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Hacia la fórmula de la Coca-Cola

El jardín de Ajenjo

Francisco Balbuena

XI Premio Manzanares de Novela

Calambur Narrativa, 2009
ISBN: 9788483591673

296 págs.

18 €


Dani Ruiz

Fenómenos como el inesperado éxito de Stieg Larsson y su noctámbula trilogía nos conducen una vez más a pensar que El Dorado que supone la confección premeditada de un bestseller es más bien un espejismo, un arcano indescifrable, inasequible y escurridizo a los manuales y los consejos de los talleres de escritura.
Aun así, cabe hacer defensa de algunos recursos que, por mera observación estadística, sí parecen estar dando buenos resultados en las últimas décadas en lo que a literatura crematística se refiere.
El redescubrimiento del pasado, la reescritura de la Historia en clave crítica o conspiratoria o simplemente paranormal acumula ya una larga tradición como abono de best-seller. Desde que gente como Greene, Le Carré, Forsyth o más recientemente Grisham lo impusiera como marca de éxito, la reescritura de la Historia, el ejercicio de mirar de otra forma al pasado, se ha convertido en un recurso bastante solvente para alcanzar la gloria literaria.
Se me ocurren otros muchos: el empleo de un lenguaje directo y sencillo, que abunde en la plasticidad y que tenga resonancias cinematográficas en el tipo de metáforas empleadas; la abundancia de diálogos; un uso comedido pero efectivo del humor; sexo, aunque siempre contenido, sin llegar a la sicalipsis…
Empiezo a identificar, frente a estos patrones clásicos de la factoría de los best-sellers, nuevas tendencias que no están funcionando nada mal en los últimos tiempos. El libro que hoy me toca abunda en una de estas tendencias: el empleo de personajes históricos de gran trascendencia que son incrustados en las tramas de forma meramente tangencial, dando realce, lustre, brillo y aval histórico a historias que realmente deambulan por otros derroteros. Se trata, para entendernos, como si contamos la historia, por ejemplo, de un primo hermano de Mozart que ejerció como serial killer victoriano. El famoso, en este caso Mozart, aparecería en la trama haciendo poco más que cameos, con algunas frases y algunas entradas y salidas que permitirían incrementar el interés por la historia, sin que nos desviáramos en exceso del quid del argumento: las miserias de un asesino en serie con sangre de genio.
En El Jardín de Ajenjo, novela ganadora del XI Premio Río Manzanares de Novela y publicada por Calambur Editorial, Francisco Balbuena apunta maneras de autor de best-seller nato. Y utiliza este recurso referido del cameo de forma bastante certera. En este caso, el personaje célebre invitado determina incluso el escenario espaciotemporal de la novela. Concretamente, la novela transcurre durante el periodo en el que un joven Orson Welles rueda un docudrama en Brasil, en Río de Janeiro, la película It’s All True.
La historia es bastante conocida: en 1940, y guiado por su “política de buena vecindad”, el Gobierno norteamericano de Roosevelt decide poner en marcha una campaña para estrechar vínculos con Sudamérica. Para ello, se cuenta con el apoyo de Hollywood, y de algunos egregios filántropos, como Nelson Rockefeller, a la sazón accionista mayoritario de la RKO en la que el joven Welles ya viene ofreciendo sus servicios. Con Ciudadano Kane recién estrenado, Orson es enviado a Sudamérica, concretamente a México y a Brasil, a fin de que ruede una película con la que promocionar las buenas relaciones entre Yanquilandia y estos países. A caballo entre lo dramático y lo documental, lo cierto es que el guión de It’s All True salta por los aires cuando el ávido Welles se sumerge en la vida tropical. Se suceden los meses sin que del equipo desplazado surja algo de provecho. Después de año y medio de disloque, la RKO obliga a Welles a regresar. Hoy, It’s All True es una de las piezas más míticas del baúl de los proyectos inconclusos del americano.
Sobre este planteamiento, Balbuena plantea una novela con nervio, ágil, enérgica, urgente. Una novela que tiene la capacidad de evocar no ya una época o un paisaje –el tropical-, sino un determinado escenario de ficción bastante transitado por la novela y el cine negro americano. Me refiero al hard boiled, a la vertiente más dura del clásico film noir, que tan popular hicieron personajes como Spade, Marlowe o Archer. Porque ese es, a mi juicio, el logro principal de El Jardín de Ajenjo, un planteamiento de trama dura, plagada de puñetazos, de alcohol seco, de sexo sucio y de incapacidad de redención. Se lee como se ve una película de cine negro de los 40, con humo y con sabor a whisky.
Todo hard boiled tiene su hard boiled man, y el de Francisco Balbuena es un personaje bastante inquietante, como obliga el manual del género: Balboa, un falangista de oscuro pasado que trabaja como matón y como vividor a sueldo en la embajada española en Brasil. Su drama es enamorarse de una judía, que para más inri está casada con un austriaco que además de ser homosexual la degrada y la maltrata, completamente torturado por sus complejos antisemitas. En medio de este cuadro aparece Welles con su equipo, y a Balboa se le encomienda la misión de velar por la seguridad del cineasta durante su estancia en Brasil. Una estancia que comparte ciertos paralelismos con la que debió padecer Coppola durante el rodaje selvático de Apocalipse Now, ya que se convierte en una rueda incesante de excesos en la que Welles, algo caricaturesco –uno de los principales peros de la novela-, se desenvuelve como un animal salvaje e indómito. El cineasta se convierte de este modo en un interesante aderezo para una trama que se mueve fundamentalmente por resortes de pasión, traición y venganza. Todo muy peliculero, muy folletinesco, pero qué quieren que les diga, también tremendamente divertido.
Francisco Balbuena acabará siendo un gran autor de best-seller. Tiene todas las aptitudes y actitudes para ello. Oficio –escribe todos los días cinco horas, y ésta de El jardín de Ajenjo la escribió en tres meses-, buena pluma –un best-seller puede hacer también concesiones a lo brillante a través del estilo, de las imágenes, del ritmo- y buenos enfoques –contar con Welles en su momento vital de mayor ebullición creativa, con el exuberante Carnaval de Río de Janeiro de fondo, y abordando uno de los proyectos inacabados más míticos de la Historia del Cine, abre de por sí un terreno de ficción bastante prometedor-. Gracias a todas estas competencias, Francisco Balbuena ya está rozando el limbo de los grandes premios literarios españoles. Así, aunque casi nadie lo conozca, ha sido finalista de premios como el Azorín, el Ateneo de Sevilla, el Primavera, el Fernando Lara o el Planeta. Sólo queda esperar que su tenacidad no decaiga, y que siga alimentándonos con estos divertimentos, que resultan especialmente agradables y recomendables para la canícula estival.

admin

2 comentarios

  1. Excelente reseña. Francisco Balbuena te estará sin duda agradecido, porque esta crítica no sólo anima, también incita y azuza a leer la novela, más aún bajo este ardor cenital que nos cobija en el sur y en verano.

  2. Muy buena pinta, sí señor… ¿Tiene algo que ver con el ‘Cazador blanco, corazón negro’ de Viertel? Y por cierto, felicidades también a Calambur, por la sensibilidad y por la resistencia.

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