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G.I. Joe en el País de las Maravillas

Cacciato-smallJOSÉ MARÍA MORAGA | Cuando el 30 de abril de 1975 millones de norteamericanos vieron en las noticias la caída de Saigón a manos del ejército de Vietnam del Norte, muchos no dieron crédito. Aquello significaba el fin de una larga y complicada guerra extranjera en la que los EE.UU. -durante los ocho años de implicación directa-  se habían dejado varias decenas de miles de vidas y muchos, pero muchos, miles de millones de dólares, aparentemente para nada. Eso sin contar con el trauma nacional y el personal de otras varias decenas de miles de veteranos que se suicidaron o tuvieron graves problemas psicológicos a la vuelta. Nada en esta guerra parecía tener sentido (al menos en el bando americano y survietnamita), todo sucedía al revés. La mayor potencia militar y económica había tenido que salir derrotada en 1973, dejando a sus aliados del Sur con el triple de artillería y el doble de blindados y tropas que los adversarios comunistas del Norte. Toda la movilidad y la potencia de fuego se habían revelado inservibles en una guerra fundamentalmente de guerrillas, librada con tácticas de contrainsurgencia y con más retórica que efectividad, pese a los números oficiales. En esta guerra nueva nada había tenido sentido, y si los propios survietnamitas no habían podido o sabido evitar que su país acabara controlado por las facciones comunistas, ¿qué habría de entender el soldadito norteamericano, con una media de edad -recordémoslo- de 19 años?

Los dirigentes políticos y militares de la época no eran capaces de explicarlo, esa tarea correspondió en un primer momento a veteranos como Tim O’ Brien, Michael Herr (su Despachos de guerra, de 1977, le granjeó el ser llamado por Coppola y Kubrick como coguionista de sus más famosas películas sobre Vietnam) o Philip Caputo. En este sentido, cobra relevancia la cita de Caputo extraída de Un rumor de guerra (1977), a propósito de su llegada a Vietnam con la primera unidad de Marines, el 8 de marzo de 1965, inicio “oficial” de la participación norteamericana:

“[L]levábamos, junto con nuestras mochilas y fusiles, las convicciones implícitas de que el Vietcong sería derrotado rápidamente y de que estábamos haciendo algo noble y bueno. Conservamos las mochilas y los fusiles, las convicciones las perdimos.”

La novela que nos ocupa, Persiguiendo a Cacciato (1978), posee una estructura que en principio resultará familiar a quienes hayan leído otras obras de O’ Brien. Se trata de una serie de historias cortas que bien podrían aparecer independientes (algunas, de hecho, lo hicieron) pero que juntas toman cuerpo para representar un escalofriante testimonio de la experiencia del soldado americano en Vietnam. Ni más ni menos. Sabido es que O’ Brien no entra en geopolítica y no critica la conveniencia estratégica o las implicaciones morales, sino que se limita a describir y contar, lo cual resulta más que suficiente para denunciar lo absurda, bárbara y abusiva que fue esa guerra y, por extensión, todas las guerras. A mi juicio, la mejor literatura antibélica es la no explícita y, en ese sentido, el primer capítulo de Persiguiendo a Cacciato supone un poderoso aldabonazo que pone de manifiesto las vergüenzas de la participación norteamericana en Vietnam, por no hablar de que las dos primeras páginas tal vez sean el mejor comienzo de un libro de guerra que jamás haya leído.

La anécdota que pone en marcha la historia me parece de una sencillez y una efectividad brillantes. Un buen día de 1968, el soldado Cacciato, de la 3ª Escuadra, 1º Pelotón, Compañía Alfa, etc, decide que, vista la guerra en Vietnam, mejor se va a París. Andando. Los casi catorce mil kilómetros de distancia. Lo que podría haber sido una vulgar deserción cobra aquí tintes de poesía, de obra de arte, al aunar el absurdo y el realismo mágico con la cruda realidad. Es en este territorio entre lo imposible y lo que tenemos delante de las narices donde la novela de O’ Brien se eleva hacia un nuevo nivel. Todo lo demás (el realismo sucio, las situaciones kafkianas que nos hacen pasar del llanto a la risa, la alienación del simple soldado, la violencia…) también está presente en Si muero en zona de combate (1973) y Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990), igual que los detalles. Los detallitos: parafraseando el adagio sobre el Diablo podría afirmarse que la Guerra de Vietnam está en los detalles. Pero es el tono absurdo lo que más conviene a una guerra absurda.

Punto de vista idóneo para percibir los acontecimientos son las limitadas luces del “especialista de cuarta clase” Paul Berlin, amigo de Cacciato y admirador secreto de su “obra”, esa fuga que simboliza un anhelo de escapada presente en todos, cuanto más en los soldados. Será a través de la conciencia de Berlin como el lector irá recibiendo toda la información de la novela, con todo lo que eso implica de fragmentación, fiabilidad o no, amén del inevitable proceso de selección y secuenciación de los acontecimientos. Estos suelen estar narrados en paralelo entre la persecución de Cacciato y una interminable guardia nocturna que sirve al narrador para introducir numerosas escenas retrospectivas que explican a los memorables componentes de la 3ª Escuadra y las peripecias de éstos anteriores a la fuga de su miembro menos popular.

Mención aparte merece, sobre la mitad del libro, la escena en que el grupo que va tras Cacciato cae por un agujero de la carretera y se encuentra dentro de un complejo de túneles del Vietcong. Por su carácter entre absurdo y onírico, los capítulos 13 y 15 emparentan con Alicia en el País de las Maravillas (quien cae por un túnel en pos de un conejo, aquí el conejo blanco sería Cacciato) y con el poema de Wilfred Owen “Extraño encuentro”, en el que un soldado escapaba de la batalla “por un profundo túnel, excavado hace tiempo” y se daba de bruces con el rostro del enemigo al que él mismo había dado muerte. En la novela, la 3ª Escuadra (con harta y fúnebre experiencia en los túneles) es recibida por el comandante del Vietcong Li Van Hgoc, quien tiene su propia historia que contar: de hecho fue un desertor, lo que constituye una satisfactoria simetría con Cacciato. Esto resulta especialmente relevante en una guerra en la que, merced a movilidad, potencia de fuego y terreno, los enemigos apenas se veían las caras, como recuerda el propio O’ Brien en el capítulo 16:

“Durante la semana siguiente destruyeron doce túneles. Mataron un búfalo de agua. Quemaron cobertizos, sacrificaron gallinas, arrasaron arrozales, arrancaron empalizadas, cegaron pozos y provocaron la locura. Sin embargo, no consiguieron que el enemigo diera la cara (…)”

Pero la humanización del enemigo siempre dura poco, enseguida el teniente Corson y Van Hgoc mantienen un caballeresco y artificial diálogo, tan afectado como el de los personajes de Oscar Wilde en La importancia de llamarse Ernesto o los de Tom Stoppard en Travesties. A fin de cuentas -pensará el lector-, ¿quién necesita verosimilitud cuando de la guerra de Vietnam se trata? ¿Acaso es esta guerra verosímil?

En otro momento significativo de este “extraño encuentro” se hace patente que todos los soldados (estadounidenses y Vietcong por igual) se hallan atrapados por la tierra, son sus prisioneros. La reacción del teniente americano es la esperable según la mentalidad de su país en la guerra. No entendiendo nada, Corson le dice a Van Hgoc que ellos les superan “en número, en armas y en tecnología”, típica actitud mezcla de arrogancia e ingenuidad. Resulta irónico (y esto es un leitmotiv en toda la literatura y el cine sobre este conflicto) que los hijos de la patria de Thoreau y Ben Franklin se vean perdidos en la naturaleza, y que si sus ancestros eran capaces de irse a vivir al bosque con un saco de clavos o de conquistar el Oeste, los americanos de un siglo después no puedan sobrevivir en la jungla ni cuando se rodean de la más avanzada tecnología, que les llevaba el cine o la coca cola hasta la misma puerta de sus bases en Vietnam.

Me he extendido sobre lo que pasa en los capítulos 13 y 15 por parecerme los más importantes a nivel simbólico y los más logrados también. Hay muchos otros momentos en que la novela reflexiona acerca de la guerra, como la trabajosa conversación del capítulo 29 entre el capitán iraní Fahyi Rhallon y Doc Peret (el sanitario del pelotón), donde se tratan muchos temas clave pero de manera más explícita y sobre todo menos bella. El resto del relato oscila brillantemente entre el realismo sucio y el realismo mágico -si se me permite la adjetivación-, conduciendo al lector a un desenlace inesperado o acaso el único posible, según se quiera entender. Persiguiendo a Cacciato es como esos retratos cuyos ojos parecen moverse siguiendo al espectador a medida que éste se mueve por la sala, es un libro dual en muchos sentidos, pero con dos mitades perfectamente ensambladas. Tal vez al haberlo hecho así, Tim O’ Brien nos haya mostrado el camino mejor que cualquier otro autor de los que han tratado el tema de Vietnam, ya que supera la paradoja inherente a una guerra que desde el punto de vista norteamericano estuvo plagada de tensión y contradicciones. ¿Tengo que ser más explícito? No se la pierdan.

Persiguiendo a Cacciato (Contra, 2017) de Tim O’ Brien | 384 páginas | 21,75 euros | Traducción de David Paradela López

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