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Grito hacia Nueva York

EDUARDO CRUZ ACILLONA | La carpintería está pobremente iluminada. Un cartel de “Entren sin llamar” que cuelga en la puerta invita a sumergirse en este particular e íntimo universo del hacedor de versos como listones de madera bien pulida.

¿Es usted el carpintero?, pregunto tímido para no interrumpir más de lo necesario. El poeta me mira, sonríe de manera lacónica y afirma ligeramente con la cabeza, como si él tampoco quisiera interrumpir. Me cuenta que, en 1929, Federico García Lorca estaba en Nueva York impartiendo conferencias y escribiendo poemas. Huía de una depresión personal y se encontró con otra global: el capitalismo, la injusticia y el enajenamiento social, la desaparición de los valores humanistas… Y me recita de memoria “Grito hacia Roma”, un poema del poeta granadino que incluye los versos “No hay más que un millón de carpinteros / que hacen ataúdes sin cruz”. 

Noventa años más tarde, en 2019, la editorial La Palma publica Un millón de carpinteros que hacen ataúdes sin cruz, tras haber recibido dos años antes el Premio de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Su autor, el carpintero, me dice que todo sigue igual que entonces, que nada ha cambiado. Y que sentía la necesidad de gritar de nuevo. Le digo que me parece una arriesgada y temeraria aventura la de conformar todo un poemario a partir de un verso, de un suspiro hondo, de García Lorca. Y una proeza concluir ese trabajo como si en vez de un carpintero se tratara de un exquisito orfebre. Porque el trozo de madera, página a página, se va convirtiendo en una joya. Porque no sólo conoce, maneja y disfruta/sufre la obra de Lorca, sino que la adapta a su piel como un tatuaje. Y porque esa poesía la hace convivir con otras que llevan la caricia o el desgarro de Bukowski y de Gil de Biedma, de Valente y de Leopoldo Mª Panero, de García Argüez y hasta de su amigo Stewart Mundini, que un día escribió que cuando habla el silencio “todo es miedo”.

Jaén Bermuz es un poeta que siente ese miedo como propio y confiesa que, cuando piensa en salir, escarba en sus bolsillos “y en todos desentierro / extrañas cerraduras / para llaves sin casa”. Es un poeta que confiesa que la peor soledad “es estar en la mala compañía / de cuantos hombres nunca quise ser”. Un poeta que habla de la poesía como “ebria enfermedad”, llevándonos a las cercanías de Claudio Rodríguez, como un “absurdo escrutinio de la ceniza”, como un “expolio del silencio”; y que habla de las musas como un “aquelarre de perros que (hus)mean las esquinas de la memoria”.

Un millón de carpinteros… contiene poesía sin concesiones al populismo burdo, a la marwanización de la metáfora ni a convertir un poema en canción del verano o en carne de carpeta de universitario repetidor. Es una poesía elevada a las estanterías (senti)mentales del arte mayor, profundo, con un dominio del lenguaje y del ritmo exquisito y certero. Sus poemas duelen más leídos en voz alta. Se enredan en la garganta, que es el barrio flamenco asentado en las afueras del corazón, y suenan sin sordina, golpeando con contundencia y precisión como los carpinteros que pueblan el poemario.

Jaén Bermuz es un poeta que se pregunta (y esto es autenticidad, es carne viva) “si hay días que son tumba, ¿por qué escribir piel o caricia?”. Y en este poemario hay muchos días que son tumba, que son negro pasado, tan negro que dificulta ver resquicios luminosos de presente, expresado con la potencia del doble sentido demoledor de los versos “La historia de esta tierra / está en los huesos”.

El poeta reniega del dios que nos han asignado al verse inmerso en un escenario de dolor y de injusticias. Somos, dice, “arcángeles apóstatas”, “apóstoles del cisma”, lo que le lleva a dibujar un mundo “trinchera / donde corretean niños y niñas / que le cantan canciones / de cuna a la muerte”.

Culmina el poemario con unos “Retazos de Esperanza” donde la familia y la amistad son el argumento al que se agarra quien no quiere darlo todo por perdido. Así, a su amiga y también poeta Carmen Moreno, le confiesa y vaticina: “Nunca llegaremos a nada, / pero todo será distinto / cuando dios advierta en los dedos / un desasosiego de hormigas rojas”.

Esos versos cierran el libro, pero los golpes sobre la materia que conforma el universo de este humilde, arriesgado y sincero orfebre de la madera que es Jaén Bermuz seguirán resonando en nuestra memoria durante mucho tiempo, al menos hasta que se conviertan en justicia, sí, en justicia poética. 

Un millón de carpinteros que hacen ataúdes sin cruz (Ediciones La Palma, 2019) | J. M. Jaén Bermuz | 124 pags. | 14€

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