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Hojas de yerba

Walt Whitman ya no vive aquí

RAFAEL CASTAÑO | Un día, leyendo un libro sobre mitología, o quizás sobre literatura, descubrí un importante significado del mito de la hidra de Lerna. Este monstruo, que por cada cabeza cortada hacía brotar unas cuantas más, representaba la lectura. Cualquier libro que uno lea, mientras tenga un mínimo de inquietud o interés o curiosidad, representará una puerta que se abre a una habitación con dos o tres puertas. Cuanto más se lee, más sabe uno lo que no se ha leído, y cuanta más atención se presta a la habitación, más pasadizos y mecanismos ocultos encontrará, más ecos de pasos, más sombras, más deseos.

Estados Unidos ha extendido sus ideas y mitos sobre la cultura española. Aún seguimos siendo, en muchos aspectos, esos españolitos que esperaban, asomados a un balcón o en los zaguanes de las casas, bajo el polvo del mediodía, a los americanos de las limusinas y las gafas de sol. Lolita Sevilla canturreaba una copla, y hoy C. Tangana trapea. Viene a ser, salvando las distancias, lo mismo.

Este influjo de lo estadounidense generó en mí un temprano interés por su literatura. Con 18 años leí El guardián entre el centeno, y por primera vez sentí un extraño y cálido hermanamiento con un libro, una sensación más profunda que la adictiva promesa de los libros de misterios y aventuras. Con 20 años descubrí a David Foster Wallace. Fui uno más –lo supe después– de quienes supieron encontrar en estos libros palabras para su desencanto y su duda muda. Yo era como Paul Dano en Pequeña Miss Sunshine, aunque mejor peinado y algo más sociable.

Fue entonces cuando se inició mi larga relación con los libros, con los libros de adultos, como los llamaba de chico, una relación que, a pesar de pasar por altibajos, nunca ha sido realmente tormentosa, y siempre ha encerrado incontables posibilidades. Porque ya he dicho que todo libro conduce a un libro, y que en este jardín de senderos que se bifurcan pronto aprendí que el tiempo no era nunca suficiente para nada. Ni siquiera, pensándolo bien, para no hacer nada de nada. Esa es la trampa, y contra esa trampa nos abalanzamos cada día, con una sonrisa entre los dientes.

Es por esta conciencia del poco tiempo y lo mucho por leer que abrí este libro de Eduardo Lago. Cuando, después de muchos rechazos, Olympia Press publicó en París Lolita, Graham Greene dijo en The Sunday Times lo que todos dicen hoy y casi nadie dijo entonces: que aquel era un muy buen libro. Gente como Greene hay poca, y probablemente más de una vez a ti, a usted –como a mí– una buena crítica nos ha colado un mal libro. Lago lleva muchos años, décadas, viviendo en Estados Unidos, lo que para mí sigue siendo, pese a vivir donde vivo y cuando vivo, lo mismo que sería para un chaval de los años veinte su tío el que llegaba con regalos de La Habana. Así que alguien con tanto conocimiento, supuse, de la cultura estadounidense, y especialmente de su literatura, me aportaría las claves que necesito para orientarme en un mar en el que no conseguía anclarme. Llevaba años sentado sobre la rama de una higuera, la higuera famosa de Plath, sin decantarme por nada, viendo caer los higos muertos en la hierba.

Walt Whitman ya no vive aquí parece estar pensado para un lector así. Porque a pesar de que es, en sentido estricto, una recopilación de prólogos y artículos publicados con anterioridad en periódicos y revistas, contiene dos añadidos que lo orientan en aquel primer sentido: una introducción, de lo más interesante del libro, en la que se traza un recorrido por las tradiciones literarias estadounidenses, marcadas por dos fuerzas contrarias y mutuamente enriquecedoras, y una serie de tablas con autores, obras y fechas, en las que se enumeran las obras imprescindibles de la novela y el cuento estadounidenses, y que nos permiten hacer lo que todos hacemos: ponernos unos objetivos para después no cumplirlos. A todo esto se suman un prólogo y un epílogo: una conversación con Foster Wallace, y una conversación con John Barth, a quien el autor de La broma infinita parodió en el cuento final de su libro de relatos La niña del pelo raro.

No puedo negar que el libro me ha parecido algo peor de lo que me esperaba. Yo pensaba que estaba leyendo un ensayo, escrito de carrerilla, con principio, nudo y desenlace, sobre la literatura de Estados Unidos. Y aunque el inicio así lo hacía pensar, luego uno se encuentra, como digo, con artículos sueltos que el autor –cosa que uno agradece– trata al menos de enjaretar en una red, intentado dar sentido a lo que simplemente podría haber sido un listado de enlaces en una web. Primero, repasa la obra de escritores como Pynchon, DeLillo, Tom Wolfe o Jonathan Franzen –quien es el único escritor que ha rechazado ser leído en el club de lectura de Oprah, lo cual supone renunciar a mucho dinero–, y en segundo lugar –en un bloque algo más deslavazado y, por su introspección, más personal– se leen piezas ambientadas en Nueva York, como el perfil que Lago escribe sobre Doctorow o su crónica sobre el 11-S, así como textos que, pese a su interés, no son sino exóticas adiciones, como un lúcido análisis de A propósito de Llewyn Davis o su visita a la casa de Louise Bourgeois, quien destaca en este libro sobre literatura estadounidense como la tarántula del Guggenheim en una tarta –o algo así escribió Raymond Chandler–.

Pasemos a los detalles. Ya en las primeras páginas Foster Wallace da una lección de realismo, porque como un escritor no siempre entiende lo que está escribiendo, o mejor dicho, como un escritor no siempre es consciente de las fuentes de las que su escritura se alimenta (algo así escribió Rafael Chirbes al final de Crematorio), Wallace dice que “David Lynch es un Gran Artista, así, con mayúsculas. No sé si entiendo su estética o la mía propia lo suficientemente bien como para hablar de conexiones”, y dos páginas después añade, respecto a su uso de entrevistas falsas como recurso en Entrevistas breves con hombres repulsivos: “No creo que tampoco obedezca a ningún tipo de poética. Se trata simplemente de probar un recurso estilístico”.

Estas frases marcan un tono. Como lector, creo que la buena literatura –norteamericana o no– es aquella que nace del juego, y el juego –el arrojo, el azar, el amor por los detalles, por lo trivial– es realmente lo que lleva a la literatura a mejores resultados. Dentro de esa doble hélice que Lago emplea para ilustrar la escritura estadounidense, esto nos acercaría más a Wallace –el riesgo– que a su antónimo y amigo, Jonathan Franzen –la tradición decimonónica–.

Lago dice que parte de una constatación: “A partir de la segunda mitad del siglo xx, un importante número de narradores norteamericanos empezó a cultivar un tipo de escritura deliberadamente difícil sin que ello fuera el resultado de una decisión colectiva”. Es decir, los escritores, siguiendo con esa consciencia incompleta de la creación literaria, son los canarios de las minas, y a través de ellos, como a través de un telescopio, se lee el tiempo. Lago dedica estas páginas a leer ese tiempo, a desvelar su misterio, a abrir, con mucho cuidado, esa lenta flor de la noche que hoy, sin que nadie lo sepa, sigue brotando entre nosotros.

¿Lo consigue? De forma superficial. El autor se entretiene demasiado, toma muchos caminos y no termina casi ninguno. Es cierto que hay algunas confesiones –como que Desayuno en Tiffany’s es “un pequeño milagro en prosa” o esta otra, descacharrante: “Decía Peter Handke que hay grandes novelas plagadas de imperfecciones. Salvo por las imperfecciones, no es éste el caso de ninguna de las novelas de [Tom] Wolfe”–. Y es cierto también que se leen muchos datos curiosos –como que Annie Proulx, quien publicó su primer libro con 55 años, abomina de los concursos o iniciativas para mujeres escritoras; o que pasaron 24 años entre la primera y la segunda novela de Marilynne Robinson; o que Truman Capote, cuyo padre era español, fue de niño amigo de otra niña, Harper Lee, y que ejercitaba su memoria aprendiéndose el catálogo de los grandes almacenes Sears; o que Pynchon, al obtener el National Book Award por El arco iris de gravedad, mandó a recoger el premio a un payaso; o que John Barth fue alumno de Pedro Salinas en la Universidad Johns Hopkins; o que William Faulkner “regresaba al texto del Quijote cada cierto tiempo con la intención, decía él, de ver cómo había cambiado su alma desde la última lectura”; o que existe un documental excesivo y quimérico llamado The Clock, de Christian Marclay, que voy a permitir que ustedes descubran por sí mismos en Google–. Y es cierto, por último, que es una hidra de Lerna en toda regla. He ido escribiendo una L en el margen cada vez que Lago citaba o hablaba de un libro o artículo que me interesaba leer. Hay veintinueve. Las he contado.

Walt Whitman ya no vive aquí (Sexto Piso, 2018) | Eduardo Lago | 324 páginas | 21,90 €

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