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Funesta manía de pensar

9788415862499ILYA U. TOPPER | Alerta, conciudadanos. La situación es grave, si bien no desesperada. En un gesto provocador, que amenaza con dar al traste a nuestra tan duramente alcanzada comodidad en una sociedad del bienestar sin dudas ni preguntas, la editorial pepitas de calabaza (sic) ha perpetrado una reedición de cierto opúsculo de infausto recuerdo –aunque podríamos albergar la esperanza de que no vive ya, gracias a la selección natural de la especie, quien lo recuerde– titulado, con apresurado celo bautista, Comunicado urgente contra el despilfarro. Podríamos preguntarnos qué puede tener de urgente un comunicado, si ve la luz (nuevamente) 43 años de haber sido redactado, podríamos consolarnos con el tamaño de la editorial en cuestión, equivalente al nombre que ostenta, pero he aquí que dicho opúsculo se halla disponible incluso en el catálogo de las mayores librerías de España, como quien dice a un clic de las incautas manos de una fácilmente impresionable juventud, y a un precio que no supera el de un combinado en un bar.

Por eso, conciudadanos, nos corresponde emitir advertencia pública contra las perniciosas ideas de este texto, y contra el peligro particularmente grave, por impreciso, que emana de él: no sólo se niega a guiar a nuestra juventud por el camino de la estabilidad política y la aceptación cívica de las fuerzas establecidas que velan por su bien, ¡no!, también se niega, con particular desfachatez, a guiarla por el camino de la rebeldía, la protesta, el asalto a los poderes y el derrocamiento del sistema. Sabemos, conciudadanos, lo necesarios que son los panfletos revolucionarios para nuestra juventud, el enorme bien que hacen encauzando la energía de los descontentos y marcándoles causas concretas a las que dedicar su vida, causas que irán derivando con el tiempo en el mejor sostén de nuestra sociedad del bienestar, sosegada y apuntalada por  las fuerzas que son (si no me creen, verifiquen cuántos prohombres que hoy defienden la patria, la Iglesia y la nación no han llevado carné maoista en su juventud).

Pero no: en este comunicado no se recomienda hacer tal o tal cosa, y es más: ¡ni siquiera se recomienda no hacer tal o tal cosa! Y eso, expresamente. El texto renuncia, de esta manera, completamente a ser guía, mostrar pautas de comportamiento, educar al ciudadano en ninguna de las muchas ideologías que, tras arduos trabajos, hemos conseguido extender ante él cual gama de chocolates en un escaparate.

Pero ¿de qué habla entonces el comunicado? ¿y qué pretende? me preguntarán ustedes, conciudadanos. La primera pregunta no es fácil de responder: habla de despilfarro, sí, pero del despilfarro como sinónimo de lo que nosotros llamamos consumo, el gesto cívico de adquirir y gastar una materia que ha sido producida por otros ciudadanos en el noble ciclo económico, es decir el acto esencial que sustenta todo nuestro sistema. Y en lugar de reconocerlo como tal, el comunicado lo describe como… digamos que lo escribe exactamente como tal, pero arremetiendo contra esta función cívica de ser parte del engranaje que mantiene el sistema mediante el acto de consumir, pintándola como un pérfida idea del Estado para sostenerse. Llega hasta el punto de describir el acto de salir de compras –probablemente el más hermoso gesto de respaldo a nuestro sistema de bienestar, y que ha motivado y originado lo que se podría describir como verdaderos templos de nuestra sociedad moderna, las grandes superficies (fíjense en la hermosura de ese nombre abstracto, de regusto planetario, casi cósmico)– como una “necesaria participación en la fiesta y la pasión vertiginosa del supermercado”, de manera que el cliente ya no adquiere productos sino que “consume consumo”.

Fíjense qué perfidia de texto: querer explicar al consumidor la naturaleza del acto que está realizando, despojarle de la inocencia, como quien arranca un antifaz de la cara de los invitados, poniendo así inevitablemente, rudamente, fin a la fiesta del Carnaval. Y como si con ello no bastara, el texto aplica la misma lógica a quienes eligen entregarse a la militancia política violenta: cogido el gusto por el peligro de la militancia, acaban luchando por la lucha, no por la causa, acaban acaso muriendo por la muerte, no por un objetivo, lo cual es doblemente benéfico para el Estado: permite un fácil control sobre quienes se desvían de nuestros valores y normas del bienestar, a la vez que sirve para ejercitar y desarrollar los órganos públicos y menos públicos de control de dichas disidencias, y finalmente justifica la eliminación física de tales amenazas en el momento en que su aguijón ya no sirva para mejorar el funcionamiento del sistema. Tal vez esta pretensión de despojar de sus atractivos la militancia violenta, tachándola de despilfarro, sea aún más preocupante que la que pone en la picota el consumo, menos vulnerable a esta funesta manía de pensar.

Menos nos deben preocupar las arremetidas contra otros cinco hábitos, afortunadamente desde larga data integrados armoniosamente en la gama de canalizaciones del espíritu inconformista, y que el autor o autores del texto azotan como variedades de despilfarro de la persona (y citamos textualmente): la creciente fiebre motociclística, la fumanda pestilente (¡de tabaco!), las prácticas sexuales contrasensuales, canción y danza violentas y chirriantes, y las sectas de barbarie urbana que cultivan el crimen para matar el aburrimiento.

Es buena muestra del espíritu subversivo del texto que, junto al rechazo de las “miserables drogas heroicas” que inyectadas conducen a la muerte, enaltece las “fumandas fraternales de jachís y marijuana” y el “suntuoso regalo de los dioses que se llamaba el ácido lisérgico”. Frente a estas desviaciones es grato constatar que al menos en un punto, autor o autores parecen haber conservado un resto de moralidad, y es cuando denuncian como despilfarro la obligación moderna de la mujer de alcanzar el orgasmo como fin supremo de las relaciones sexuales, sustituto del verdadero amor. Si bien, lamentablemente, contradice esta impresión al arremeter acto seguido contra el tierno deseo de maternidad como forma de convertir la propia voluntad individual en un elemento más del sistema de producción y consumo, en este caso de personas.

¿Quiénes son este autor o autores?, me preguntarán ustedes. Nuestras pesquisas han constatado (y así figura en el prólogo del opúsculo, no menos subversivo) que se trata de un grupo de exiliados españoles en París, reunidos en torno al a la sazón ex-catedrático Agustín García Calvo, que ejercería de cabecilla y quizás inspirador principal de la conjura conocida hoy como Comuna Antinacionalista Zamorana.

La segunda pregunta, no menos acuciante, es hasta qué punto nos debe preocupar la reaparición de este texto tras décadas de silencio, en un momento precisamente en el que por todos los medios intentamos encauzar los espíritus inconformistas en los canales de rebeldía adecuados. Afortunadamente, hasta ahora, pocos son los medios de gran tirada, aparte una gaceta local de Zamora (como no pudo ser de otra manera) y, contradiciendo su noble nombre, el diario El Español, los que se han hecho eco de la redifusión del panfleto, pero no por eso el peligro desaparece: recientemente hemos visto que incluso publicaciones digitales de larga trayectoria, como el blog diletante Estado Crítico o la revista M’Sur han caído bajo el hechizo de este texto, como demuestra una reseña publicada por el periodista Ilya U. Topper, personaje cuyo origen se antoja aún más indescifrable que su nombre, y que concluye una especie de panegírico a esta obra con una conclusión ciertamente inquietante: “Sí, el Comunicado es una chorrada, pero de todas las chorradas que se han escrito en cuarenta años es la mejor”.

Comunicado urgente contra el despilfarro (Pepitas de Calabaza, 2016) de la Comuna Antinacionalista Zamorana136 páginas | 10 €

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