se construye mediante la acumulación de fragmentos, de notas o extractos de la novela que está escribiendo, incluso de poemas). Gracias a estos soliloquios asistiremos, entre otras cosas, al proceso de transformación de unos personajes de carne y hueso (aquellos familiares y amigos del protagonista que ya no están entre nosotros) en personajes literarios, en fantasmas del narrador destinados “a narrar sobre el arte mismo de narrar”, con los que Subicz mantendrá una intensa y atormentada confesión.

Quizás, el gran acierto de Rezzori reside en convertir una serie de monólogos meándricos de corte filosófico en una novela total, capaz de abordar los temas más universales. Ayuda a esto, y de qué forma, el período en el que se mueven los recuerdos de Subicz, de 1919 a 1968, y el lugar, una Europa que renace de sus escombros, que tiene la oportunidad de empezar de cero: “¿Por qué no? Todas las posibilidades estaban abiertas; eso, al menos, fue lo que tuvo de bueno esa última fase gris de la era glacial, que todo quedó demolido: las ciudades, los llamados ‘valores’ y, del modo más radical, el Estado, las ficciones sociales, la imagen del hombre…”. Las guerras mundiales se perciben así como el gran acto fundacional de una nueva Europa, que es en realidad la primera Europa verdadera, pues el narrador no las ve “como dos conflictos distintos entre naciones europeas, conflictos librados con armas mortíferas y con objetivos y causas distintas, sino como dos escaramuzas de una misma gran guerra civil europea”. De esta forma, lo que Subicz pretende poner en pie es algo así como la primera Gran Novela Europea. Porque hasta entonces, las grandes obras maestras de la literatura europea no parecen tener cabida dentro de este nuevo sentimiento “nacionalista” que vive el narrador: el Ulises sería la Gran Novela Irlandesa; En busca del tiempo perdido, la Gran Novela Francesa… y bajo este prisma, la célebre pregunta de Rajoy suena de lo más pertinente: ¿Y la Europea? Si por las praderas del Nuevo Mundo campa a sus anchas ese unicornio blanco denominado la Gran Novela Americana, que hace las veces de símbolo de su unidad como nación (en el fondo mucho más atomizada que la del Viejo Mundo), ¿por qué no puede Europa, esta nueva Europa surgida de su primer gran trauma comunal, aspirar a crear una entelequia similar? Rezzori parece entonces tomar, de forma consciente, el modelo postmoderno norteamericano (¡cuánto me he acordado de Pynchon leyendo esta novela!) para intentar semejante osadía literaria. Al fin y al cabo, “esa hora estelar de Europa jamás habría tenido lugar sin el regreso de la hija pródiga de Europa, América; sin la intervención y la revancha de América en la historia europea”. Y así, “americanizando” la propia tradición literaria europea, Subicz/Rezzori “sigue trabajando en su libro, su libro: la novela de la época, la obra maestra del siglo”, protagonizada por “alguien que es un extranjero en todas partes, pero que sobre todo lo es en su propia casa”.

Si quiero escribir un libro de actualidad, debo hacerlo con soberano abandono, con distancia irónica y lúdica disposición; el oscuro apasionamiento del artista muerto de hambre es cosa de anticuario, la gran literatura de hoy es asunto de gente cosmopolita”. Y una mirada misógina y cínica recorrerá la barbarie: la del que a pesar de todas las calamidades, ha vivido siempre en plena celebración, y se permite el lujo de juzgar a los perdedores y a los oprimidos. Nos enfrentaremos entonces a un pensamiento incómodo, altamente repugnante (en lo intelectual por su clarividencia, en lo moral por su elitismo y altivez), bajo cuyas ruinas encontraremos “una forma malvada de tomar venganza: venganza por los sueños traicionados de nuestra juventud, por el extinguido viento primaveral de nuestra mitad perdida; venganza por nuestra culpa en todo ello (…)”.

Por su ambición temática y por la brillantez de su ejecución (defendida con uñas y dientes por una traducción sobresaliente), La muerte de mi hermano Abel se presenta como una lectura adictiva, absorbente y apabullante, de la que el lector armado con un lápiz no será capaz de salir ileso sin subrayar varias decenas de sentencias. “Toda esta cháchara imprudente parece fascinarle, ¿o me equivoco?”, nos pregunta Subicz/Rezzori casi al final de la novela. “No se equivoca usted. ¡Me fascina muchísimo!”, le responde un personaje. Y ahí que seguimos nosotros sin parar de subrayar las páginas de esta obra maestra políglota e inagotable, uno de los grandes relatos integradores sobre la Europa del siglo XX, firme ‘contender’ al título (cómo no) de Gran Novela Europea.

La muerte de mi hermano Abel (Sexto Piso, 2015), de Gregor von Rezzori | 808 páginas | 33 € | Traducción de José Aníbal Campos

admin

3 Comments

  1. Muchas gracias, señor traductor. Trabajo imponente el suyo. Enhorabuena.

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