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Hasta Dios se equivoca

Odesa_PortadaALEJANDRO LUQUE | La vida de Isaak Bábel está llena de momentos emocionantes. También conmueve imaginar su ignominiosa ejecución ante el pelotón de fusilamiento, después de indecibles torturas, y el modo en que su obra sobrevivió no solo a la prohibición decretada en toda la URSS, sino también a la muerte civil del autor. Releyendo sus Cuentos de Odesa, en concreto estos cuatro que ha rescatado Nevsky en versión de Marta Sánchez-Nieves, con preciosas ilustraciones de Iratxe López de Munáin, me ha sobrevenido otra emoción, no menos clara y vívida: la de percibir sin género de duda el estado de gracia de un escritor, esa inspiración que no viene de la mano de ninguna musa, sino del hecho de haber encontrado un acento propio, de dar, después de mucha búsqueda y mucho ensayo y error, con el modo exacto en que uno quiere conducir su voz.

No sorprende, en este sentido, comprobar que entre su famoso Diario de 1920 y estos Cuentos median apenas cinco años. En ese salto de madurez confluyen varios factores: conoce a Gorki, cubre como periodista la cruenta guerra civil rusa y la campaña polaco-soviética, que acabaría inspirando su obra maestra, Caballería roja… Pero sobre todo adquiere una definitiva certeza de sus capacidades para el oficio. Es ese punto en que un escritor ya no tiene que mendigar reconocimiento, como había hecho antes Bábel en San Petersburgo, peregrinando de editorial en editorial: ahora sabe que lo es, solo tiene que esperar que soplen para su obra vientos favorables.

Gorki le había dado un consejo fundamental: que en sus escritos no perdiera de vista al pueblo, la fuente de las grandes leyendas y el diapasón del tono deseado. Y empieza a escribir (o quizás a retocar lo ya escrito) sobre su Odesa natal, sobre el mundo judío en que creció y fue educado. A esta motivación pertenecen las historias que comentamos aquí, empezando por los inspirados en la figura de Benia Krik, el “Rey”, un bandido que capitanea la mafia -¿podemos llamarla así?- del barrio judío de Moldavanka.

La primera historia, “El Rey”, narra el modo en que Benia resuelve sus diferencias con el nuevo jefe del cuartel; la segunda, “Qué sucedió en Odesa”, hace memoria del modo en que el matón fue convirtiéndose poco a poco en el “Rey”. La tercera, “El padre”, cuenta las maniobras para unir a Benia Krik con la robusta Baska, la hija del comerciante Froim Graj. Por último, “Liubka La Cosaca” (acaso la más torpe, no sabemos si por deficiencias del original o por dificultades de traducción) explica cómo Cudeckis se convirtió en administrador de la posada de Liubka. Son, como se ve, historias sencillas, cuentos afines a la tradición popular, habitados por personajes llenos de carga literaria, habitantes de regiones heladas, bebedores de largo aliento, gente dura y a menudo violenta.

El único pero que encontramos en la edición es que nos deja con ganas de más. A nadie hubiera molestado incluir al menos dos o tres cuentos adicionales, que aun con tan buen cuerpo de letra no habría encarecido demasiado el producto. Por lo demás, la escritura de Bábel es sencillamente deliciosa: eficaz cuando se trata de ir al grano, discretamente poética, como cuando la recién casada empuja al marido al lecho y lo mira “igual que un gato que lleva a un ratón en la boca y lo va probando poco a poco con los dientes”, o  cuando el sol, al llegar al centro del cielo, empieza “a temblar como una mosca debilitada por el bochorno”.

Bábel es también maravilloso cuando despliega esos recursos inmemoriales, que delatan a un buen conocedor de la narrativa oral: “¿Que por qué dio un portazo? Lo sabrá si va a donde voy a llevarlo”.O este otro, genial: “¿Qué hubiera hecho usted en el lugar de Benia Krik? Usted no hubiera hecho nada. Pero él lo hizo. Por eso es el Rey y usted está a verlas venir”.

Pero sobre todo nos encanta el humor sutil que siempre se filtra en estas historias, incluso en los pasajes más terribles. Un humor que tiene mucho de autoparodia, y de juego irreverente también, de esos que no iban a tener ninguna gracia para el comunismo soviético.  “Pero, ¿es acaso no fue un error de Dios que los judío se establecieran en Rusia para que sufriera un tormento similar al infierno? ¿Es que hubiera estado mal que los judíos viviéramos en Suiza, rodeados de lagos de primera clase, de aire puro y franceses por doquier? Todos nos equivocamos, incluso Dios”.

Después de los pogromos y del holocausto, la población judía de Odesa apenas supera hoy el 10 por ciento, pero la cultura judía no sería tan rica si prescindiera de nombres como Isaak Bábel. Todavía conmueve, sí, volver sobre su vida y su obra, y recordar su muerte ignominiosa. Esa terrible equivocación de la cual eximimos por una vez a Dios, para culpar directamente al camarada Iósif Vissariónovich Stalin.

Cuentos de Odesa (Nevsky, 2014), de Isaak Bábel | 128 páginas | 15,20 € | Traducción de Marta Sánchez-Nieves | Ilustraciones de Iratxe López de Munáin

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