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La ira que no se apaga

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CAROLINA EXTREMERA

Y gritamos y gritamos, queremos comernos lo que fuera que ella estaba comiéndose, queremos oír el rugido de nuestras voces , queremos que se nos pase el hambre. La mujer nos mira, perpleja, como si nunca hubiera visto gritar a nadie, y luego vuelve a toda prisa a la casa, pero nosotros seguimos ahí, gritando, hasta que notamos el sabor de la sangre en las gargantas irritadas.

La ira. El sentimiento más denostado del siglo XXI. El enfado que priva de la razón al que la tiene, el sentimiento que convierte, por arte de magia, a los opresores en oprimidos. El rico, ofendido por la ira que el pobre le manifiesta cuando le pide una moneda y no la obtiene, el machista transformado en un adalid de la libertad de expresión porque los objetos de sus burlas de repente le han insultado. Eso no son formas, les dice el blanco a los habitantes de un barrio periférico americano donde la policía ha disparado a un adolescente al ver que reclaman sus derechos, no con educación ni pidiendo por favor, sino destrozando el mobiliario urbano. Y eso es lo que rebosa Necesitamos nombres nuevos: ira justa.

Se podría pensar, al comenzar el primer capítulo, que esta novela es una de tantas historias narradas en primera persona por un niño donde la voz de la criatura, en este caso una niña, se usa para conmover al lector como la del pequeño Frank Mc Court en Las cenizas de Ángela. Sin embargo, Darling, la narradora que escoge Noviolet Bulawayo para contarnos su historia, está llena de cólera, y esa ira se mezcla con la inocencia, con el horror que ve y no comprende, con lo que comprende demasiado bien y con la realidad que es tan cruda que, a ojos de un habitante del hemisferio norte, podría parecer fabricada e inverosímil. En un artículo en The Guardian,  Helon Habila acusa a esta novela de “cubrir todos los tópicos de África”, como si leer la situación en toda su crueldad fuese demasiado para el lector, sobre todo después de que la  novela se hiciera famosa en Reino Unido al aparecer en la shortlist para el Man Booker Prize de 2013.

En un suburbio africano de un país que  nunca se menciona pero que se corresponde a Zimbaue – un nuevo  nombre – esta niña y sus amigos Bastardo, Stina, Sabediós, Sbho y Chipo recorren las calles sin supervisión y viven en su propio mundo donde se juega a “buscar a Bin Laden”, “los países” o “Andy- Over” y donde los adultos son a la vez unos antagonistas a los que odiar y una parte de ellos a la que echar de menos cuando tardan en volver. Cada capítulo se podría leer como un relato corto y, sin embargo, todos juntos componen una historia completa donde la protagonista crece – no solo en edad – y evoluciona.

Así, en un capítulo los encontramos en la iglesia maldiciendo a un Dios que les parece estúpido y malvado o robando guayabas a los ricos, en otro jugando a imitar lo que ha sucedido la tarde de antes a un compatriota al que la policía ha golpeado hasta la muerte – “Y Bastardo se pone la camiseta y contesta: ¿no ves que esto no es un juego?”- y en otro, manifestando su cólera por el regreso de un padre al que ya no esperaban. Más tarde, cuando Darling emigra a América, los capítulos se trasladan a su vida en un lugar donde puede comer hasta hartarse y aún así no estar nunca saciada, donde sus amigas – todas negras, porque así son las cosas allí – ven porno en un sótano y donde la gente habla de África como si fuera un solo país.

La voz de la protagonista es todo un logro en Necesitamos nombres nuevos, tiene fuerza y contundencia, rabia y ternura, belleza y horror. Nos golpea y a veces, las menos, nos acaricia, y la mayoría del tiempo nos desprecia, posiblemente porque somos de otra especie mucho más blanda. Dentro del libro se intercalan tres interludios en los que una narradora omnisciente, con voz mucho más lírica, nos detalla casi como si fuera un poema cada uno de los pasos de la emigración. Se titulan: Cómo aparecieron, Cómo se marcharon y Cómo vivían.

La novela de Noviolet Bulawayo no hace ninguna concesión a los que espectadores, ni siquiera a los que creemos que tenemos buenas intenciones. Hay un episodio muy revelador a ese respecto, el que dedica a los sentimientos que les provocan a esos niños unos trabajadores de ONG. Además, Darling, al llegar a Estados Unidos, es completamente incapaz de empatizar con las formas de sufrimiento que para ella son absolutamente menores, como la anorexia o la depresión, ni comprende por qué todo el mundo sonríe constantemente sin motivo a personas que no son allegadas. Es la ira que no se apaga porque es tan profunda, tan justa, que no tiene fondo.

Mirad cómo se marchan en tropel, los hijos de la tierra. Simplemente mirad cómo se marchan en tropel. Los que no tienen nada cruzan fronteras. Los que tienen fuerza cruzan fronteras. Los que tienen ambiciones cruzan fronteras. Los que tienen esperanza cruzan fronteras. Los que han perdido cruzan fronteras. Los que sufren cruzan fronteras. Se mueven, corren, emigran, se van, desertan, caminan, renuncian, vuelan, huyen… A todas partes, a países cercanos y remotos, a países de los que no han oído hablar, a países cuyos nombres no saben pronunciar. Se marchan en tropel.

Necesitamos Nombres Nuevos |Noviolet Bulawayo | Traducción de Sonia Tapia Sánchez | Novela |  Editorial Salamandra | 256 páginas | 18€

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