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Formas de contener el mundo


Stoner

John Williams

Baile del Sol, 2010

ISBN: 978-84-15019-34-3

246 páginas

15 €

Traducción de Antonio Díez Fernández

Daniel Ruiz García

Uno de los elogios que Antonio Muñoz Molina dedicaba a Vida y Destino, la monumental novela de Vasili Grossman, era su capacidad de resumir y contener el mundo en un solo relato. Y apelaba para justificar su opinión a la obra de clásicos como Tolstoi, Proust, Mann o Pérez Galdós, que en su momento fueron capaces de construir grandes monumentos de palabras con la capacidad más o menos integradora, más o menos total, de albergar el mundo, de contenerlo al completo, como un molde de tinta que recubriera el globo terráqueo.

La obra de Grossman, en efecto, es vasta, ambiciosa, diversa, abarrotada de voces y de paisajes, con apariencia de totalidad. Al terminarla, a uno le queda el espejismo de haber creído poder dar la vuelta al mundo, más concretamente al mundo que abarca el periodo histórico contenido en la novela.

Hay, sin embargo, otras muchas formas de resumir y contener el mundo en un solo relato. También es posible integrar en una novela toda la vida a través de la sencillez. Contando, por ejemplo, la biografía aparentemente insustancial de un profesor universitario. Es lo que hace John Williams en su magistral Stoner, una novela que deslumbra de cabo a rabo por su ausencia de artificio, por la falta de ruido y por esa gracia invisible que tiene de contar una vida anónima, donde no existen grandes logros ni hazañas, y donde todo termina más o menos como empieza, sin que el mundo cambie en nada tras el paso de una vida sobre la que se concentra el foco de la narración.

No sé, la verdad, por qué me ha gustado tanto. Es una novela sencilla por donde se mire, donde el protagonista viaja a la deriva en un mundo de grisura, consagrado a esa vida gris y continuamente zarandeado por su pusilanimidad y su estoicismo a la hora de afrontar el sufrimiento. He tenido la sensación de asomarme a una ventana indiscreta para ver pasar el mundo, una vida, la vida del profesor William Stoner. Era, me parecía, una vida insulsa, una vida tranquila, común, pero cada vez se me hacía más difícil no mantener el ojo asomado a aquel resquicio. Al final se me ha hecho difícil despedir a Stoner, acudir al instante de su muerte, que era también el instante de su recapitulación vital.

Probablemente toda la magia de saber convertir lo nimio, lo insustancial, lo ordinario, en una historia conmovedora resida en el estilo de John Williams. Porque Williams es un escritor no sólo altamente competente, sino con unas dotes de elegancia estilística poco comunes. Sabe contar como cuentan los realmente buenos: sin alharacas, sin excesos, sin pretender demostrar nada, sino de forma contenida, planteando guiños permanentes al lector para convertirlo en confidente de eso que se ve por la ventana. Es uno de esos escritores inteligentes que convierten a los lectores en inteligentes. Sólo así podemos entender que una novela sobre un tipo común, sobre un buen tipo, así, sin más, se lea con semejante entusiasmo, con semejante interés, deseando en lo más íntimo que esa historia simple de un hombre simple no acabe nunca.

A estas alturas puedo decirlo: una de las mejores novelas que he leído este año. Y barrunto que en mucho tiempo.

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