0

Kárstico es mal adjetivo para un libro

9788415862765CAROLINA LEÓN | Es verdad, qué más nos da. Que en según qué zonas de Guadalajara o Castelló apenas queden uno o dos habitantes por kilómetro cuadrado, que cierto señor resista como pastor entre los montes, que cierta señora lleve veinte años sola en el que fue el lugar que la vio nacer. Son sólo historias, son sólo vidas, particulares, finitas y limitadas. ¿Qué podría conseguir un reportaje de la televisión? ¿Empatía con fecha de caducidad, un poquito de conmiseración que se olvida rápido al comienzo de la semana laboral? A mí, en verdad, me da lo mismo, no es de eso de lo que vine a hablar. No es de la tele, no es de la despoblación siquiera, es de lo que es capaz de contener un libro: un libro, tan sólo.

Si confieso que no he visto un sólo programa de Évole entero, no sé qué dice eso de mí. Si por otro lado digo que, a priori, el libro de Paco Cerdà no me llamaba la atención porque ni se me había pasado por la mente que la despoblación de la Serranía Celtibérica pudiera ser un tema tan interesante, tampoco sé. Pero es más allá del tema: es lo que este periodista ha sido capaz de hacer con cuatro costuras, con unos cuantos datos absolutamente desarmantes y un buen montón de historias.

Están, quizá, sobrevaloradas las historias. No es eso lo que nos pasa leyendo este Los últimos, tan desnudamente presentado como desnudo es el panorama que dibuja (5 comunidades autónomas, 10 provincias, 1355 municipios resistentes, 7,34 habitantes por kilómetro cuadrado…; menos de un habitante por kilómetro cuadrado en según qué zonas). Pero no sabemos hacer mucho más los periodistas -así, en primer grado- que escuchar, registrar, tratar de dar forma al vacío.

Fue muy al principio de la lectura que me fastidiaba un tanto la ampulosidad de su prosa, como un recargo excesivo de la escritura al que me tuve que acostumbrar página a página (¡Muy pronto! ¡Me atrapó y no pude soltarlo!): porque me di cuenta de que, quizá, el recargo de su forma de escribir era un contrapunto. Se trataba de un recurso retórico contra el vacío al que se enfrentaba en estepas y mesetas y pueblos y ciudades que están siendo vaciadas desde hace sesenta años. ¿Cómo podría contarse todo eso si no es con un extra de palabras, símbolos e imágenes, como si pidiésemos extra de patatas con la hamburguesa?

Poco a poco, esa mal entendida ampulosidad se transforma en densidad, a medida que pasan las provincias, los datos, las historias a modo de metáforas que dan cuenta de lo que nadie quiere ver. Ese recargo se convierte en compromiso con la trama, que no habríamos podido inventar mejor: una densidad simbólica para describir el silencio y el vacío y la ausencia de voces vivas. Es así como me fui dando cuenta de que el libro no podría tener otro lenguaje y de que, por otro lado, aunque no encontremos el camino de vuelta a los Montes Universales, siempre podremos revisar los capítulos y párrafos de este libro, plagado de capas: conozcamos o no los paisajes que le han dado aliento, se puede revisitar sin descanso.

Y lo de Cerdà resulta, al cabo, no recurso sino herramienta firme.

A mí, el caso es que me han dado ganas de sumergirme en lo rural, ese rural que no conozco. Pero eso sucede sin los titulares, sin la idealización, sin creer que allá afuera vayamos a encontrar un grial perdido en la vida urbana.

El relato de Paco Cerdà tiene esa doble cualidad: por un lado, no ahorra en epítetos; por otro, tampoco escamotea los testimonios que pueden echar por tierra una (vista desde lo institucional) deseable repoblación. «Fin del bucolismo», dice de uno de sus personajes. Hay pliegues y pliegues y pliegues y eso es algo que he aprendido del libro una vez que lo he vuelto a catar tratando de decidir qué decir en esta reseña.

Lo bonito de las reseñas, de éstas, es que no tenemos problemas con el espacio y que no hemos de acotarnos en maqueta: nuestra densidad es sólo fabulada, y podemos quedarnos con aquello que más nos entusiasma de los libros: del de Cerdà serían bastantes cosas, pero tan sólo la entrevista que despliega con el fraile en el capítulo dedicado a Burgos me valdría para volver y volver a este libro, más allá de los titulares, por encima de los contextos que hacen que su intervención periodística tenga un sentido aquí y ahora. Esta es una de las reseñas más libres que he escrito en mi vida porque: este libro se vale por sí solo, y la escribo sólo porque es un texto vivo que deja pasar luz, sombra, comedia y tragedia, con todo lo que un periodista ha sido capaz de extraer de sus personajes, también de aquellos que no se lo pusieron fácil : «Yo el nombre no te lo digo», le dice una de ellas.

Si queréis os quedáis con el reportaje del reportaje. El libro de Cerdà es otra cosa. Es como esas rocas kársticas del Alto Tajo: capa tras capa, inmersión tras inmersión, lo ha descrito todo en pinceladas rabiosas, barrocas y contingentes, porque todo el rato cuelga de lo que se le cuenta, sin pudor, sin juicios previos. Es por eso un libro kárstico, aunque está claro que es un adjetivo horrendo para un libro tan brillante como éste.

Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) de Paco Cerdà | 176 páginas | 16 €

admin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *