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Intuiciones del peregrino

JESÚS COTTA. Son buenos tiempos para el aforismo. El aforismo libra al autor de la obligación de ser sistemático, coherente, exhaustivo; le basta con ser breve y quintaesenciado en pocas palabras. Pero el cometido no está al alcance de todos, porque con pocas palabras es muy fácil incurrir en el tópico, en lo meramente ingenioso, en el juego verbal, en el vicio del francotirador que dispara porque tiene más puntería que buenas razones.      

Son muchos los aforistas en España y me vienen a la mente tres concursos que los invitan a medirse: el temático de Rafael Pérez Estrada, el de la Isla de Siltolá, y el de José Bergamín, este último sin dotación económica, pero con un prestigio que atrae a muy buenos autores.

Como autor y lector de aforismos, me parece advertir dos tendencias en el género: el aforismo como sentencia, cuya valía consiste en presentar con impacto e ingenio un pensamiento certero y atinado, y el aforismo como sugerencia o apertura, cuya valía consiste más bien en ser un eco, dejar abierta una puerta, crear un misterio. El primero está más cerca de la filosofía y su riesgo es ser solo redondo, rotundo, cerrado, y el segundo está más cerca de la poesía y su riesgo es el de quedarse en una elegancia vacía, en apunte para algo mejor que nunca llega.

Los mejores aforismos reúnen rasgos de los dos, como corresponde a un género que, a mi entender, consiste en escoger la mejor manera posible de expresar una relación lúcida entre dos o tres ideas, y para ese cometido del pensamiento hacen falta las alas de la poesía.

Ese es, a mi juicio, el mérito de los intuitivos aforismos de Y de pronto amanece, el estar a caballo entre la verdad y la belleza, en una atmósfera auroral. Aquí el aforista es más bien un profeta.

Cierto es que algunos aforismos se quedan tan solo en notas poéticas o pinceladas a  medio hacer del pensamiento, pero se trata de un libro sugestivo, iniciático y potente, al estilo de Ascética de Kazantzakis, que mediante una lluvia aparentemente caprichosa de ideas produce un envolvente sentimiento de armonía interior.

El libro está organizado en nueve jornadas y, si bien cada aforismo se puede leer de modo independiente, unos tiran de otros.

He aquí una gavilla de algunos de los más luminosos, que son, para mi gusto, aquellos que dejan en el lector no un impacto de conceptos, sino más bien resonancias y puertas abiertas.

Hay aforismos que parecen el clímax de una novela mística: En lo más profundo del valle restalla un látigo ancestral.

Otros son el primer verso o el último de un poema que solo se puede oír entero en un sueño: Nocturna, solo la música.

Algunos parecen dichos en el instante supremo: ¿Qué es este retumbar que se acerca y se aleja? ¿Estaré próximo al origen, al fin?

Hay máximas que podía haber dicho un presocrático: Un sinfín de gotas, y una única fuente.

Y este es el fragmento de una alucinación reveladora, con ritmo poético además. De los tejados, una cascada. La cruza un gato como si nada.

Este se lo lanzó Pascal a Descartes. Pensar es sentir con el cerebro.

Otros son un destello filosófico en medio de la poesía. Al presionar el disparador de la cámara, dispenso una bendición.

Aquí se revela un secreto. Un acantilado al borde de un océano no es más que una puerta.

El misterioso autor de la insólita y estupenda novela de El peregrino ruso tuvo que decir esto en algún momento de su peregrinaje. Dormir al raso, sólo para convencerme de que aún no estoy solo del todo.

Y esta se la dijo a Alejandro Magno un gimnosofista desencantado de la reencarnación: ¿Cuántos yoes seré en lo sucesivo? En cualquier caso, ninguno como este cadáver.

Santa Teresa de Jesús, que veía a Dios en los pucheros, tuvo que pensar esto alguna vez: La felicidad es el arte de levitar sin despegar los pies del suelo.

Y otros podrían figurar en un libro de Novalis. El primer rayo de sol, cuando comparece, sabe que llega tarde.

Gracias, pues.

Y, de pronto, amanece (Edit. Apeadero de aforistas, 2020) | Felix Trull | 62 páginas | 12 euros

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