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¿Hay algún artista en la sala?

vindicacic3b3n-del-arte-en-la-era-del-artificioJOSÉ MARÍA MORAGA | Frente a una supuesta inmanencia o cualidad sagrada de la obra artística, debo admitir que fui formado en las aulas y lecturas universitarias en una concepción del arte completamente relativista y centrada en lo cultural. De este modo, resulta que nada es arte porque sí, o porque lo sea intrínsecamente sino porque le ha reconocido tal condición una comunidad cultural, anclada en un contexto espacio-temporal concreto. Sea una tribu, sea un grupo de críticos de prestigio, si una determinada comunidad humana considera algo como una obra de arte, ese algo pasa a ser automáticamente arte, independientemente de su valor objetivo, las intenciones de su creador u otros posibles rasgos definitorios. Este razonamiento explica por qué la Fuente de Marcel Duchamp (un urinario fabricado industrialmente firmado por él como “R. Mutt”) es arte pero el váter de mi casa no. También en literatura se sigue este razonamiento para distinguir un texto literario de otro que no lo es, a través del llamado ‘reader-response criticism’ que fomentaron Stanley Fish y otros como Iser, Jauss o el propio Barthes. La conexión entre arte y sociedad fue explorada por clásicos como Arnold Hauser, Herbert Read o E. H. Gombrich, quien llegó a comenzar su archiconocida Historia del Arte (1950) diciendo: ″No existe, realmente, el Arte. Tan sólo hay artistas.

El ensayo del canadiense Jean-François Martel supone un alejamiento radical de estos postulados clásicos, al defender una postura que, si no es nueva, resulta original por lo poco corriente estos días. Este autor lo tiene claro: el artista es una especie de chamán o mago que a través de sus obras canaliza -muchas veces a su pesar- símbolos y expresiones inefables de otro modo, por pertenecer a la esfera de la mitología. Martel llega a decir que la obra guía al artista o que la obra de arte se hace sola, como si la creación se tratara de un trance místico durante el cual el artista no es dueño de sus actos (y pone ejemplos de varias manifestaciones culturales “primitivas” en la que esto se considera así.)

Todo lo anterior, sin embargo, no es la tesis de este ensayo, sino su punto de partida; la base previa en la que se sustentan sus ideas. El arte es un fenómeno prehumano, incluso, como una luz o un fuego sagrado que fue entregado a los hombres en los albores de su consciencia (piénsese en los monos de Kubrick) y que, fuente inagotable de significados, jamás se podrá aprehender ni entender en su totalidad. El uso del arte, su utilización con fines prácticos (incluido el meramente estético), es por lo tanto una devaluación de ese arte, sea para manipular al receptor hacia un estado de deseo (arte pornográfico) o de repulsión (arte didáctico.) (Esta terminología la toma Martel del Retrato del artista adolescente de Joyce, libro en el que, tras irse de putas y después a misa, el protagonista intenta colarnos una teoría universal del arte basada a su vez en lecturas mal digeridas de Santo Tomás de Aquino.) Si el arte no se puede entender/explicar ni tampoco usar, porque está por encima de la humanidad, el siguiente paso lógico es pensar que todo lo que se presente como arte y tenga los anteriores defectos no será “arte auténtico” sino un arte espurio que Martel denomina artificio, y que va desde la retórica publicitaria al arte dirigido de los estados totalitarios.

Para lograr convencernos de todo esto, J. F. Martel divide su ensayo en breves pero densos capítulos que le sirven para exponer su tesis, como son la diferencia fundamental entre arte verdadero y artificio, el concepto de belleza como validador de las definiciones de arte, el arte como símbolo y su relación con los signos presentes en la vida humana, las obras de arte que merecen ser llamadas clásicas y lo que tienen de rupturista o profético (a través de lo que él denomina “grietas”) y la relación entre arte y política, estableciendo claras dicotomías como naturaleza/cultura y mitología/ideología, entre otras. La conclusión de Martel, muy claramente expresada y reiterada durante todo el libro, la resume en el último capítulo de esta manera: “[E]l arte es expresión, no comunicación. Como tal, la expresión no es utilitaria y no posee una finalidad más allá de sí misma (…) Todo arte posee una cualidad primigenia que sobrepasa [las] apropiaciones.

El argumentario de Martel es por lo general sólido y su lógica aplastante una vez te atrapa en su sugerente red de referencias tomadas de todos los ámbitos de la cultura (el teatro de Shakespeare, las pinturas rupestres o un disco de Wilco). Incluso admito que me hecho cierta gracia encontrar un autor tan seguro y categórico en estos tiempos líquidos de zozobra posmoderna e incertidumbres. (¡Hoy día, que hay que pedir perdón  hasta por llamar “árbol” a un árbol!) Sin embargo, encuentro que todo el edificio teórico del canadiense puede ser fácilmente desmontable: bastaría con negarle su premisa mayor, esa de que todo artista es por definición un genio inspirado, nunca un artesano al que la inspiración le pilla trabajando. Esto es un concepto relativamente reciente, hijo del romanticismo decimonónico, ya que antes no se pensaba en los artistas en esos términos. J. F. Martel solventa esta dificultad diciendo que todos los artistas lo son aunque ellos no lo sepan o su sociedad no los considere como tales, lo cual no deja de ser un “yo tengo razón aunque se me diga que no.”

En resumidas cuentas, saludo la aparición de este ensayo como una valiente y rompedora tentativa de reafirmar el valor intrínseco del arte en estos tiempos de ruido, humo y espejos por doquier, en los que el artificio “diseñado para servir a razones instrumentales” parece haberse adueñado del espacio que por derecho corresponde a la obra de arte, de ahí el título del libro. Con todo, y aun siendo capaz de ver sus imperfecciones, recomiendo mucho el libro a los interesados en el tema, aunque tal vez no al gran público. Se nota que Martel es un gran intelectual y que no dice las cosas por decirlas, y eso siempre es de agradecer en el debate de ideas.

Vindicación del arte en la era del artificio (Atalanta, 2017) de J. F. Martel | 197 páginas | 20 € | Traducción de Fernando Almansa

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