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Justo ahora, aquí al lado

MANOLO HARO | “Mi incapacidad de pensar, de observar, de verificar, de recordar, de hablar, de convivir va aumentando cada vez más, estoy convirtiéndome en una piedra, debo consignarlo.” (Diario, 28 de julio de 1914)

Franz Kafka anotó estas líneas en su diario dos meses antes de acometer la tarea de componer la obra que nos ocupa. No se puede decir que la mineralidad de la que aquí habla acabara por atenazar sus capacidades intelectuales. Kafka, siempre tan desasosegantemente actual, proporciona En la colonia penitenciaria unas cuantas claves para entender el terror del siglo XX dentro de los diferentes sistemas políticos que se han constituido o impuesto en todo este tiempo. Campos de concentración, centros de internamiento o de detención (dependiendo de la lengua de cada régimen) son los establecimientos donde se aplican los castigos con los que se aniquila al individuo hasta, si es preciso, la muerte. Es probable que la invisibilidad sea una constante en el proceso: invisibles el reo, el centro, los subalternos, la ley, la condena y los muertos. Todo tiene un sentido interno, una lógica propia que sólo funciona dentro; en el hipotético caso de que se revele lo que acontece en estos lugares, todo ello llevará al desmantelamiento –el escándalo siempre aparecerá como inasumible para la sociedad que los había creado– el cual dará lugar al nacimiento de otros centros de encerramiento más perfectos e incógnitos. Aquí reside la actualidad de esta obra.

El autor tenía treinta y pocos años cuando inicia la escritura de En la colonia penitenciaria. Apenas cuatro personajes deambulan por el espacio indeterminado de una colonia, sita en el trópico y donde se emplea el francés como lengua franca entre las élites militares. Un viajero la visita en el trance de llevarse a cabo una ejecución. El reo es un soldado condenado de manera arbitraria por el oficial responsable del lugar. Junto al viajero, el condenado y el oficial, actúa un soldado. El centro de esta fábula viene ocupado por “el aparato”, una máquina cuya perfección y efectividad es alabada por el oficial-juez-mecánico-verdugo para mayor gloria de su admirado y ya desaparecido “Comandante”. Éste fue el máximo impulsor y responsable de que las ejecuciones se vivieran en un ambiente festivo. El oficial y el condenado habitan un limbo legal y geográfico donde se impone la ley arbitrariamente, alejada del sistema jurídico que rige en la metrópoli, en donde apenas se tendrá noticia de la existencia del centro penitenciario siquiera. De ahí que el oficial desconfíe del viajero, debido a que éste podría exponer a la opinión pública de la metrópoli la vulneración de los derechos del ajusticiado y, de esta forma, dar por acabada su carrera de oficial y el significado de su propia existencia.

El instrumento ejecutor dentro de la colonia será el “aparato”, cuyo engranaje se muestra obsoleto pero eficaz. El narrador se demora en explicar de forma detallada su funcionamiento, el cual es únicamente inteligible para los verdugos. En el último rincón del Estado donde se sigue sometiendo a los condenados a esta máquina de ajusticiamiento, el engranaje conserva su eficiencia a pesar de su antigüedad, tal vez sin el relumbrón de antaño, cuando se ejecutaba con aires de fiesta y a la vista de toda la colonia.

Habría que preguntarse qué cabida tiene la lectura de este texto en nuestro mundo actual. Con sus elementos esenciales en la mano (justicia administrada inicuamente, espectacularización de la muerte, delegación de responsabilidades dentro del aparato de gobierno a la hora de proceder al encarcelamiento y amordazamiento de disidentes o extranjeros, teledistracción masiva, alexitimia institucional), se podría hallar un patrón en el desempeño de ciertas formas de política y en la labor informativa de algunos medios de comunicación de muchos países del primer mundo. Los casos más sonados fueron en su momento los de Abu Ghraib y Guantánamo. Ahora podríamos añadir los nombres de las ciudades, los territorios y los mares que componen el cinturón higiénico de contención del Segundo y Tercer Mundo para el Primero. Sin ir más lejos, habría que preguntarse cómo se dispensa, ya no justicia (que tampoco), sino atención a las personas que llegan a los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) en nuestro país.

Luis Fernando Moreno Claros en su completo “Epílogo. Kafka y su relato infernal” ofrece prístinamente las claves para comprender el texto. Entiende que la trama de vida personal e historia da sentido y luz a cualquier producción artística. En el caso de En la colonia penitenciaria la trama de la vida de Kafka se superpone a la del comienzo de la 1ª Guerra Mundial. A la ruptura del compromiso matrimonial con Felice Bauer se suman los primeros compases de la contienda. El praguense veía peligrar su independencia creativa con el matrimonio; las dudas y la ambigüedad del autor desgastaron la paciencia de Felice. El telón de fondo de la Gran Guerra, donde Kafka no pudo participar por motivos de salud, ensombrecían el ambiente. Poco a poco fue encontrando acomodo en su imaginación para una narración que casaba bien con la época, en la que además del relato de los horrores de la conflagración se vislumbraban las injusticias consecuentes del colonialismo del XIX y sus usos primitivos en territorios de alejadas latitudes, de cuya existencia tuvo conocimiento el autor checo. Cita Moreno Claros un informe encargado al joven jurista Robert Heindl (“Mis viajes a las colonias penitenciarias”) en el que se manifiestan los vínculos, por su crueldad despiadada, entre estos centros y el infierno. Defiende el epiloguista y traductor la pertinencia de que Frank Kafka conociera esta obra. La inclusión en el cuento de una máquina de matar descrita tan detalladamente también estaría relacionada con el desempeño del trabajo del autor dentro de una compañía de seguros para trabajadores, gracias al que hubo de estar al corriente de los accidentes laborales con máquinas diversas; de hecho, Kafka llegó a perfilar en ocasiones mejoras en tales máquinas.

Acuden igualmente a esta obra las influencias y los gustos literarios de la época, así como la veta filosófica de la que se nutre. Moreno Claros los rastrea en la literatura de corte masoquista que se pone de moda en aquellos días, con La Venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch a la cabeza, “El pozo y el péndulo” de Poe o El jardín de los suplicios de Mirbeau, entre otros. De la misma manera atiende a la presencia del pensamiento de Nietzsche y Schopenhauer en el propio de Frank Kafka. El mérito de la edición, pues, descansa sobre este excelente epílogo que recoge magistralmente nombres y circunstancias, personales e históricas, que ayudan a entender la obra, al autor, el momento, la cultura y la consciencia dentro del contexto de aquella Europa. El afán divulgativo del trabajo no empaña el celo filológico de su autor, que deja en la persona que lo lee una sólida sensación de haberse movido por la escena de manera vívida y veraz.

Kafka es un hito en la Literatura Universal por diversas cuestiones. Se trata de un clásico que cambia las reglas del juego, pues su literatura no es un hachón con el que iluminar las paredes del pasado, ni siquiera el presente en el que nació; Kafka crea una obra que vaticina con pasmosa exactitud los acontecimientos que se desarrollaron en el siglo pasado a partir de los años 30 y que llegarán hasta nuestros días: el ascenso del fascismo, la implantación del comunismo, el asentamiento de la social-democracia, el paulatino fortalecimiento de los tecno-estados y su correspondiente e omni-ubicua tecno-vigilancia. Si quisiéramos saber de nosotros mismos, haríamos bien en consultar de vez en cuando este volumen.

Post scriptum: Por cierto, lean la entrada de mi colega estadista Manuel Machuca sobre el libro Epidemiocracia y verán qué alcance tienen “las colonias penitenciarias invisibles” en este momento. Los que creen que el cierre de los establecimientos de internamiento y control supondrían el fin de los mismos, son los mismos que creerán que no hay una interconexión de gran calado orgánico entre sociedad y enfermedad. Dejo aquí una cita extraída del libro Conversaciones con Kafka de Gustav Janouch para tener la evidencia de que el bueno de Frank sigue hablándonos desde donde quiera que esté: “Quien se deja conducir y mandar por las malas opiniones y costumbres de su entorno no se tiene respeto a sí mismo. Y sin respeto a uno mismo no hay moral, ni orden, ni constancia, ni el calor favorece a la vida. Una persona así se desmorona como una amorfa boñiga de vaca, que sólo puede significar algo para los escarabajos coprófagos y otros insectos”,

En la colonia penitenciaria (Acantilado, 2019) | Franz Kafka | Epílogo y traducción de Luis Fernando Moreno Claros | 12 euros | 152 páginas

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