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Gran España

NH548_GJOSÉ M. LÓPEZ | Creo que todos conocemos ya a Justo Navarro, por lo que no voy a volver a decir que el granadino es una de los escritores españoles más notables. Se ha dicho que con su última novela, Gran Granada, retoma el género negro. Yo, sinceramente, creo que nunca lo ha dejado. Porque sus dos últimos libros, Finalmusik y El espía, a pesar de no adherirse plenamente a ese molde, no cesan de valerse del armazón detectivesco para crear dramas humanos menos previsibles, y ahondar en tramas más complejas y profundas; ambas, por cierto, ambientadas en Italia, la contemporánea o la de la época fascista.

Sin embargo, en su último libro Justo Navarro apunta su ácido y cegador foco a su ciudad natal, la Granada de 1963, y la verdad es que no deja títere con cabeza. Estamos en la época de apogeo del franquismo, y en ciernes de una visita del caudillo a la ciudad, aparece una serie de cadáveres que, por no alarmar demasiado a los gerifaltes franquistas, la policía granadina decide ir disfrazando de suicidios forzados o de extrañas muertes naturales. Tras el fugaz paso del dictador por la ciudad, a lo Bienvenido, Mister Marshall, todo se complica aún más, ya que aparecen más cadáveres que, de ninguna manera, admiten ser disfrazados. Y es a partir de este momento cuando surge la corrupción policial y política, la mafia eclesiástica relacionada con el mundo del arte o la hipocresía de una alta burguesía viciosa y sodomita que se esfuerza en ocultar sus placeres ante la apariencia de una vida decente; en definitiva, la putrefacción moral y generalizada de una urbe literalmente inundada en el lodo y el envilecimiento. La única lección final que podemos aprender es que en esta ciudad lo verosímil es preferible a lo verdadero: ¿qué más da si lo que tenemos delante no es un verdadero cuadro de Botticelli, si, al fin y al cabo, la copia es fiel reflejo de la original y nos aporta placer artístico?; ¿para qué enfrentarnos a complejos crímenes, si podemos hacerlos pasar por sencillos suicidios que nos complicarán menos la existencia?

Puesto que nadie discutía, matizaba ni refutaba sus teorías sobre los crímenes de Valderrama y Tsitri, Polo las dio por indiscutibles, inobjetables e irrefutables, o, en una palabra, verdaderas”. (pág. 250)

Normal, porque, en una época donde los mayores delincuentes eran quienes controlaban el estado, lo mejor era hacer como si no pasara nada.

Debido a la cercanía física y emocional del autor con el lugar en el que se recrea la historia, esta se torna, a veces, o más bien siempre, en una especie de crónica -histórica, negra, social y hasta rosa- sobre la Granada de los años sesenta. Justo Navarro nos ofrece una detallado croquis de sus calles y callejones, sus moteles, sus cafeterías, restaurantes, y sus gentes. Nos encontramos, por tanto, ante eso que llaman novela caleidoscópica o de amplio encuadre, y este querer abarcar demasiado, ha provocado que hasta bien entrada la lectura no me haya sentido muy enganchado a la trama, muy lenta al principio, y a sus personajes, entre los cuales he echado en falta uno con el que identificarme. Pero, si se es paciente, este problema se resuelve hacia mitad del libro, cuando el autor deja de poner la lupa en la ciudad, empieza a insuflar ritmo a la trama, y, sobre todo, se centra en el personaje de la novela que más me ha interesado, el detective Polo. Este viejo comisario, ingeniero en Telecomunicaciones y casado con una mujer 36 años menor, se va aferrando a la historia debido a su empecinamiento en buscar la verdad (ya sea auténtica o no), a pesar de que se sabe muerto, profesional y físicamente. Veterano de guerra y científico, representa la cúspide del férreo y omnisciente sistema de vigilancia franquista, que se llevaba a cabo a través de espías y pinchazos telefónicos. Esta red de espionaje estatal, en ocasiones, era tan perfecta como inútil, ya que la policía terminaba sabiendo más de la vida privada de los ciudadanos que de los indicios de los asesinatos. Este sistema a lo “Gran Hermano” preludia de alguna manera la sociedad actual en la que a través de diferentes redes sociales estamos todos vigilados porque todos vigilamos, en la que todos somos delincuentes potenciales porque todos hacemos de policías, o de chivatos. Pero al final nada útil sacamos de esta urdimbre de delaciones -autoritaria o democrática-, en la que sólo prevalece el detalle morboso e insignificante. Bueno, pues en este ambiente, el sobrio policía Polo encarna todo esto, pero también el vértigo moral de aquel que, encontrándose en posición de perseguir al malo desde hace tanto tiempo, ha olvidado que existen unas normas para ello. El comisario obvia que no todo vale, por lo que termina quitando importancia a las formas y valiéndose de métodos poco éticos para conseguir acabar con los malos y apaciguar la ciudad. En este sentido, este viejo guardián de la ley me ha recordado al capitán Han Quinlan, interpretado por Orson Welles en Sed de mal.

Junto al veterano inspector, aparece como réplica el oculista Saura, pusilánime representante de la burguesía granadina más hipócrita e inane. Él es novio de Clara, la hija del juez, y pasiva devoradora de novelas de crímenes, que decide investigar por ella misma estos asuntos turbios que están ocurriendo en su ciudad. En esta fotografía también encontramos recepcionistas de hotel, policías, bármanes, periodistas y chóferes de altos cargos. Y todos -¡todos!- poseen cierta implicación en esta corruptela social y moral que afecta a la gran ciudad de Granada de 1963, que no es más que un trasunto de la Gran España de ese mismo año.

Por si no se ha desprendido de lo anterior, debo decir que la novela tarda en tomar aire, y que la parte expositiva de la ciudad y presentación los personajes puede hacerse algo pesada a alguien que no sienta una fascinación tan enorme como el autor por su ciudad. Pero la trama remonta, y he terminado disfrutando de una obra que, si bien, y en mi opinión, está un peldaño por debajo de sus dos últimas, deja a las claras que la pluma, o las teclas, de Justo Navarro siguen engrasadas y en plena forma.

Gran Granada (Anagrama, 2015), de Justo Navarro | 251 páginas | 17,90 €

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