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La crónica de Daniel

JABO H. PIZARROSO | Dentro del grupo de obras clásicas que reabren sus páginas en tiempos de pandemia, Alba Editorial rescata en tapa dura el inquietante Diario del año de la Peste, de Daniel Defoe. Con un prólogo de Anthony Burgess, en el que se escalpela este libro y parte de la biografía del autor de Robinson Crusoe, accedemos de nuevo, existen otras ediciones anteriores, Seix Barral, Impedimenta, a la crónica que un comerciante de Londres del siglo XVII realiza de aquellos cinco años en los que casi la mitad de la población de la ciudad falleció a causa de una patología de origen bacteriano, la Yersinia Pestis que transmitían las pulgas de las ratas, que desmenuzó muchas de las estructuras administrativas y sociales de entonces y liberó miasmas humanos que extrañamente se parecen mucho a lo que nos está ocurriendo en 2020 con la pandemia de la Covid.

        Burgess ya nos anuncia en la excelente introducción que si en Robinson Crusoe el hombre construye una comunidad de la nada. En el Diario del año de la Peste, Defoe plantea la cuestión de si el hombre puede hacer algo más que construir: ¿puede también conservar?

Y esta pregunta es una de las muchas que culebrean a lo largo y ancho de la lectura de este libro y que es inevitable extrapolar a una sociedad como la nuestra que vive otro momentum pandémico de distinto orden biológico, pero de muy parecido desarrollo con consecuencias puede que idénticas. Una de esas preguntas unida a la reflexión de Burguess, se podría cabalar de la siguiente manera: ¿Cómo se mantendrá una sociedad tras superar la prueba de la peste? Donde escribimos peste podemos poner malaria, covid, mers, sars, cepa equis de cov no sé ni cuál.

        Se ha venido hablando poco durante estos meses de la incidencia acumulativa de lo real que nos circunda. Nuestra lectura, nuestra realidad, todavía embarranca en un desconcierto generalizado que es incapaz de asumir como verdadero lo que nos toca. Algo que, antes de toda esta situación, hemos visto en multitud de series de ficción o hemos leído en decenas de novelas, de repente se transustancia y ocupa el mundo visible, sentible, tocable, audible, y de golpe nos confunde. El Síndrome de Dinio, le llama un colega.

Lo inesperado, por mucho que se haya imaginado antes, nos deja sin armaduras conceptuales, de tal forma que lo único que tenemos como especie para significar lo que nos sucede, es una palabra-comodín, la ficción. Lo que nos está pasando parece de película, la realidad supera a cualquier ficción, vivimos un relato ficticio.

En el prefacio que Defoe preparó para la primera edición de este libro, en 1722, suelta varias frases como quién soltara contra un tapete los dados de un juego que controla muy bien y cuyas reglas conoce y maneja de sobra, un juego cuyo objetivo no es otro que dotar de extrema y perfecta verosimilitud a esta crónica y hacerla pasar por real. Advierte al lector de que el editor de la obra cree que estamos ante una historia real, y apunta que esta novela, y lo hace el propio autor, no parece ser ficción. Ironía máxima: el autor de una obra de ficción dice de ella que no parece serlo. I love you, Defoe.

        Vivimos una época en la que hay que colocar membretes a las ficciones del estilo, basado en una historia real, para otorgar a esas fabulaciones un label de verosimilitud impostado, como una etiqueta de marca blanca aceptada por la mercadonia, que permite su consumo masivo. Hasta el punto de que ese tipo de rúbrica ha conseguido que lleguemos a los predios de esta pandemia inmersos en un océano delirante donde la confusión entre lo real y la ficción es preocupante que no preocupe.

Defoe juega con una posible opinión del editor de su libro y con la suya propia para introducirnos en la verdad de su mentira, para que los cronistas de la Historia consideren, como hoy se considera, al Diario del año de la Peste como una crónica real de aquel lustro del siglo XVII que asoló una ciudad europea. Fue una jugada maestra. Pero ya no solo acerca de aquel momento histórico, porque todavía hoy, leer este libro establece muchísimos elementos comparativos con lo que nos está sucediendo. Se podría apuntar que esta novela es demasiado novela como para ser novela y que por eso mismo parece vida real.

        El narrador de esta historia, también en palabras de Burguess, pocas veces nos descubre el motor de la trama. Observa el desmoronamiento de la sociedad en la que vive, decide no marcharse, no huir, se convierte en notario de la miseria, la iniquidad, la mediocridad, en amanuense y contable de la larga lista de miedos y mentiras que se enarbolan en ese Londres acosado por la peste, en torno a algo, un enemigo invisible que circula por el aire, death is in the air, todavía no se sabía nada del origen de aquella enfermedad.

Y lo hace casi como un narrador escondido, que lanza párrafos preñados de rumorología, del tipo se ha visto en esta zona, la gente dice, alguien comentó, que otorgan una verosimilitud asombrosa al texto y de nuevo nos sitúan en el epicentro mismo de lo que hoy estamos viviendo, sálvense los siglos que nos separan de aquello.

        La misma contrarreloj que desde la estadística enumera las muertes que se van produciendo en las distintas parroquias de la zona oeste de Londres y cómo su avance va llenando de forma silenciosa las otras parroquias de la ciudad en dirección al barrio donde vive el narrador, se parece muy mucho al goteo constante de contagios, positivos y falsos, regiones, oleadas y barrios confinados que jalonan la mayor parte de los titulares y de la información de los mass media de hoy en plena covid.

El tiempo avanza y el número de fallecidos aumenta de manera imparable, pero eso en ningún caso perturba el oficio de cronista de quien está ahí para contarnos lo que sucede, ese que, aunque tiene la posibilidad de huir, de salvarse, de abandonar el centro de la peste, decide quedarse porque la crónica que está realizando debe ser escrita. Esta decisión es poderosísima. Es uno de los aspectos más éticos, irónicos y hermosos de este libro. No se va, no huye, no abandona, se queda para contarnos lo que pasa, esta es la ontología liberadora de este Diario.

        No me resisto a poner un ejemplo, aparece en las primeras páginas, que explicita esta postura, este punto de vista, el tono y las dudas, las fuentes informativas y el ambiente del que se reviste esta crónica tan bien novelada que es más real que la propia realidad por tener mucho más sentido y verdad que una realidad no pensada, no escrita, no narrada:

        “(…) en la última semana de diciembre de 1664, murió otro hombre en la misma casa y del mismo mal. Y luego volvimos a estar tranquilos unas seis semanas, en las que no murió nadie con señales de la epidemia, y se dijo que el mal había desaparecido; pero más adelante, creo que fue hacia el 12 de febrero, hubo otra muerte en otra casa, pero en la misma parroquia, y en las mismas circunstancias

        Ese volver a estar tranquilos tras la conmoción de lo que se intuye que se les viene encima y luego esa mezcla de datos que no se saben del todo muy bien, pero que empiezan a poblar los mentideros de la ciudad, y aquel se dijo, o este creo que, para datar y apuntar los lugares donde la muerte ya empezaba a ser una verdad irrebatible.

La narración de esta novela se construye con párrafos como este, con frases de meandro, subordinadas y muy digeribles, llenas de creos, dijeron, dicen, han dicho, se sabía, se ha comentado, parece ser. Este estilo de narrar es ciertamente inmejorable y, aunque suene a paradoja, debido a su carácter aparentemente chismoso y voluble, es por lo que este libro conserva una solidez que nos acerca hasta aquellos años de peste londinense mucho mejor que cualquier crónica periodística, cualquier relato de tintes objetivos y veraces.

        No se la pierdan. Si queremos entender lo que nos está pasando hoy con la covid, un buen paseo por el Diario del año de la Peste nos puede aclarar mucho. No es que la especie humana tropiece dos veces con la misma pandemia y no aprenda. Lo que ocurre es que el sapiens sapiens del siglo XXI tiene un cerebro hecho para olvidar, que actúa con la fuerza de un martillo hidráulico ensordecedor. Agarren en silencio esta joya y escúchenla.

Diario del año de la Peste (Alba Editorial, 2020) | Daniel Defoe | Introducción de Anthony Burgess (traducción de Ismael Attrache) | Traducción de Carlos Pujol | 408 páginas | 18,50 euros

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