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Flechas canoras

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El taller del arquero

León Molina

La Garúa, 2014

ISBN: 978-94-941140-9-0

108 páginas

10 €

 

 

 

Antonio Rivero Taravillo

Las aves, que tanto han revoloteado sobre mucha de la mejor poesía, andan últimamente recogidas en sus nidos y bajan poco a la tierra en la que se hacen los poemas, seguramente porque este mundo terricutáneo (permítaseme el neologismo) no es digno de su canto. En nuestra poesía contemporánea hay excepciones, pero son pocas. Piensa uno en páginas de José Jiménez Lozano o del mayor ornitólogo del reino poético español, Francisco Ferrer Lerín. León Molina es otro exponente de este amor a los pajarería, que surge de la vista ávida y del oído atento. Ambas formas de atención las cultiva cuando puede en su retiro de la sierra de Albacete, en una aldea, Yetas, que es casi errata del nombre del Premio Nobel de Literatura irlandés de 1923, que también permitió que muchas aves se posaran en sus versos, y hasta en el título de uno de ellos, principal entre los suyos: Los cisnes salvajes de Coole.

Cubano de nación, como ave migratoria pero sin vuelta atrás, Molina vino a España cuando tenía nueve años, y aquí vive desde entonces. El taller del arquero es su quinto libro de poesía, tras Señales en los puentes, Breviario variable, El son acordado y Llegar. La entrega que ahora nos ocupa es en mi opinión, tras una somera y sumaria lectura de lo anterior, la más personal, la más original y genuina.

El libro está dividido en once secciones, entre las que se van alternando páginas sobre el tiro con arco desde una perspectiva Zen, que se intuye pero no llega a enunciarse, a otras de ornitología. Recurrentemente, como un hilván que va uniéndolo todo, sube a la superficie de este arroyo, y baja, un cuaderno de haikus al que se suman, hacia el final del volumen, una pequeña colección de tankas y también unos aforismos. Junto a las formas tradicionales de la lírica japonesa (sus pentasílabos y heptasílabos), Molina también emplea con destreza el versículo o el texto en prosa, cuya poesía radica en lo que expresa, en la percepción que descubre, no en un liróforo preciosismo ni en la grandilocuencia o ampulosidad de palabras tan supuestamente prestigiosas como desprestigiadas. Arrendajos, zorzales, oropéndolas, cucos, cárabos atraviesan el cielo del libro. Pero no solo hay pájaros en él, también otros animales se hacen verso: “Cortijo en ruinas. / Vigilando el silencio / una culebra.” O el animal doméstico más común, aunque sea de otro domus, no el nuestro: “Súbita lluvia. / El perro del vecino / entra en mi casa”. Habiendo muy logrados ejemplos, algún haiku disuena por la elección del vocabulario o una expresión coloquial que se ve asilvestrada, que no salvaje, en este ámbito de rural, y también incluso por cierta inconsistencia en la puntuación: “Nubes de otoño; / Van a toda pastilla / rozando el monte.”

Hay un asombro nuevo ante los portentos del mundo: “He sacado mi arco nuevo a conocer el otoño. / Cada paso que doy en la hojarasca levanta pájaros. / Cada paso que no doy hace volar mansamente a las nubes. / Regreso y coloco mi arco por primera vez en su gancho / junto a los otros.” Y una identidad del autor con la naturaleza que no evita el reconocimiento, desde la duda existencial, de que esta y el hombre son realidades si no distintas apartadas: “Hoja de arce, / otoñocemos. / Pero yo / ¿en qué árbol?”

Se da una sinestesia general en El taller del arquero, porque como reza uno de los aforismos (que se presentan en distribución versal, como los pequeños poemas que son), “El oído en el monte / forma parte de la mirada”. Por eso también se presenta, en el decir, la luz: “El canto del ruiseñor brilla / en los silencios que contiene.” La última sección, “Final entretanto” tal vez hubiera sido mejor eliminarla o integrar sus textos en otras partes, porque traen –es mi impresión– un final anticlimático. No obstante, tal vez sea deliberada esa desnudez, ese colofón de retazos.

Es este uno de los libros de poesía más auténticos, limpios y necesarios que he leído en mucho tiempo. Cuando León Molina escribe un haiku no lo hace con diecisiete sílabas, sino con diecisiete ramitas del monte, ungidas de sol y niebla a un tiempo. Y, cuando canta, la cabeza a pájaros y el corazón hecho trino, por su garganta manan literalmente las aves. Molina es un Thoreau con su cabaña en el bosque y la concisión y atención a la naturaleza –repito: cómo sabe mirar, cómo escucha– de Basho.

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