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I love Conrad

MANUEL MACHUCA | Ediciones de La isla de Siltolá acaba de recuperar dos novelas cortas, ¿o serán cuentos largos?, del escritor polaco nacionalizado británico Joseph Conrad, en un solo volumen de poco más de un centenar de páginas de literatura de calidad. El autor de narraciones tan reconocidas como Lord Jim o El corazón de las tinieblas, vuelve a ofrecernos, como destaca la editorial en la presentación del libro, un relato minucioso de la mente humana, auténtico territorio donde se mueven las obras de este personalísimo escritor. Pocos como Conrad para describir nuestra inestabilidad emocional, para subrayar nuestras inconsistencias, nuestras contradicciones, y lo hace con una prosa tan poderosa como la suya, a la que se le unen personajes absolutamente extraordinarios e unas imágenes literarias que impactan sobremanera sobre el lector y su estado de ánimo. Leyendo este volumen, recordando mis múltiples relecturas de El corazón de las tinieblas, tengo la seguridad de que, de cometer alguna vez la osadía de ofrecer un curso de escritura creativa, sin duda llevaría bajo el brazo a las clases varias obras de un escritor que narra sobre las tinieblas humanas. El horror, que diría Marlow.

Las obras de Conrad se me aparecen siempre envueltas en una neblina por la opacidad de sus personajes, algo que, a decir de quienes lo han biografiado, era también una constante en su personalidad, probablemente por haber vivido gran parte de su vida como exiliado, expulsado de su tierra natal, entonces ocupada por el imperio ruso. Sin duda, ese halo de misterio y oscuridad en su biografía lo trasladó a unos personajes memorables como los que nos ha dejado en la literatura.

El volumen que en esta ocasión nos ofrece Siltolá comienza con Los idiotas, una historia ambientada en la bretaña francesa, que nos muestra la vida de los Bacadou, una familia rural cuyos hijos padecen todos deficiencias psíquicas e intelectuales. En este relato, Conrad utiliza un narrador que recuerda sobremanera al Marlow de El corazón de las tinieblas. El inicio guarda también no pocos paralelismos, y si aquella genial novela comienza en un velero navegando hacia la desembocadura del Támesis y Marlow contando la historia de Kurtz, en Los idiotas el modo de transporte es una diligencia, en la que un narrador sin nombre viaja y conoce a aquellos personajes deambulando por el campo, lo que le aboca a desear reconstruir la historia de aquella singular familia, para lo que se vale del testimonio de los lugareños.

… «hasta que por fin tuve ante mí un relato simple y formidable, como siempre lo son las revelaciones de las oscuras pruebas que padecen los corazones ignorantes».

Otra versión más del horror. Una frase para anticipar lo que le espera al lector en las páginas siguientes, listas para describir la terrible oscuridad del mundo rural.

«Como la tierra que dominan y sirven, aquellos hombres lentos de vista y de palabra no muestran su fuego interior; de esta forma, uno termina por preguntarse frente a ellos, como frente a la tierra, qué hay en su corazón: si fuego, violencia, una fuerza misteriosa y terrible, o nada más que tierra, una masa fértil e inerte, fría e insensible, lista para el cultivo de plantas que pueden prolongar la vida o proporcionar la muerte».

Finalmente, otro aspecto a destacar es el manejo del ritmo de la acción, que comienza pausado, más interesado el autor en envolvernos en las telarañas de su tiniebla, para acabar con el ritmo desbocado propio de la diligencia en la que viajaba el narrador.

El regreso, en cambio, utiliza un narrador omnisciente y cuenta la historia de otra familia, los Hervey, que en principio poco o nada tendría que ver con la de los Bacadou. Los Hervey son un matrimonio burgués del West End londinense, pertenecen a una clase social de «hombres y mujeres absolutamente encantadores, que temían más a la emoción, al entusiasmo o al fracaso que al fuego, a la guerra o a una enfermedad mortal; que solo toleraban las fórmulas más comunes de los pensamientos más comunes y únicamente reconocían los hechos si eran rentables».

La historia de ruptura y reconciliación del matrimonio retrata la moral de una clase social obsesionada por las formas, por el deber, por el honor, siempre referido al varón y a su necesidad de tener una esposa lucida, atractiva desde un punto de vista social, con razones como estas para ser las elegidas:

«Caminaba a pasos firmes como un granadero, era fuerte y erecta como un obelisco, tenía un rostro hermoso, una frente cándida, unos ojos puros, ni una sola idea propia en la cabeza. Él se rindió rápidamente ante aquellos encantos, y le pareció tan indiscutiblemente adecuada que no dudó ni un momento en declararse enamorado».

En El regreso encontramos a un Conrad fuertemente crítico con la sociedad que le acoge, feminista, con lo que eso significa en un hombre hace ciento veinte años, y que retrata una vez más las miserias humanas que tanto unen a los Bacadou campesinos de Los idiotas y a los Hervey de El regreso, y lo hace con unas imágenes poderosas y sobrecogedoras, y un ritmo de acción absolutamente brillante.

Si, además, el libro cuenta con una excelente traducción de Eva Venegas y Rodrigo Verano, no queda más que felicitar a Ediciones de la Isla de Siltolá por haber recuperado estas dos obras en un magnífico volumen que constituye una terrible crítica a la sociedad de la época, y agradecer su inestimable contribución a que un servidor continúe amando a Conrad.

Los idiotas. El regreso (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2020) |Joseph Conrad| Traducción de Eva Venegas y Rodrigo Verano|116 páginas|14,00 euros

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