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La enfermedad de los libros usados

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RAFAEL ROBLAS | Juan Bonilla es uno de los míos. Uno de esos tipos que sería capaz de vender su alma al diablo por una primera de Lorca o por esa edición dedicada de aquel poetastro desconocido de la vanguardia argentina. Uno de esos pocos elegidos a los que la boca se les hace agua imaginando una jornada sin límites -ni horarios ni económicos- por la Cuesta de Moyano madrileña o perdido en el interior de la Strand neoyorkina. Uno de aquellos últimos románticos que prefieren el tacto del libro viejo al del ebook y que suponen que el Paraíso debe de parecerse a esa nave-almacén que montó Abelardo Linares en Valencina tras adquirir los maravillosos fondos del librero Eliseo Torres. Juan Bonilla, el novelista, es pues uno de esos ilustres bibliófilos que no sólo presume de ello cada vez que viene al caso, sino que también ha decidido ahora sumarse al exclusivo club de los homenajes literarios que se han dedicado a la bibliofilia con La novela del buscador de libros.

Sin embargo, que no se engañe nadie con el título, que esta gozosa apología al libro de segunda mano – “de viejo” que también  llaman algunos- no responde en absoluto a los caracteres de una novela al uso, ya que, traspasada la barrera inicial de su justificación, el texto de Bonilla avanza presentando una sucesión de relatos y sucedidos en primera persona donde el autor da rienda suelta a su pasión bibliófila y exorciza públicamente sus bibliómanías más inconfesables. Ni rastro, pues, de personajes, tramas ni desenlaces más allá de esa obsesión enfermiza por el papel impreso elevado a la categoría de tesoro, de pieza única e irrepetible, de objeto de culto.

A estas alturas de la película, a qué vamos a negar la mayor: el bibliófilo –y yo el primero- no es sino un pobre enfermo que, en diversos grados, convive a partes iguales con su propia frustración y con la incomprensión del prójimo que, ajeno a los sufrimientos del sujeto-paciente, no alcanza nunca a imaginar la gravedad de la dolencia. Quizás por eso, cuando enfermo del libro se siente acompañado -y más aún, comprendido-, su gratitud puede llegar a ser contagiosa, desbordándose ésta en una característica incontinencia verbal pródiga en extraños anecdotarios y, sobre todo, en exhaustivas descripciones de todas sus posesiones librescas. Porque el bibliófilo, como cualquier otro coleccionista, disfruta hablando de sus libros –los haya leído o no, que ese es otro cantar-, ya que éstos representan la modesta conquista de una pequeña parte de su particular Paraíso.

El libro de Bonilla es el fiel reflejo de lo que digo. Así, en amena lectura, desfilan por sus páginas numerosos fragmentos autobiográficos que muy a menudo desembocan en sucesos curiosos en torno al mundo del libro; en magníficos pasajes que describen los pintorescos lugares donde el novelista ha logrado cazar algunas de sus piezas más queridas; en velados homenajes dedicados a los amigos –bibliófilos o no- que  han compartido con él sus más diversas aventuras; en relaciones apasionadas de sus trofeos más preciados; en la confesión de sus obsesiones nunca correspondidas (¡ay de esa oculta colección de obras deseadas aunque imposibles que cada bibliófilo guarda en el fondo de su alma!). Y, bajo la pátina de esta aparente superficialidad, la reflexión profunda de que la bibliofilia no es más que un deseo infructuoso de perdurabilidad ante la evidencia del paso de los años. ¿Acaso no tendría razón el genial Borges con aquella alegoría de la vida como gran biblioteca cósmica?

Paso las páginas de esta particular e intransferible novela de Bonilla y recupero lugares entrañables donde fui feliz algún día entre libros. Algunos existen aún, otros sucumbieron con el tiempo. La vida nuevamente. El sórdido local de El Desván donde el amigo Luis apabullaba con su ágil verborrea mercader; las estrecheces de Rumaiquiya en la calle Feria; la trastienda secreta y oculta –“sólo para iniciados”- del librero Antonio Castro; la antigua sede de Renacimiento en Mateos Gago, donde mi adolescencia tocó por primera vez una primera de Cernuda mientras en el umbral vociferaba el inimitable Vicente Tortajada; el abigarramiento ordenado que en su local de Los Terceros mantiene aún el bueno de Ignacio entre montañas de volúmenes. Identifico otras tantas librerías de lance que me han seguido alimentando el vicio a través de internet: Gulliver y Librería del Prado en Madrid, Antonio Mateos en Málaga, Cajón Desastre en Ponferrada, Raimundo en Cádiz. Y sueño por último, también de la mano del compañero Bonilla, con darme una vuelta por la Strand en Nueva York, por San Librario en Bogotá, por El Cid Camperador en Santiago, por la Charing Cross en Londres. Por calle Donceles en D.F o por Florida en Buenos Aires. Y me corroe la envidia más vil al oír las excelencias de esos otros tantos sitios del mundo a los que el destino aún no me ha llevado ni creo que nunca encamine mis pasos.

Y hete aquí otra palabra clave en el universo del bibliófilo: envidia. Envidia y no de la sana cuando se compara el bien propio con el ajeno; la calidad y extensión de la biblioteca del adversario respecto a la tuya; la suerte o la destreza que ha llevado al rival a hacerse con ese ejemplar único antes que tú y a un precio irrisorio. Por eso, el equilibro en cuanto a su locuacidad se hace esencial en el bibliófilo, que debe calibrar continuamente ante los demás los límites que separan sus logros y conquistas con los detalles superfluos que pueden dar al traste con ese filón descubierto en tal o cual librería desconocida. El hombre es un animal para el propio hombre, como todo bibliófilo es también un depredador para el bibliófilo contrario. Y de eso también puedo contar mis propias batallitas.

Releo mis palabras antes de rematar la crítica y entonces reparo en mi tremendo error: la falta de objetividad con que ésta se ha ido tiñendo conforme iba avanzando. Imperdonable. Mas pienso que, “de perdidos, al río”… ¿Para qué estropear en el último momento la inclinación subjetiva de mi peculiar repaso? Así que, paciente lector, si has llegado hasta aquí, al par que mi más efusiva recomendación por la presente obra, permíteme una última veleidad, esta vez en forma mensaje postrero dirigido al propio Bonilla, en venganza por haberme hecho salivar abundantemente durante las casi trescientas páginas en que aproximadamente se extiende su relato. He aquí mi carta y hasta este nivel llegue la cuita.

Querido Juan, amigo y rival en cuanto a bibliofilia se refiere:

No dudo en absoluto ni de la calidad ni de la cantidad de tu biblioteca selecta. Demostrada queda, al mismo tiempo que tus extraordinarios conocimientos sobre el tema, tras la lectura de La novela del buscador de libros. Sin embargo te reto a que certifiques un tesoro que aventaje al mío. Ahí va mi descripción.

Se trata de una primera edición dedicada. El título en cuestión apareció en las librerías durante la primavera de 1996 y fue un buen amigo, Alberto Guallart, el que medio el chivatazo: “Échale un vistazo, que merece la pena”. El volumen lo compré en la desaparecida Montparnasse sevillana y, por aquel entonces, nadie habría sospechado ni la mitad de su posterior repercusión extraliteraria. Por otro lado, Guallart tenía razón en su recomendación: el libro merecía la pena. Pero,… ¿se trataba de una novela visionaria?

Lo cierto es que cuatro años después, tras el estreno de su versión cinematográfica, se habló largo y tendido de ella. En 2009, por fin pude conocer personalmente a su autor, que me dedicó aquel ejemplar manoseado después de una conferencia. Fue en Almería y, desde entonces, su página de respeto me saluda con mucha guasa cada vez que lo abro diciendo: “Este Nadie conoce a nadie es para Rafael Roblas, uno de los pocos sevillanos a los que gustó esta novela. Con el abrazo de… Juan Bonilla”

Supéralo.

Atentamente.

Rafael Roblas.

 

La novela del buscador de libros (Fundación José Manuel Lara, 2018) | Juan Bonilla | 274 páginas | 19,90 euros

 

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