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Genéticos, Apocalípticos y Mutantes

JABO H. PIZARROSO|Hace unas semanas, el director de Black Mirror, mediante un calculado efecto Streisand, pasó a la historia como uno de los primeros teleastas del género de los creadores de series del no cuando dijo que Black Mirror no seguiría porque la realidad actual superaba a cualquier ficción, algo que hacía imposible nuevas tramas y temporadas.

Veremos en qué acaba tal aseveración oximorónica cuando ya sabemos que las series nunca terminan cuando terminan, y mucho menos cuando los que las hacen dicen que fenecen. De ahí la hipertensión promiscua de los devoradores de ese tipo de droga y la espera insatisfecha que provoca este jovi metanfetamínico, síntoma y causa de enfermedades todavía poco diagnosticadas en la era prepandémica de los acontecimientos ficticios.

        Lo real es por primera vez democrático y pródigo. El hombre acecha y lo real ahora más que nunca también, porque le cierra la boca al más ‘pintao’ y le planta nasobuco mordaza en el careto al más verraco. Los testículos neoliberales y populistas de ayer son las criadillas de la gastronomía de hoy donde los virus escondidos mutaron hace siglos. Sabemos hasta el código genético de su ADN. El silencio y el decrecimiento es lo único que nos queda. El silencio de los espacios vacíos pascalianos donde algunos ya ven a dios o a Edgar Alan Poe, que como bien nos explicó Leopoldito María Panero, es la sombra del fascismo.

        Otros no escuchamos nada más que los trinos de los pájaros, que seguirán cantando cuando nos hayamos marchado, aunque nos echemos de menos a nosotros mismos una vez hayamos muerto, como dijo de sí Jesús Pardo y a veces, con oído presto, oigamos con deleite al sinsonte o escuchemos la orquestación en las hojas de los chopos temblones que fabrica en su miasmar la brisa, ¡ay dulzura de los oídos sin tráfico, y te fuiste para no volver!

        Dentro de un nuevo género libresco que podríamos llamar El Sars-Cov-Non-Fiction-White, brillan con luz propia dos autores que más tarde que temprano por fin se traducen y se pueden degustar en lo actual, noción temporal correosa y que hoy más que nunca ha perdido su brújula. Está claro que también ahora uno de los mejores anclajes al conocimiento de lo que nos pasa y nos atraviesa el desconcierto es un libro, no como dios manda, sino como tiene que ser. Hablo de Pandemic, de Soniah Shah, todavía sin traducción al castellano, y de Contagio, el libro que en pleno desconcierto con fin o sin él, ¡Por allá rebrota!, gritan desde la cofa del Pequod-Mundo, se apresuró a publicar Debate, de David Qammen. Uno y otro son hijos del ayer. Manda narices.

Que todavía sigamos así. El ayer no es mil ochocientos a porrillo, el ayer pertenece a la última década. Con este campo editorial minado por ochenta mil o más novedades cada año, lo de ayer es lo de la semana pasada.

        El de Shah que todavía espera traductor es de 2016 y el de David es del año 2012. Lo de que inventen ellos tiene la sombra del ciprés muy alargada en esta república fallida de las letras cuando pasan estas cosas.

Contagio es un libro de investigación apto para virólogos que dejaron de serlo porque lo fueron mucho durante nuestro querido confinamiento, que es lo mismo que decir que es un libro para bajarles al piso a los ‘enteraíllos’ que en estos días han sido. También está recomendado para epidemiólogos tertulianistas con sentimiento de culpa que enviaron miles de guasaps a sus amigos pensando que eran enviados del supremo por ser reenviadores de la verdad, para aquellos que ahora, visto lo visto, se miran al espejo con sentido y honesto sentimiento de contrición en sus mientes y también es una lectura recomendada para conspiranoicos que necesitan una excelsa y apropiada cura de humildad tras tanta excitación verborreica en la que la ficción se apropia de la certeza de lo real como Donald Trump lo hace hoy del sentido común y crea una legión de seguidores que chupan grifos de lejía y asesinan negros.          

Contagio es también un libro para los señoros y las señoras del barrio de Salamanca que no saben lo que son las sartenes morenas y desconocen la redondez hernandiana de las mismas, no por nada sino porque ellos fueron los asesinos intelectuales de Miguel y no se acuerdan mientras circulan en porsche con megáfono a mano por Jorge Juan o Castelló o la calle que sea de ese barrio.

Contagio es un libro que nunca leerán y que les abriría los ojos y los votos, algo tan cerrado en su diégesis como una palabra en la mente de un analfabeto, un millón o más de pochas dendritas. Y ya no solo porque en este libro Qammen pega un soberano repaso a la historia de las epidemias bacterianas y sobre todo víricas que nos preceden, sino porque con ese recuento entretenido, pedagógico, lleno de erudición matemático-epidemiológica, microbiológica, antropológica y vírica, también da una tuerca de vuelta con doce-trece a la soberbia idiocia con la que se ha construido el mundo en el que estamos de espaldas a lo que se supo y se sabía desde hace mucho tiempo.

 El principal problema del hombre, escribió el narrador de Memorias del Subdesarrollo de Edmundo Desnoes, antes y durante Sergio, es que no sabe que es el feto prematuro de un mono. En 1972, un inclasificable loco de las letras y del conocimiento llamado Benjamín Subercaseaux, dejó escrito que el hombre es, pues, efectivamente, como gustaban decir con aire patético los poetas románticos, una especie de aborto, un parto prematuro.

Comparado con la estirpe de su especie homínida es un temerario del existir, un proxeneta de los ecosistemas, porque tarda veinte o treinta años en madurar lo que a un bonono o a un gorila le cuesta un periodo de gestación o el ciclo de una lavadora. Mucho se ha hablado estos días de todo y poco de lo mucho que se habló ya en pocos lugares de lo que estaba ocurriendo en manglares, selvas y ecosistemas que estaban perdiendo su vigor, su frescura y en los que mutaban y mutan las enfermedades del mañana.

Sonia Sha lo tiene muy claro cuando establece una probable causa de la mutación vírica que ha parado por primera vez el capitalismo en la deforestación salvaje de la tierra y la destrucción de los hábitats desde los que especies en espléndido aislamiento han salido huyendo hasta lugares donde una golosa población humana es ofrecida en sacrificio inconsciente para ser contagiada por virus cuyo código genético se ha fortalecido de una manera especial a lomos de la destrucción planetaria y de la evolución darwinista.

Con un recorrido majestuoso por los lugares donde solitarios científicos, pensadores, biólogos, epidemiólogos, periodistas científicos y demás ralea tipo Fernando Simón lleva tiempo hisopando culos y gargantas de monos, murciélagos y demás especies desnortadas y perdidas, cultivando y microscopando patógenos desconocidos, visitando confines de la tierra donde se consumen especies exóticas, buscando y analizando por qué existen enfermedades zoonóticas, descubriendo por qué murieron dos caballos primero en Australia, y muchos más después mediante un patógeno que luego se supo proveniente de un animal en 1994, analizando por qué se cruzan virus entre animales y hombres, cómo se empezó a erradicar la malaria, por qué hay científicos a los cuales les niegan publicaciones, por qué hay cuatro tipos de virus de malaria y por qué el trabajo callado de los que saben de esto ha sido ninguneado, silenciado y despreciado por todos los idiotas que gobiernan el mundo desde que el mundo dejó de contar o de apreciar las opiniones de aquellos científicos que se pasan la vida en laboratorios a los que en muchos casos les faltan recursos, que viven en selvas recónditas siguiendo la huella de un animal en cuevas de Singapur o en los margenes de un río llamado Xongo y a los que a la vuelta de sus trabajos o de sus publicaciones en la Nature de turno no se les ha hecho mucho caso. Así está la cosa.

Contagio es un libro de investigación y de viajes, narrado de manera irónica, erudita y excepcional por un escritor, viajero y amante de la ciencia al que ya no le asustan las epidemias y pandemias porque lleva más tiempo detrás de su conocimiento que casi todo el mundo. Contagio es un monumento a la falta de racionalidad, un tirón de orejas a los que siempre miraron para otro lado cuando las evidencias de epidemias y brotes conocidos preparaban las hecatombes que acabaran con el colapso de la humanidad si no recogemos el hilo de Ariadna que textos como este nos aportan.

Es un placer leer un libro como este. Genéticos, apocalípticos o mutantes, cada cual entrará en la selva de su conocimiento con este libro y más de una o más de uno se caerá del guindo, del cocotero o del mango en el que estaba subido. Bienvenida esa caída. Libros como este puede que eliminen la farragosa tendencia que sigue creando tiempos de silencio y de ignorancia en los que la ciencia solo es un amamantamiento de ratones de Illinois en los pechos de la pobre hija del Muecas, que hace lo que puede para ganarse la vida en las chabolas del Madrid escrito por Luis Martín-Santos. Viva esta de la venta de animales exóticos en Shenzen o de la falta de recursos para investigación, ciencia y desarrollo respetuosos con la sistémica y compleja ecología de los ecosistemas que nos hemos cargado ya en cualquier parte del planeta tierra. Vivo está el colapso mutante. Leamos y enterémonos por escritores como David de lo que ya se sabía y contra lo que no hicimos nada. Leer no ayudará mucho a que hagamos algo ahora. No soy tan imbécil como para creer eso. Pero conseguirá que sepamos lo que pasa en lo que ya pasó antes. Un paso. Un libro es un pequeño paso. Este lo es.

Así, cuando llegue el verdadero colapso, sabremos por qué, y recordaremos la frase magnética de Arrabal, ‘paticruzao’, tratando de sujetarse a una mesa acristalada en medio de una borrachera de sentidos y otras cosas, “el mineliarismo va a llegar”.

Contagio. (Debate, 2020) | David Quammen | Traducción de Pablo Hermida, José Eduardo Latapi, Jesús Negro, Francesc Pedrosa, Inga Pellisa, Marcos Pérez y Francisco Ramos | 624 páginas | 22.70 euros

admin

Un comentario

  1. Fascinante artículo de Pizarroso que tiene más de arenga que de reseña y cuya trompetería excelsa es capaz de despertar al más modorro de los polifemos, dando vida y ¡ay! mayor ferocidad a su ávido ojo único. Ojalá nos pille como a ulises avisados, disfrazados con pieles de oveja para salir indemnes de la cueva del infortunio.

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