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Historia portátil de la literatura hispanoamericana

la-palabra-mágicaJOSÉ MARÍA MORAGA | El tiempo todo lo cura pero también barre con todo: recuerdos, obras, imperios. ¿Qué decir de los hombres? El tiempo desdibuja o borra los contornos, es culpable de que se desvayan unas letras impresas y, aunque dicen que suele poner a cada uno en su sitio, cualquiera sabe si esos sitios son los adecuados. Considérense estas palabras: “En infinitas ocasiones se han publicado libros sensacionales que más tarde la gente olvida con razón.” A menudo libros y escritores pasan de moda pero también puede pasar que ganen en estima crítica y/o popular. ¿Quién conocía en España a Chaves Nogales hace quince años? ¿Quién lee hoy a dos Premios Nobel como Echegaray o Jacinto Benavente?

Con este espíritu revisionista del canon saludo la reaparición de La palabra mágica de Augusto Monterroso, uno de los mejores, uno de los menos conocidos. Hojeándolo, veo que se trata de un tomo misceláneo original de 1983 que contiene pequeños ensayos sobre literatura, alguna traducción y un par de cuentos de quien fue agudísimo crítico literario, traductor ‘malgré soi’, acerado fabulista, autor de inmortales relatos, traficante de palíndromos y novelista. Todo ellos aderezado siempre con las dosis justas de humor, humor por todas partes pero humor del que nos hace reflexionar en serio.

Siempre me ha gustado imaginarme a Monterroso, el guatemalteco nacido en Honduras y exiliado en México, como una suerte de “Borges gracioso”, y la lectura de este La palabra mágica no ha hecho sino confirmar mi percepción (aunque sólo sea porque contiene un ensayo laudatorio dedicado al argentino, otro relato fecho al borgiano modo y algunos pasajes de erudición absurda dignos de figurar en Ficciones o El Aleph). Se me dirá que Borges ya contiene humor en sus páginas, hay mucho escrito sobre el tema, pero bueno, es un humor erudito, de frikis dándose codazos en la biblioteca de la facultad, un humor académico y elitista que no está al alcance de todo el mundo. Monterroso en cambio se abre a todos, ya titular su primer libro de relatos Obras completas (y otros cuentos) era una gamberrada maravillosa, que sin embargo no se quedaba en el chiste. “Míster Taylor” es un cuento que debería ser de obligada lectura en todas las Américas. “El dinosaurio” forma parte ya de la leyenda, por no hablar de “El eclipse”, y lo mismo podría decirse de “Vaca”, o (por acudir a una de sus fábulas) de “El grillo maestro”, que parece escrito hoy en cualquier centro educativo de cualquier autonomía española. Lejos de la chacota grosera, Monterroso nos brinda un humor franco, accesible a todos porque quiere que todos se rían, que todos lo entiendan y que todos piensen.

Volviendo a la reedición de La palabra mágica que ha hecho Navona, me gusta que la hayan incluido en una colección titulada “Los ineludibles”. Este pequeño espaldarazo u homenaje a quien no lo necesita tal vez sí resulte significativo, pues no tengo muy claro qué lugar ocupa a día de hoy Augusto Monterroso en el canon hispanoamericano. ¿Es acaso un mero chiste o una nota al pie de página frente a sus hermanos mayores? Fallecido en 2003, Tito Monterroso había recibido el Príncipe de Asturias en el año 2000, pero dado que su obra transitó por géneros considerados menores (relato, fábula, palíndromo, ensayo breve), sería iluso pensar que en la actualidad recibe la misma consideración que los grandes nombres del boom y posboom hispanoamericanos. Pese a todo considero la presencia ahí arriba de Monterroso muy necesaria como gran exponente del humor inteligente, tan o más vital que la poesía, constituyendo así una especie de reverso amable del boom/posboom (parémonos a compararlo con un Onetti, por ejemplo). No digo que sea mejor ni mucho menos, digo que Monterroso es otra cosa y por tanto merece un lugar entre los grandes del texto breve como Borges, Cortázar, Rybeiro, Arreola o Rulfo.

La palabra mágica es un libro atravesado por el humor de principio a fin pero no es un libro de humor, mucho menos de risa. Su principal objeto de interés es la literatura y los escritores, en especial algunos hispanoamericanos, y así encontramos dos artículos dedicados a las novelas de dictadores (tres, si contamos otro exclusivamente sobre El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias), uno sobre Horacio Quiroga, el mencionado de Borges (sorprendentemente lúcido para estar fechado en 1949), una semblanza de Ernesto Cardenal, una reflexión sobre las autobiografías de autores mexicanos, otra sobre la poesía prehispánica… También hay un ramalazo de interés en lo anglosajón, con artículos sobre Shakespeare o Charles Lamb, y algunas consideraciones acerca de la traducción literaria del inglés, por ser la que Monterroso conocía en primera persona. “Los juegos eruditos” reflexiona sobre la correcta interpretación de oscuros pasajes gongorinos y dantescos, apartándose un poco del tono del resto pero los dos textos que más se apartan son dos relatos de ficción en los que merece la pena detenerse. “De lo circunstancial o lo efímero…” es una pieza metafictiva que contiene todos los ingredientes que nos gustan del relato hispanoamericano del siglo XX. Tanto es así que iba a escribir “digno de X” o “tan bueno que parece escrito por Y”, pero por coherencia con mi reivindicativo párrafo anterior diré sin más que es un exponente del mejor Monterroso. El cuento que cierra el volumen, “Las ilusiones perdidas”, sí que deja traslucir la fuerte influencia de Jorge Luis Borges y sería una omisión no referirse a él al reseñarlo, máxime cuando -pienso que con toda intención- viene justo detrás del ensayo en que Monterroso calibra ya en fecha temprana la originalidad y calidad del argentino, analizando algunos de sus mecanismos narrativos.

Erudito ameno, valga el oxímoron, Tito Monterroso se confirma como un escritor de primera categoría: lúcido, atento a todo pero no para copiarlo sino para incorporarlo a su propia aportación original. A esto ayuda y mucho el importante componente del humor, ya citado, capaz de aliviar incluso un ensayo acerca de los obituarios, o de repartir estopa literaria a diestro y siniestro según el autor cree conveniente (a lo largo de La palabra mágica el guatemalteco no escatima en juicios críticos, positivos o negativos, a escritores vivos y muertos). Por todo lo anteriormente expuesto vuelvo a pedir para Monterroso un papel de honor en la literatura hispanoamericana, y a recomendar este volumen tan misceláneo pero dotado después de todo de una extraña coherencia en la curiosidad y la ilusión por la literatura, siempre por la palabra escrita. Ojalá que Monterroso sea recordado como algo más que el autor de “El dinosaurio”, ojalá que continúe siendo comprado, leído y discutido durante muchos años, y ojalá que sus libros no corran la suerte que el destino reserva a muchos, descrita en el párrafo inicial de esta reseña, con una cita de no hacía falta decir quién. Ojalá que cuando las bibliotecas abran Monterroso todavía esté allí.

La palabra mágica (Navona, 2017) de Augusto Monterroso | 144 páginas | 16 €

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