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Jaquecas, trastornos y lágrimas

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Si alguna vez hubiese pensado en la naturaleza del pecado, habría tenido esa forma: la exclusión de la luz.

 

CAROLINA EXTREMERA | Esta reseña debería haber comenzado con las palabras: “descubrí a Mavis Gallant leyendo el diario de Sylvia Plath hace diez años, antes de que tradujeran al español sus cuentos y leí todas sus historias en versión original. Ahora por fin la editorial Impedimenta se digna a traducir al español su novela y…”. Podría seguir, pero esa habría sido la idea. El problema es que hace diez años no tenía ni idea de quién era Mavis Gallant ni sabía que Plath la mencionaba en su diario, lo que es un fastidio enorme porque es la típica cosa que me pega y me encanta: dármelas de que yo ya conocía el cotarro antes que nadie. Así que ahora estoy como cuando me sale un granito y ya no tengo la piel perfecta: me asemejo al pueblo llano.

Como pueblo llano que soy, he ido a documentarme un poco para saber más sobre la autora antes de escribir y he descubierto dos cosas que ya han terminado de hundirme en la miseria más absoluta: resulta que Alice Munro la considera una de sus mayores influencias a la hora de escribir y además ya salió en España un volumen con una antología de sus cuentos (Los Cuentos, Lumen, 2009). Todo esto, a mis espaldas, sin que yo descubriese a esta autora. Sin poder decir: “yo ya conocía a Mavis Gallant antes de que a Alice Munro le dieran el Nobel”. Pica en mi ego. Por lo visto, estuvo haciendo durante años lo mejor que puede hacer cualquier habitante del continente americano en esta vida: vivir en París desde los veintiocho años y colaborar regularmente desde allí con The New Yorker publicando historias. Tuvieron que pasar veinte años hasta que se publicaran en Canadá y para entonces ya era ampliamente conocida en EEUU y en el Reino Unido.

Agua verde, cielo verde es la  historia de una depresión, la de Florence, y de su extraña relación con su madre, Bonnie, que ejerce una especie de dominio malsano a la vez que una servidumbre constante. El primer capítulo está contado desde el punto de vista de George, un primo de Flor que desde sus ojos de niño las observa en Venecia, una etapa más en su peregrinar por el mundo ya que no pueden establecerse en Nueva York por estar expulsadas de la buena sociedad. Después, la historia se va completando con otros tres capítulos que nos van mostrando a la madre y la hija desde otros ángulos. Con este argumento whartoniano, el de las mujeres que se buscan la vida por estar fuera de los círculos adecuados, esperaba más una imitación del estilo de Henry James o de la propia Wharton y no fue eso lo que encontré, en absoluto.

La lectura de Agua verde, cielo verde me absorbió por completo, no tanto por la historia que cuenta, que no es particularmente relevante, sino por cómo se expresa cada detalle, cómo se tejen las descripciones y cómo se articulan los pensamientos de los personajes, de forma que es fácil empatizar con ellos aunque esté claro que no tengan razón. Hay una falta de piedad en los ojos del niño o en los de la vecina que juzga a sus compatriotas ricos en París que llega a ser casi estimulante, que nos hace mirar a las personas con los mismos ojos resentidos con los que los observadores lo hacen.  Las metáforas son originales, salidas de un cerebro que podría calificarse de peculiar. Creo sinceramente que ciertos extractos seleccionados ayudarían a entender qué fue lo que me fascinó de la escritura de Gallant.

Aquí algunos ejemplos. Hablando del final de las estaciones: “La estación, más que concluida, parecía desgastada, como un amor sobre el que se ha hablado demasiado, o un deseo pospuesto”. “El verano, una fruta que ya habían vaciado, seguía colgando de su árbol”. Describiendo a una psicóloga: “Si en seis meses no ha sido capaz de llevar su ropa a la tintorería o de ir a un dentista, ¿cómo va a ayudarme?”. La madre reflexionando: “La mujer recordó la filosofía de la abnegación que había predicado y que permanecía agazapada en un rincón de sus vidas como un pajarillo que muda las plumas”. “Es curioso comprobar de repente que es más bajo que la persona sobre la que se ha tenido un control absoluto”.

Podría continuar, porque me entusiasmaron muchas frases del libro. Los cuatro capítulos que componen la obra, si se leen sueltos, podrían ser cuentos magistrales llenos de simbolismo y elipsis abordados desde la perspectiva de narradores dispares y en absoluto objetivos. La historia en sí, completa, no tiene tanto interés, pero eso, repito, es lo de menos. Lo de más es haber descubierto, por fin, a Gallant y su forma tan peculiar de escritura.

Estaba tumbado junto a ella en la arena y se cubrió la cara con su sombrero de paja, horrorizado. Fue una reacción instintiva, no planeada. Cuando permitía a su mente vagar sin restricciones por el mundo de las mujeres, descubría una zona con una iluminación tenue, un tanto asquerosa, como la cocina de un tugurio. Era un mundo de jaquecas, abortos, trastornos y lágrimas.

Agua verde, cielo verde (Impedimenta, 2018) | Mavis Gallant | Novela | 192 páginas | 17.95€ | Traducción de Miguel Ros González

 

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