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Gaviota, gaviota

Maquetación 1El secreto de Joe Gould

Joseph Mitchell

Anagrama, 2014. Colección «Otra vuelta de tuerca»

ISBN: 978-84-3397-629-1

178 páginas

14,90 €

Traducción de Marcelo Cohen

Edición del 50.º Aniversario

 

 

Fran G. Matute

Quiero pensar que he visto demasiada televisión y que es por eso que la lectura de El secreto de Joe Gould (1965) de Joseph Mitchell me ha dejado más frío que otra cosa. Quiero pensar también que las sentidas loas que ha conseguido acumular esta obrita a lo largo del tiempo, vertidas por gente importante y con criterio, no dependen exclusivamente de la supuesta “sorpresa” asociada a ese “secreto” al que alude su título. De no ser cierto ninguno de los dos pensamientos anteriores, creo que no me quedaría otra que afirmar que estamos ante uno de los grandes ‘bluffs’ de la literatura del siglo pasado. Pero como eso no puede ser, porque Doris Lessing, Salman Rushdie, Julian Barnes y Martin Amis (entre otros) no pueden estar equivocados, pues me veo como obligado a encontrar la razón de la fascinación que genera la historia de Joe Gould bajo otras coordenadas.

Para el que no lo sepa diré que El secreto de Joe Gould se compone de dos textos periodísticos vivamente interrelacionados pero que están escritos en momentos muy distintos. El primero, llamado “El profesor Gaviota”, apareció publicado en The New Yorker en 1942, y contiene la semblanza de un pícaro bohemio, algo sucio y andrajoso, que deambulaba por el Greenwich Village neoyorquino trapicheando con bolsas de ketchup y cigarrillos. Un retrato que no tendría nada de particular (me imagino que como él habría bastantes más por las calles del Village) sino fuera porque el tal Joe Gould afirmaba estar escribiendo la Historia oral de nuestro tiempo, de la cual llevaba ya cientos de cuadernos redactados. El segundo de los textos citados apareció también en The New Yorker solo que en 1964, veintidós años después, bajo el título “El secreto de Joe Gould”. Ambas piezas fueron firmadas por el periodista Joseph Mitchell y reunidas en formato libro en 1965, cuando el Greenwich Village vivía una especie de segunda era dorada, entre ‘beatnicks’ y ‘folkies’ revivalistas.

Las ínfulas literarias de Gould lo llevan a codearse, según se cuenta en estas crónicas, con ciertas personalidades del mundillo literario, como Ezra Pound o E. E. Cummings, que llegaron incluso a alabar la importancia de su ‘work-in-progress’. Algunas muestras de su “talento” quedaron impresas en revistas de la época. Las pretensiones artísticas de Gould, a pesar de su excéntrico modo de vida, eran legítimas. De alguna forma representaba al bohemio arquetípico pues lo cierto es que sus orígenes eran de clase media y familia educada: se había criado en Massachussets y había estudiado en Harvard. Gould vagabundeaba las calles más por vicio que por necesidad: quiso dedicar todo el tiempo de su vida a la literatura, a crear la gran obra del siglo XX, su Historia oral de nuestro tiempo. En ese aspecto, fue todo un humanista.

Qué duda cabe que la historia del tipo -y además bien contada, como lo hace Mitchell-, resulta de lo más interesante. Pero lo cierto es que Gould no deja de ser un excéntrico más en la ciudad de los excéntricos. No era infrecuente encontrarlo en un bar imitando el graznido de la gaviota a cambio de unas monedas, de ahí el título del primer artículo de Mitchell. Gould se jactaba de hablar ese idioma con soltura, el “gavioto”; de ser capaz de recitar La canción de Hiawatha en esa lengua y mejorar el texto. También mezclaba el ketchup con agua caliente y decía que era sopa de tomate. Y unas cuantas rarezas más que según de qué palo sea uno sonarán a deliciosas curiosidades o, directamente, a chorradas. Quizás sea este el punto de inflexión, el de decidir si Gould está más cuerdo que nosotros o no. Si es uno más de la parroquia o verdaderamente merece la atención que Mitchell le da.

Pero más allá de la entidad de Gould como personaje, creo que lo más enjundioso de esta historia es el artefacto, esto es, que el texto que montó Mitchell en 1965 puede verse hoy como un gesto pionero de Nuevo Periodismo, en el que la literatura y la crónica se dan la mano con gran sensibilidad. Al final, el propio Mitchell se convierte en personaje de su propia historia, y su interactuación con Gould es quizás la clave de todo. Y luego está, por supuesto, el retrato indirecto que aparece por estas páginas de ese Greenwich Village que comenzaba entonces a forjar su leyenda como el barrio bohemio por excelencia.

Claro que hay cosas de valor en El secreto de Joe Gould, por mucho que sus «revelaciones» no me hayan llamado demasiado la atención. Pero sobre todo creo en el mensaje final que transmite este texto: que algunos secretos hacen más bien siendo guardados. El de Joe Gould nos lo zampa aquí Mitchell, sin contemplaciones. El de Mitchell, en cambio, nos lo quedaremos para nosotros. Y para todo lo demás, vean mejor la televisión.

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