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Ironías y nostalgias

cubierta_charlotte_hdLUIS MANUEL RUIZ | No resulta sorprendente que en estos tiempos de ventolera en que vivimos, la imaginación mire sobre su hombro en busca de panoramas más firmes y mejor asentados. Eras pretéritas donde la verdad todavía estaba hecha de roca o bronce y resistía el embate de las preguntas: la vieja Roma, el orbe medieval, los distantes imperios de la cruz o la media luna. También, el del salacot: la época victoriana y su combinación única de lo épico y lo cursi, lo gótico y lo mundano, parece uno de los últimos lugares que la fantasía puede elegir como refugio sin romperse las alas y donde todo argumento resulta todavía plausible. Armada de esa certidumbre, a la que añade dosis certeras de ironía y nostalgia, la primera novela de la artista británica Charlotte Cory (su obra no libresca puede contemplarse aquí) nos propone un bendito ejercicio de amnesia: que borremos el siglo que comienza en la Gran Guerra y descarguemos nuestro presente de desengaños para mudarnos al bastón y las enaguas.

Los que no perdonan testimonia el auge y declive del universo victoriano a través del prisma de una familia de clase acomodada, los Glass, cuyas virtudes y vicios (más vicios) son también los de la época contradictoria que le ha tocado vivir: el fácil sentimentalismo de los álbumes y los cuentos de hadas se enfrenta a una frialdad en el trato que hace que los niños crezcan entre desconocidos; el culto a la ciencia se opone a una religión formal y casi gubernativa, una creencia mostrenca en otros mundos, el espiritismo; a la extensión del imperio por las cuatro esquinas del globo se encara la devoción por la vida doméstica, por el hogar y la familia y cuanto acaece alrededor del pueril calor de la chimenea. Los personajes de Cory son presas de las mismas antinomias: el arquitecto áureo Edward Glass vive entregado sólo a las abstracciones de su arte, pero debe hacerse cargo de una camada de niñas en edad de trastear; la joven que ha elegido aleatoriamente como esposa, Elizabeth Carcath, quiere ser esa esposa de tres cuartos que retratan los manuales de buenas maneras, pero vive entregada a oscuros compromisos con el pasado y deseos no más limpios; el doctor Morgan se dice amigo de la familia aun cuando su única filiación verdadera es con la cuenta corriente de sus pobres prójimos: el etcétera continúa y se amplía durante más y más nombres, porque la novela es larga y a menudo franquea los límites de la saga, la epopeya, el fresco histórico. Todos tienen algo en común: el anhelo de alcanzar un fin más elevado que ellos, un ideal de cristal o porcelana, una chinería de vitrina victoriana que la realidad, construida con el agrio cemento y el acero de las nuevas estaciones ferroviarias, les niega.

En medio de la madeja enmarañada de existencias en que conviven el ama de llaves, el tutor de música, el secretario, la aristócrata pizpireta, la criada impertinente, dos presencias se yerguen con perfiles propios. Son los dos pilares de la acción, los polos contrapuestos del drama y los que reciben mayor atención, activa o pasiva, por parte del narrador. Uno, evidentemente, Milla, la menor de los Glass, cuya mirada va apropiándose del relato hasta confundirlo con su propia biografía: curiosa, entrometida, a menudo insoportable, la pequeña ha ido espiando desde los recovecos de la gran mansión oscura que comparte con sus hermanas los avances y retrocesos de su madrastra, la desdichada Elizabeth, al intentar gobernar una vida que no le pertenece, y el modo cómo el día, la edad, el mundo se oscurecen paulatinamente en las vidrieras. El contrapunto negativo, el verdadero protagonista de la historia, es su padre, Edward: un figurante que apenas merece espacio en el relato pero que lo domina poderosamente con el magnetismo de su ausencia. Edward Glass, metáfora cruel del reinado más longevo de Inglaterra, es un cerebro estéril, entregado al diseño y construcción de un palacio imposible, una exageración de arcos y molduras y columnas y bóvedas entrelazados que no ha de servir de techo, sino de sorpresa para las generaciones futuras, y que las bombas de los ataques alemanes destrozarán con saña terminado el hechizo. Glass es un arquitecto que, incapaz de erigir su propia existencia doméstica sobre cimientos sólidos, se lanza a la ambiciosa tarea de edificar un nuevo universo, una era desconocida: algo similar al hombre medio de la época, arrojado a conquistar el mundo sin poner orden en casa, hasta que las bombas ponen fin a su delirio.

En un punto de cruce incierto entre el pastiche dickensiano, el novelón decimonónico, la comedia negra y el culebrón puro y simple, la obra de Cory acierta mayormente al elegir su lenguaje. Lejos de servir un plato rápido y sin sabor, la autora es consciente de que la exploración de un cosmos como el que representa su ficción exige un estilo acorde y se demora en descripciones y detalles deliciosamente nimios, en párrafos largos que nos permiten apreciar la fragancia y hasta el tacto de un tiempo polvoriento y ya definitivamente ido. Que es, justamente, aparte ironías y nostalgias, de lo que se trataba.

Los que no perdonan (Fábulas de Albión, 2016) de Charlotte Cory | 452 páginas | 22,80 € | Traducción de James y Marian Womack

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