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Hasta la próxima guerra

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ALEJANDRO LUQUE | Para hacer tuyo un país, basta con amarlo. Nadie tiene que autorizarte, no necesitas presentar la partida de nacimiento en ninguna ventanilla. Claro que amar un país no consiste, como pretenden los patrioteros o los chauvinistas más recalcitrantes, en colgar muchas banderas de los balcones, desafinar himnos o pregonar las bondades del territorio en cuestión en las barras de zinc de las cafeterías. Se ama la tierra conociéndola, adquiriendo su idioma si procede, cuidando de su patrimonio y de su memoria, proyectando sobre ella esa mirada exigente y constructiva que solo puede generarse desde los sentimientos más profundos.

Miguel Roán, joven estudioso y traductor, ama ese vasto país no homologado por los atlas de geografía política llamados los Balcanes. Tenía poco más de diez años cuando estalló la guerra que fragmentó la antigua Yugoslavia, pero al adulto que es hoy le cuesta ver fronteras en esta vieja y sufrida región mediterránea. No es el único: muchos españoles sentimos una atracción irresistible por ella, una pasión que para algunos empezó cuando vieron jugar a Drazen Petrovic por primera vez, cuando descubrieron los cuentos de Danilo Kis o cuando vieron arder la biblioteca de Sarajevo.

Lo cierto es que los Balcanes enganchan. Pero no todo el mundo se toma la molestia de irse a vivir a Belgrado, de recorrer la zona minuciosamente y exprimirse el cacumen en estudiar serbio. Roán lo ha hecho, y ha tenido la gentileza de contarnos sus andanzas en un libro, este, un acierto de Mercedes Cebrián como editora interina de Caballo de Troya; un libro que tiene algo de crónica de viajes, de colección de reportajes, de diario íntimo y de ensayo político y sociológico fragmentario, sin ajustarse estrictamente a ninguno de estos géneros. Análisis de actualidad, impresiones personales, anécdotas, referencias eruditas, todo se organiza como un collage que, sin ánimo de exhaustividad, pretende ofrecer una visión más o menos caleidoscópica de lo que han sido y son estos magnéticos países.

Así, a lo largo de estas páginas vemos a Roán apuntarse a carreras de larga distancia –lo que le brinda el título del volumen–, asistir a un buen montón de conciertos, follar legítimamente lo que puede –otra manera de conocer mundo–, cogerse alguna cogorza de rakija, conversar con conocidos y desconocidos, y hasta buscarse algún que otro problema por meterse en ambientes poco recomendables. Lejos de limitarse a los menesteres propios del ratón de biblioteca, este viguense de 1981 es consciente de que para atrapar el alma de los lugares no hay como la observación directa y el contacto con la población aborigen: es cierto que no siempre esas fuentes garantizan la máxima objetividad, pero brindan un contraste de incalculable valor.

No, no puede decirse que Roán no haya leído. Por ahí desfilan, entre otros, mis adorados Ismail Kadaré Dubravka Ugresic. Pero el suyo es un libro curiosamente poco libresco, donde está más presente la música y el cine –no vamos a dar abasto para buscar subtituladas todas las películas a las que alude– que el papel impreso. Y tampoco nos molesta, ya que, toca reconocerlo, es muy poco lo que los españoles medios sabemos de esa cultura, de modo que cualquier cosa es buena para empezar. De hecho, si algo cupiera reprocharle al autor –aparte de que ceda demasiado al tono confesional y sentimentaloide en algún pasaje, peccata minuta– es su confianza en que el lector cuenta con una mínima información previa, cosa que, me temo, no siempre va a suceder. Olvidadizo de que el español medio no sabe ni siquiera ubicar Montenegro en el mapa, ni la existencia de una república Srpska, el autor desaprovecha la oportunidad de hacer un poco de didactismo, aunque seguramente no era su propósito ni su obligación.

En todo caso, se disfruta y mucho su voluntad de estilo, su amenidad, su invitación a recorrer esas maravillosas ciudades y los no menos fascinantes pueblos que van de Trieste hasta la costa sur de Albania, esa Dubrovnik que es algo más que un escenario de Juego de tronos, esa Bahía de Kotor, esa Istria, ese Mostar que tantas resonancias tiene aún para los españoles, desde que el ejército patrio fue enviado allá para restablecer los puentes, físicos y virtuales, que habían sido volados.

Roán toca muchos puntos sensibles, pero sobre todo pone el dedo en uno que resulta difícil ignorar cuando se conoce la historia reciente, aunque los propios habitantes de los Balcanes finjan ignorarlo: la pervivencia de una violencia soterrada, hecha de heridas mal cerradas, de vidas rotas y traumatizadas, de una memoria del horror que tiene poco más de 25 años, pero que se resiste a desvanecerse. Ahí están las marcas de bala en muchos edificios, los cementerios bien alimentados, los retratos de familiares asesinados o desaparecidos, todo para querer volver a disolverse, un cuarto de siglo después, en una comunidad supranacional como la UE.

Da la impresión de que, mientras croatas, serbios, bosnios, montenegrinos y demás vecinos quisieran abonarse a ese olvido consciente, defendido por David Rieff, entre otros, nosotros nos empeñáramos en no renunciar a esa lección de la Historia, en no resignarnos a la famosa, precaria paz “hasta la próxima guerra” que siempre parece sobrevolar los Balcanes. Por ellos y por nosotros. Y eso también me parece una prueba más de amor, de amor del bueno.

Publicado previamente en M’Sur.

Maratón balcánico (Caballo de Troya, 2018) | Miguel Roán | 320 páginas | 15,90 euros

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