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Igual que un reloj de sol

9788415673095RAFAEL ROBLAS CARIDE | Que Lutgardo García Díaz es un fenómeno emergente no lo digo yo. Un accésit del Adonáis (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado (2015) lo corrobora. Apenas han sido necesarios estos reconocimientos para situar a este ginecólogo sevillano en un interesante lugar dentro del grupo de aspirantes al parnaso hispalense, aupado también por el padrinazgo de Aquilino Duque -al que se dedica Lugar de lo sagrado- y por los unánimes parabienes de otras figuras autorizadas como las de Juan Lamillar o Carmelo Guillén Acosta. Por otro lado, el nombramiento como pregonero oficial de la Semana Santa de la ciudad en 2015 -algo así como una suerte de título nobiliario que convierte al beneficiario en un emérito prócer en sevillanía- terminó por hacer más popular en determinados círculos de la ciudad a este hombre con cara de niño que transmite, tanto en el trato como en el verso, una difícil mezcla entre serena alegría y melancólica desazón ante el paso del tiempo.

No, contundentemente no hay que restarle mérito a este treinteañero que resonó en La viña perdida con una voz poética bastante personal y que, incluso, se permitió el lujo de sorprender al inmovilista universo cofradiero sevillano manteniéndolo atento a un texto de naturaleza lírica –El tiempo vivido- durante la hora larga en que se prolongó su pregón cuaresmal celebrado en el teatro de la Maestranza. Definitivamente ahora el poeta confirma que 2015 es su año más fructífero ya que, lejos de apaciguar sus bríos, García Díaz nos recuerda que sigue ahí, creciendo y buscando su propia palabra, gracias a la edición que la Fundación José Manuel Lara ha realizado de Lugar de lo sagrado, el poemario galardonado -como ya se anticipó- con el V Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla.

En el libro premiado continúan palpitando los mismos temas apuntados en sus obras anteriores: la alegría de lo cotidiano, la intranquilidad ante el transcurso inexorable de la vida, el agradecimiento dirigido a su entorno… todos ellos afrontados desde una poética que bien puede resumirse en los ocho versos de la coda “Reloj de Sol” que lo culmina:

Yo muero al final del día

y con la luz resucito.

Aquello que dejo escrito

fue antes causa de alegría.

Contar horas luminosas

de la amistad, del amor,

de mis historia y de mis cosas…

igual que un reloj de sol.

“Día”, “luz”, “luminosidad”, “sol”. Cada uno de estos sintagmas caracteriza la poesía de un García Díaz, que se regodea en una existencia gozosa y vitalista de ser humano pleno. Si alguna vez la crítica ha dado en trazar un meridiano en el cuerpo de la lírica, distinguiendo así entre “poetas tristes” y “poetas alegres”, Lutgardo García se alinearía inequívocamente en las filas de este último ejército, coincidiendo con la opinión de Lamillar, para quien este Lugar de lo sagrado responde a las características de “libro de celebración”, que “con una dicción límpida y emocionada nos va revelando lo bello de la vida”.

Y, por otro lado, la cotidianeidad y la costumbre. El mismo poeta se analiza y acierta: “Mi obra es muy autobiográfica, por eso la temática más común es la explicación en clave poética de los sucesos ya vividos y conocidos de algún modo”. Una autobiografía selectiva de momentos gozosos, podríamos añadir con García Díaz, muy en la línea de la trasnochada corriente experiencial abanderada en su tiempo por el conspicuo García Montero y, por ende, lastrada también por sus mismos pecados: el peligro de caer en un excesivo prosaísmo que hunda el poema -con su autor en el interior- en el cieno de lo risible. ¿Cómo era aquello del taxi que alguien cogía si el amor lo llamaba?… En Lugar de lo sagrado se encuentran alusiones -eso sí, con desigual resultado- que van desde los mensajes del “whatsapp” hasta las tapas de caracoles, pasando por la sandía veraniega, los gitanos errantes que arriban al pueblo por la feria, unos ciervos nocturnos encontrados entre la maleza o, incluso,… ¡la popular serie televisiva Juego de tronos!

Desmenuzando pormenorizadamente este Lugar de lo sagrado, diremos que el primer capítulo del libro lo conforma una larga serie de trece poemas exentos dedicados a distintos autores que le han servido como influencia al conformar su particular universo lírico. Así, Fernando Ortiz, Vicente Núñez, Octavio Paz, Muñoz Molina, Jacobo Cortines, Aquilino Duque, Luis  Cernuda, Antonio Machado, Rafael Montesinos, Julio Mariscal, Víctor Jiménez, Javier Salvago y José Julio Cabanillas desfilan de la mano del poeta en un mimético homenaje donde destacan los guiños a todos y cada uno de ellos, así como a sus obras. Para no extendernos en exceso, ofreceremos al lector de la reseña la soleá que remata el poema dedicado a Aquilino:

Ay boca de la verdad,

lavé la boca del niño,

la mía, no curará.

O la siguiente extraordinaria imitación al estilo salvaguiano:

Que Dios existe a veces

es hermoso pensarlo.

Tú no eres Vivien Leigh

ni yo soy Marlon Brando.

Nuestros enfados, pocos,

son más civilizados.

Después, en la escalera,

aúllo y te reclamo

escondido en la niebla

cual lobo solitario.

Y el mundo a cero pones:

todo empieza en tus brazos.

El segundo capítulo continúa ahondando en este tipo de poema que ronda el área de penalti de lo circunstancial: en esta ocasión el tributo a distintas obras filmográficas (Casablanca, Qué verde era mi valle) y pictóricas (esencialmente Velázquez), con este destacado remedo al poema manuelmachadiano titulado “La Infanta Margarita en traje azul”:

Nadie más cortesana ni coqueta

que esta pálida infanta de ojos fríos,

de mano lacia y de barbilla quieta.

Tiene el azul antiguo de los ríos

y cierta distracción en su semblante

de niña encarcelada en poderíos

que quiere hacer volar su guardainfante.

Hay mucho de realeza y de misterio

en su modo sereno y elegante.

Mas sé que, aunque su rostro sea tan serio,

Por jugar con María o con Inés,

cambiaría hoy un trozo de su Imperio.

El tercer capítulo es el más personal, con una continua querencia hacia lo más cercano -mujer, hijos, familiares, amigos-, prevaleciendo casi siempre ese desasosiego vital ante la temporalidad al que con anterioridad nos referíamos y que supone una señal de autor en García Díaz, tan evidente por otro lado como su firma. Ante el desigual combate, dispone el poeta de sus especialísimas armas: el recuerdo, el amor y su pervivencia a la muerte en la vida de sus hijos, recursos, por otro lado, tan tradicionales como eficaces.

Por último, los metros usados no se alejan tampoco de lo convencional. Es Lutgardo un poeta clásico también en el sentido más etimológico de la palabra. Anclado en lo que se ha dado en llamar ridículamente -por lo que de restricción supone- “tradición poética andaluza”, García Díaz utiliza la menor de las veces en este Lugar de lo sagrado el arte menor (octosílabos y heptasílabos) y abusa del endecasílabo y, sobre todo, del alejandrino blanco, ese verso que resulta ideal para la narración, pero que hay que usar con mucho tiento para evitar sumergir al lector en un hastío de largas sucesiones monótonas ante el soniquete tetradecasilábico.


Igual que un reloj de sol“. Así es este Lugar de lo sagrado de Lutgardo García Díaz. Luminoso, alegre, exacto, directo, espontáneo. Sin embargo, también como el reloj de sol, difuminado y confuso durante los días de nublado. La buena noticia es que, con sus tambaleos y dudas, el poeta va creciendo y se afianza en su oficio. En sus palabras, “el nuevo libro amplía los registros poéticos y la temática tratada, [dejando] atrás ciertos miedos para dar lugar a un poeta con mayor libertad expresiva”. Poco a poco, con rítmico vaivén. Como un reloj. Como un armónico reloj que aspira heredar la precisión suiza de los clásicos. Habrá que esperar y en ello estamos.

Lugar de lo sagrado (Fundación José Manuel Lara, 2015), de Lutgardo García Díaz | 95 páginas | 11,90 € | V Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado

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