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La literatura de la Patria o la patria de la literatura

9788490663196JABO H. PIZARROSO | “¿Por qué tratan las novelas del siglo XX de lo que tratan? Mi respuesta es que la verosimilitud ha sido secuestrada por los dueños del discurso dominante. Y demasiadas veces hemos caído en su trampa. Hemos creído que para construir nuestra visión bastaba con leer y escribir historias que no repitiesen lo que dicen ellos, pero que fueran creíbles según un parámetro, la verosimilitud, que imaginábamos hasta cierto punto imparcial u objetivo. Así es como la experiencia se ha ido ausentando de la novela, no por inexistente, sino por increíble.” (Belén Gopegui, Un disparo en medio de un concierto)

Cuando siento, no escribo“, decía Gustavo Adolfo Bécquer. Cuando sufrimos, no escribimos, podríamos apuntar. El sentimiento masacrado anula la capacidad estructuradora de la razón para crear un relato verosímil, un cuadro, un poema, un escenario cronotópico de multiplicación de afectos e incertidumbres fértiles: un libro. Cada atentado de ETA, cada asesinato del terrorismo de Estado, cada tortura, cada sobresalto violento con armazones políticas abría un socavón de tiempo de silencio grande, y también amputaba hasta límites delirantes la capacidad humana de comprensión, de conocimiento, amén de las consecuencias humanas terribles que generaban aquellos hechos.

Ahora que acabó una parte, no todas las consecuencias de tantos años de enfrentamiento, llega el incesante manantial de los relatos. Llega, en palabras de Íñigo Domínguez, La batalla de los relatos. Es curioso que en las sociedades neocapitalistas, la palabra escrita, la literatura, no ostente ningún poder salvo cuando la hegemonía ideológica dicta y decide que se debe servir de la literatura para llevar a cabo su imposición narrativa, su ‘diktat’ diegético, ¡Esto es la batalla de los planetas!, snif, ¡Mutación! ¡Sálvese quien pueda!

Desde el cese de la lucha armada han surgido multitud de voces cercanas a las instancias hegemónicas que han trazado una línea gruesa de exigencia narrativa inexcusable: “hay que construir el relato”, “ganado está el pan, hágase el verso” (como diría José Martí), “ganada está la batalla, hágase la crónica”. No está de más recordar el caramelo chupado de esa frase tan traída para ocasiones como esta: “la historia la escriben los vencedores”, axioma que por otro lado lo rompe siempre la memoria cultural, la literatura, la pequeña, la minúscula, la que no entiende el hecho literario como un campo de batalla abierto a las ideologías dominantes y controlado por ellas.

Esta novela tiene todas las trazas de convertirse en la elegida, en la novela que mejor hable del relato ejemplar sobre lo que pasó en Euzkadi-País Vasco-Euskal Herria durante el tiempo del conflicto. Así lo demuestra todo el aparataje mediático que la precede, que la sucede, que la postcede. No hablo de más cuando digo que está tan llamada a ser Premio Nacional de Narrativa como lo estuvo Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe. Por eso resulta tan difícil advertir contra ella, desmontar su discurso, criticarla de manera dialéctica, porque cualquier cosa en contra de una vaca sagrada son palabras mayores. Y no se trata de estar en contra o a favor de esta novela, perdón, sino de desmontar de manera crítica y enunciativa el discurso que la sustenta, abrir sus engranajes de sentido a los lectores, algo, la necesidad de abrir el reloj narrativo, que en este caso es tan evidente y obligatorio debido a la sincronía de su representación ficcional con lo real que la sustenta. La diacronía crítica, la intertextualidad, y la sucesión de nuevos relatos harán mierda estas palabras que ahora escribo o conseguirán que lleguen a ser un matiz crítico interesante, una mirilla de claridad a través de una novela, Patria, sobre una época llena de complejidades.

No me lo esperaba, lo reconozco. En su momento avalé Los peces de la amargura del mismo autor, pero ahora siento tener que decir que este libro no ha cumplido mis expectativas como de seguro ha cumplido y cumple las expectativas de todos aquellos que necesitan y buscan un relato unívoco de todo lo relacionado con el conflicto vasco.

La narración de Patria nos acerca a unos personajes que han sufrido el dolor de perder a seres queridos de una manera injusta y totalmente incomprensible. También nos acerca a familiares de otros personajes que asesinaron a otras personas para conseguir objetivos políticos que entendieron no se podían conseguir de otra manera, y que en un momento fueron sujetos y responsables de una dinámica de violencia imparable. La novela Patria es un tren que se mueve encima de estos raíles paralelos, sujeto por ellos: a un lado las víctimas; y al otro lado los victimarios, los asesinos, los perpetradores como escribe Edurne Portela en El eco de los disparos. Uno y otro lado se encuentran en el mismo espacio. Uno y otro lado se contaminan, se necesitan, se repelen. Es la espiral terrorista-víctima-terrorista. Uno y otro forman parte de “las intrincadas redes afectivas que construyen nuestra sociedad“, la vasca, como apunta Portela. ¿Pero existe, cito de nuevo a Edurne Portela, “una capacidad de reconocer a la víctima como ser individual sufriente, así como una verdadera capacidad imaginativa para representar al perpetrador fuera del monstruo ininteligible”, en la novela Patria? ¿Existe en esta nueva novela de Aramburu un lenguaje imaginativo que plantee “la complejidad de los afectos que nos guían, que explore nuestra indiferencia, que nos haga situarnos dentro del conflicto, no fuera de él como jueces absolutos ante la supuesta maldad de los demás”?

Quiero encastrar la publicación de esta novela dentro del cuadro contextual en el que se produce. Este cuadro referencial tiene a mi entender dos polos, dos vigas maestras de pensamiento dominante: por una parte se está pergeñando un olvido parecido al que los franquistas ejercieron con la guerra civil española y sus genocidios, (izquierda abertzale), y por otra parte se está intentando conseguir apuntalar un relato sobre el conflicto vasco que sea unívoco y en el que se distinga claramente la bipolaridad, que certifique que hay vencedores y que hay vencidos derrotados, que hay buenos buenísimos y malos malísimos, y que hay también vencedores malísimos y derrotados buenísimos. Salir de este maniqueísmo, de esta camisa de fuerza ideológico-social imperante es lo complicado. Ahí está el reto. En este caldo social, entra con su mascarón de proa Patria.

Cosas que ocurren en Patria: Bittori necesita saber qué es lo que pasa en la casa de Joxe Mari, el padre del chaval que mató a su marido. Joxe Mari necesita saber si Bittori ha vuelto al pueblo, necesita saber si hay alguien en esa casa que lleva tantos años cerrada como años lleva en Polloe Txato enterrado, o “escondido”, como dice su hijo, Xabier. Y sabe que hay alguien, porque ve las persianas subidas y ve encendidas algunas luces de la casa. Fernando Aramburu ha explicado en uno de los promos del libro que Patria se le ocurrió a partir de una de las muchas notas que recoge y que son el semillero de sus novelas. La nota hablaba de la viuda de un asesinado por ETA. La nota se centraba en el deseo de esa mujer de que le pidieran perdón. La búsqueda incesante de ese perdón es la que dinamiza a este personaje, es su conflicto de alta intensidad que se escribe como si lo fuera de baja intensidad. Bittori es la mujer de un empresario de éxito, un hombre sencillo metido a gerente de una pequeña empresa de transportes al que en un momento dado ETA le envía una carta pidiéndole el impuesto revolucionario. Bittori es una mujer sencilla, poco ilustrada, muy religiosa y en muchos casos beata, simple. Miren, la mujer de Joxe Mari, es la madre del etarra, del miembro de ETA que participa en el asesinato del Txato. También, como Bittori, es una mujer extremadamente religiosa, folclóricamente religiosa. Las dos mantienen un paralelismo espiritual en el sentido de que ambas hablan con sus fantasmas interiores de manera muy directa. Bittori con su marido muerto. Miren con Ignacio de Loyola. Hay muchas escenas en las que Bittori se dirige a fotografías de Txato, habla con la tumba de su marido, y habla constantemente de manera interna con él, casi como un trasunto intertextual que nos remite a Cinco horas con Mario, de Delibes. Al otro lado, Miren hace lo mismo pero en este caso con Ignacio de Loyola, su espiritualidad protectora y consejera, el ‘magma pater’ que le ayuda y que le guía. Las dos se parecen muchísimo en su estructura mental y las dos están bien delineadas por su manera de hablar y por su manera de moverse en la novela. En cuanto a los maridos de ambas, por un lado nos encontramos con Txato, un ‘self-made man’, un empresario con una plantilla de veinte trabajadores, un macho alfa cuya ideología patriarcal y conservadora es evidente a la luz de los descubrimientos que nos otorga de él la novela, mediante, sobre todo, las charlas que tiene con él Bittori. Por otro lado, Joxe Mari es un lumpen, un pobre borrachín sin autoridad en casa, sujeto al matriarcado de su mujer y de alguna forma culpable indirecto por su inactividad varonil de las derivas nacional-abertzales violentas de su hijo: el asesino, el etarra.

A un lado unos, el nosotros, y al otro lado, esos, los otros. Sobre estas dos orillas se mueve el paquebote Patria. Alrededor de estas dos parejas detonadoras de la narración van y vienen otros personajes que actúan como actantes que lijan y ordeñan los sentidos simbólicos de la historia.

Arantza es la hermana del etarra. Está en silla de ruedas y es la única a la que le molesta y le ofende todo lo que les han hecho a Txato y a su familia, y así lo dice públicamente. Xabier, el hijo de Txato, es médico. Xabier es de polipropileno extruido, es un pan sin sal perfecto, es la ciencia, la objetividad, es la no sentimentalidad y es el hijo querido de Bittori, frente a Nerea, su otra hija que sufre desde Zaragoza el asesinato de su padre, que se niega a ir al funeral de Txato, y lo sufrirá siempre desde una vida, a los ojos de Bittori, echada a perder. Bittori no entiende las formas y modos de Nerea y así se lo explica y se lo hace ver cada vez que están juntas.

En el otro lado del espejo, simétrico a Nerea, se encuentra Joxi, el etarra, del que se van sabiendo cosas a medida que crece la novela en nuestras manos y en nuestra cabeza. Por momentos este libro parece decimonónico. El costumbrismo excelso que lo sustenta y sobre el que se corre de gusto este libro cumple una función a mi entender ambivalente. Por un lado enuncia de manera magistral técnicamente hablando a los personajes, y por otro lado de tan bien que están, nos los hace un tanto inverosímiles. Los personajes dan el pego la primera vez, luego se deshacen. Parecen personajes marionetas, Mazinger Zetas. De tan bien delineados que están, de tan excesivamente silueteados, parece que no son de carne y hueso. Pareciera que tuvieran un muñequito dentro que guiara sus pasos más allá de su libertad como personajes. Esta construcción de personajes está trabajada con un objetivo: servir a la tesis que insiste en crear un discurso, un relato unívoco que sea masticable, simple, popular, que pueda ser verdad histórica, que se convierta en el relato auténtico de lo que pasó, que comprima los acontecimientos en una diégesis dicotómica en un yin yan de buenos y malos, víctimas ganadoras y asesinos perdedores.

Cuando salió el libro de cuentos Los peces de la amargura, lo leí con intensidad. Dentro de aquellos años de plomo en los que muchos ya veíamos un final, recordemos las palabras de Arnaldo Otegui en el año 2004 en el velódromo Anoeta, el hecho de que el foco de la literatura se posara con sus pequeñas manos de papel en una historia que hervía la sangre a todo el mundo, era algo en primer lugar digno de señalar y en segundo lugar vigoroso, valiente, si no fuera porque esa palabra está hueca de tanto mal-utilizarla y porque la valentía, o al menos el uso de esta palabra en muchos casos es un trasunto de cobardes. La política como tema literario en el estado español y sobre todo con respecto a ETA -“La Cosa”, como la llama Iban Zaldua no ha tenido aún grandes libros con grandes o pequeñas preguntas mínimamente respondidas desde el hecho literario. Si la ficción se adentra en la historia de un asesino que siembra de cadáveres una ciudad blanca nadie se rasgará las vestiduras, aunque en cada línea nos metamos de lleno en los cerebelos de ese asesino reprobable. Pero si la ficción se mete de lleno en las cuevas cerebrales de un miembro de ETA, que ni se arrepintió, ni se ha arrepentido de lo que ha hecho, se produce una grieta en el lector y seguramente una culpabilización con consecuencias cuasi penales en el escritor o escritora autores de ese acto “terrorista”. Recordemos la rueda de prensa de Jaime Rosales en el Festival de San Sebastián tras el pase de Tiro en la cabeza.

Belén Gopegui, en su libro Un pistoletazo en medio de un concierto, ya habló detenidamente de las relaciones entre literatura y política. Pareciera que los libros, las novelas, no deben hablar de política. Cuando es sabido por todos que absolutamente todos los libros son de una o de otra manera política. El discurso hegemónico dicta qué libros hablan de política y cuáles no, cuando todos los libros son profundamente políticos. Pero la política es lo que no es la política naturalizada. Los libros y las novelas de política son aquellos libros o novelas que desnudan la política naturalizada desde otra visión política que no está autorizada por el convencionalismo hegemónico que detenta el poder político.

Gopegui incidía en un asunto fundamental: el aspecto de la verosimilitud. Milan Kundera, en El arte de la novela, decía entre otras cosas, que una novela es un territorio donde se suspende el juicio moral. Y yo apunto algo más, uno de los síntomas de la salud lectora de una sociedad, una comarca o un territorio gobernado desde unas premisas políticas tales, no es otro que el ejercicio limpio de la libertad de expresión desde cualquiera de sus parapetos, léase literatura, periodismo, artes. En los países capitalistas la palabra escrita no es peligrosa. Porque en los países capitalistas se da por hecho y por descontado que la palabra escrita, que las ficciones, todas las fábulas, deben obedecer y de hecho obedecen al mercado y al discurso hegemónico que las convierte en diegéticas, ¿digeribles? ¿Hay diégesis que no son digeribles? Sí, ésta. La diégesis sobre la que se fundamenta Patria, sobre la que Patria descansa, no es digerible. Por increíble. En muchos casos los personajes son inverosímiles, son moralizantes y están moralizados. Los personajes de esta novela, Bittori, Joxian, Joxe Mari, Arantxa, Nerea, están llenos de lugares comunes, hablan como hablan los titulares de los periódicos en los años del plomo de la violencia terrorista y armada. Hablan como esperamos que hablen y no cómo desconocemos que hablan.

Pienso que, desde un plano estrictamente literario, debemos ser capaces de discernir y de desligar el concepto de justificar del propio concepto originario de comprender y/o conocer. El comprender un hecho en toda su dimensión no encadena nuestra comprensión a la justificación sin paliativos del hecho comprendido. Comprender, discernir, conocer, ampliar el “conocimiento de los afectos”, impulsar una imaginación ética como diría Edurne Portela, no tiene nada que ver con justificar. En términos de guerra cualquier duda es alimento para las tesis del enemigo. As lo entendió por mucho tiempo el MLNV y la izquierda abertzale. Así lo entendió durante mucho tiempo el Estado español, su razón de estado y su posicionamiento en una guerra latente, una guerra invisible que se saldó con más de ochocientos muertos por parte de un bando, unos doscientos por parte del otro, y cientos de víctimas colaterales, heridos, y torturados y maltratados en cárceles (el último informe del gobierno vasco baraja la cifra de 4.500). Tras esta tragedia invisible y que ha sido constante, conviene repasar lo que ocurrió y sobre todo comprenderlo. Yo soy capaz de comprender las razones que llevaron a Francisco Franco a dar el golpe de estado de 1936. Eso no quiere decir que justifique ese acto de la voluntad de Franco, eso no quiere decir que justifique ese hecho. Yo puedo comprender por qué mataron a Miguel Ángel Blanco. Eso no justifica en absoluto que yo esté de acuerdo con ese acto de la voluntad humana, ese hecho tan miserable. Pero debo comprenderlo. Las víctimas de ETA hablan por ellas mismas y cada una tiene su historia de dolor y de resignación, de sufrimiento, de resiliencia y de olvido y memoria. Pero llegados a este punto y en este punto: ¿dónde está la literatura?, ¿dónde se sitúa el narrador, el escritor?

En el discurso de recepción del premio Nobel, Albert Camus contestó de manera transparente a esta pregunta: “El escritor debe estar con aquellos que padecen la historia, no con los que la escriben”; Edurne Portela, en su ensayo, como ya se ha citado, dice: “porque somos incapaces de reconocer a la víctima como ser individual sufriente, así como no podemos imaginar al perpetrador fuera del monstruo ininteligible”, quedémonos en la víctima. He dicho en párrafos anteriores que esta novela es una locomotora que avanza pausada por dos raíles paralelos: unos capítulos se centran en una familia de víctimas de un asesinato de ETA y otros lo hacen en una familia de un miembro de ETA. Llegar a reconocer a Bittori como ser individual sufriente se hace excesivamente complicado, porque tanto Bittori como la mayor parte de sus familiares están llenos de excesiva bondad, así como está llena de excesiva maldad la familia que componen Miren y los suyos. Ambos grupos de personajes compactan los bandos, ambos grupos se sitúan uno frente al otro desde una excesiva autoenunciación. Por eso me choca tanto este aspecto. Me choca porque me descuadra con lo planteado, porque personajes que saben tanto de sí mismos, que no se desvían ni un milímetro de las líneas oficiales políticas, de los relatos que quieren imponer unos y otros, me resultan poco creíbles. Son estereotipados. Si extraemos su ideario, sus ideologías, tan evidentes, tan poco desarrolladas, nos encontramos de lleno con la más pura ortodoxia congeladora que hace de un personaje un simple portador de las ideas, de las tesis de un narrador/autor. Pero quizá esto sea así porque el narrador quiere mostrarnos la incultura social de cada uno de los bloques, la poca comunicación entre ellos, la psicosis paralizante que los aqueja. No lo sé. Puede que sea eso. Pero a mí lo que me queda es un recorrido por historias encontradas a lo largo de ochocientas páginas que no acaban de ser orgánicas. ¿A qué obedece esta novela, a qué obedece esta estrategia? Porque esta manera de enfocar los personajes es decisiva: está la casa “de esos” y “nuestra” casa. El narrador está contaminado por su tragedia, tan contaminado que nos hace incluso muy difícil penetrar en dicha tragedia.

Patria es un toma y daca entre dos familias que viven muy juntas, que se conocen, que se han ayudado. El hombre de una de las familias ayudado por el otro, el hombre, el macho alfa de una de las familias (el que es “asesinable”, en palabras de Bittori), y el pobre borrachín falto de autoridad, el padre del asesino, de uno de esos, los de ETA. Así contado parece un cuento de porteras. Reconozco que de las primeras impresiones que me produjo la novela, quizá la más fraudulenta fue la conversación, el diálogo entre dos vecinas anónimas del pueblo contado en un autobús cuando reconocen a Bittori, la mujer de Txato, asesinado por ETA, entre los pasajeros del autobús que va al pueblo, en uno de sus viajes a su casa, cuando Bittori ya había abandonado el pueblo hace tiempo por miedo a las represalias y para olvidar. Una de ellas, con ánimo de explicarse, le dice a la otra: “Es el conflicto, Pili, es el conflicto”, y yo recuerdo: “Es la guerra, idiota, es la guerra”, “Es la economía, estúpido, es la economía”. En momentos como éste, y hay muchos de este tipo en el libro, a mí personalmente la narración se me corta, se me desplaza, la ficción resbala y se le ven las manos manipuladoras al narrador. Cuando los personajes no acaban de tener la densidad de personajes requerida, la complejidad que los hace personajes, es cuando la verosimilitud se eclipsa.

Da la sensación de que los personajes de Patria obedecen a una tesis prefijada por el autor-narrador, la de que todo debe conducir a condenar el mundo que se ha creado en torno a la violencia y que ha sido cómplice y protagonista de la violencia terrorista. Pero se da una paradoja: mediante esa estrategia puesta en práctica, ocurre no lo contrario, ocurre que el objetivo de la tesis predeterminada no se cumple, ya que los personajes no son creíbles. No llegamos ni siquiera a hablar de supremacía moral de unos sobre otros. No se llega ni a eso. Se vuelve a caer en algo comentado anteriormente: se parte de una tesis incuestionable para todos los que pueblan la ficción de Patria, una tesis que impide la comprensión del mundo que rodea a todos los que pueblan la ficción de Patria. Y los personajes, cuyo conflicto, porque todo personaje no es ni más ni menos que un conflicto, nada más y todo eso, los personajes, digo, son uno de los instrumentos con mayor capacidad dentro de las novelas para comprender e iluminar lo real desde la ficción, mucho mejor que los seres humanos. Esto es así, porque los personajes de una novela tienen una característica que no tienen los seres humanos: se inician al empezar un libro y se concluyen al acabarlo, dotando a su maquinaria de puros personajes de un sentido, de una interpretación acerca de los conflictos en los que se mueven que siempre resulta reveladora. Es decir, la literatura, y la novela en concreto, tiene en sí una capacidad enorme de comprensión de la realidad siempre y cuando se cumplan una serie de condiciones y una de ellas, inexcusable, es la latencia permanente de la verosimilitud y la inquieta y poderosa fuerza que emana de los conflictos que se desarrollan de manera imprevisible y nunca acotados bajo las premisas ideológicas del autor.

Y ahora cito una frase del  autor recogida de una de las entrevistas que le realizó para El País,  tras la publicación de Patria: “La derrota literaria de ETA sigue pendiente”. A mí me resulta difícil de comprender esta frase puesta en boca de un escritor. Un Ministro del Interior sí que podría decir esto. Esta frase es inverosímil en boca de un autor y es verosímil en boca de Fernández Díaz, o de un miembro del CESID.

Lo que quiero decir es que si utilizamos la literatura como “gasofa” de fundamentos políticos hegemónicos, luego no caigamos en contradicciones como ésta, también de la misma entrevista: “Tanto la política como el sentimentalismo o el fanatismo conducen directamente a la mala literatura. Para mí la literatura está muy por delante de la política, muy por delante. Yo no pongo la literatura al servicio de la política, porque si lo hiciera solo saldrían simplicidades”. Me resulta muy extraño conjugar estas dos citas.

Pero quedémonos con la primera: la derrota literaria de ETA sigue pendiente. En esta cita se dan por hecho dos cosas: una, que existe una literatura pro-ETA: y dos, que la literatura debe ser un arma de acabamiento de ETA. Supongamos que el aserto literatura pro-ETA es veraz. Damos por hecho que existe una literatura de ETA, una literatura que justifica el terrorismo, ¿realmente esto es cierto? Porque si existe el realismo etarra, por incorporar un nuevo género, una literatura que al estilo del realismo socialista para con la clase obrera o al estilo de la literatura del realismo capitalista con respecto a la clase consumidora, debería ser un género o un corpus teórico que fundamentara novelas cuyo sentido y objetivo final fuera construir la bondad del etarra y su heroicidad. Pero si de hecho seguimos con la hipótesis que surge de esta cita, podríamos decir también que existe el realismo victimario, novelas que realzan la bondad de las víctimas y que frente al realismo etarra buscan ensalzar a la víctima como héroe en medio de un paisaje maniqueo de buenos y malos. Y en esas estamos. ¿Debemos construir esos dos frentes literarios? ¿La literatura se escribe para esto?

No me atrevo a dictar bondades o maldades sobre Patria. Creo que es una buena novela para los que conocieron el conflicto vasco desde los altavoces del Ministerio del Interior y desde el bloqueo informativo de los medios de comunicación. También es una buena novela para los ortodoxos del oldartzismo abertzale, porque justifica sus odios al otro. Pero a la vez creo que no es una buena novela para la literatura, porque en Patria no se comprende a los personajes, se toma partido con unos frente a otros y se justifica el relato que quiere imponerse frente a una historia, la del conflicto vasco, llena de otras muchas historias más verosímiles, de mayor organicidad, de mayor multiplicación de afectos, que poco a poco deben salir a la luz. El tiempo dictará sentencias. Y la historia nunca nos absolverá.

¿A qué estamos: a Rolex o a setas? ¿A qué estamos: a construir la literatura de la Patria o a crear la patria de la literatura?

Patria (Tusquets, 2016) de Fernando Aramburu | 648 páginas | 22,90 €

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  1. Espléndida crítica, perfectamente argumentada.
    Aramburu tiende a construir sus relatos sobre esquemas tópicos y en cierto modo maniqueos, porque su brújula es la insensatez humana y sus múltiples esperpentos, por eso hace, en mi opinión y hasta donde sé, costumbrismo de tipo festivo, ligramente ácido, de sátira light. Yo creo que ésa es la causa de que sus personajes se desdibujen y disulevan. En este caso se faja en el drama porque, inevitablemente, se trata de una gran tragedia colectiva, pero los personajes no muestran la hondura necesaria.

  2. Me sentí “obligado” a leer Patria ante la aclamación con la que fue tratada casi desde antes de su publicación -y que parece que proseguirá-, y escríbí un comentario bastante indignado ante lo que me parecía una mala novela. La argumentación de Jabo tiene un rigor del que carezco, pero me reafirma en mi intuición como lector. Sólo apuntar aquí sobre dos aspectos más: el primero concierne al uso del lenguaje que algunos han celebrado. Decía mi comentario: “A la rigurosa utilización de la terminología que desde los 90 resultó contraseña ineludible para cualquiera que quisiera referirse al conflicto vasco en los medios españoles –“banda terrorista”, “los violentos”, “las Fuerzas de seguridad del Estado”, “los nacionalistas”, “los partidos del espectro constitucionalista” o los abertzales–, se suma el propio uso de la lengua española (con los verbos en condicional –si habríamos estado– o el infinitivo como imperativo –a mí dejarme tranquilo, callaros de una vez–, tan celebrada por los críticos: “El fin expresivo siempre ha determinado sus proyectos y aquí es determinante el deje oral sin pulir. Debía escribir una novela sobre la identidad colectiva vasca. Lo ha conseguido” (El Español).
    “Aunque naciera allí, parece mentira que alguien que vive en Alemania hace tantos años y cuya lengua habitual es el alemán pueda captar tan bien, y con tanta naturalidad (por eso me referí a su escritura sobria) la manera de hablar de los vascos. Con sus giros, su peculiar uso de los tiempos verbales. Y con sus contadas palabras y expresiones en euskera. Más allá, las frases inacabadas, los neologismos, el uso del “conque” o de barras para expresar distintos conceptos para una misma situación. Lo oral (el relato está lleno de diálogos) está conseguido. De manera natural (insisto), o eso parece” (Álvaro Valverde en su blog http://mayora.blogspot.com.es/2016/09/despues-de-leer-patria.html). Sin embargo, yo lo percibí como una muestra más de un burdo costumbrismo maniqueo completamente trasnochado (huelga decir que los que dicen ‘habríamos’, ‘dejarme’ o ‘callaros’ son los garrulos abertzales, mientras que los que sufren su acoso se expresan en correcto castellano, aunque digan aita o ama). ¿Alguien se imagina la caracterización de un personaje andaluz ceceando o de un manchego repitiendo ‘ejque’ en una novela con pretensiones de alta literatura contemporánea? Huelga también decir que el cura nacionalista es un ser humanamente repugnante –amén de halitoso–, mientras los acosados, asesinados y españoles en general son amables y generosos; siempre atentos a no caer en el rencor aunque los maten como a perros (“Sucedía lo contrario con Angelita y Rafael –los padres inmigrantes del marido de Arantxa– …que eran de suyo apacibles, generosos, divertidos”, pág. 433), mientras los abertzales son burdos, mezquinos, deleznables: “La ama, tiene aproximadamente la misma sensibilidad y la misma empatía que el tubo de escape de una moto” (pág. 86) “¿Y cuánto le piensas pagar? [a la amable ecuatoriana que iba a cuidar de Arantxa, la hermana del terrorista]; –Diez euros cada vez que venga; –Es poco; –Son pobres; –Ella sabrá agradecerlo” pág. 66); y así, un cansino y largo etcétera.”
    El segundo tema que, a mi modo de ver, ilustra algo de la reseña de Jabo se refiere explicitamente a la función del escritor. Uno de los personajes secundarios de Patria es precisamente el hermano del etarra que escribe en euskera. Esto es lo que escribí sobre el tema:
    “ESCRITOR EN EUSKERA” FRENTE A EL ESCRITOR
    –“¿Se arrepintió de aquellas declaraciones suyas en la Feria de Guadalajara, en las que dijo que “Los escritores en lengua vasca están subvencionados y no son libres”?
    –No me arrepentí, pero maticé lo dicho, porque eran transcripciones… Sigo creyendo lo mismo, igual que mantengo a rajatabla mi independencia. El tema era el de la libertad del escritor, cómo puede ser libre o no serlo un escritor que vive en una sociedad donde actúa una banda armada. Muchos no podían ser libres y se tuvieron que ir. Y luego hay otros escritores que no fueron libres de otra manera, que se callaron. Y esto lo dije públicamente después de hablar con víctimas que me decían que se sentían desamparadas por la literatura… Creo que ahora la situación es más relajada y las susceptibilidades son menores”. (Seisdedos para Babelia)
    Expresado en estos términos, no parece que la cuestión traspase el pique entre colegas más o menos subvencionados, además del tema más serio de la libertad o servidumbre del escritor. Se pasa de puntillas por aquellas declaraciones infames que indignaron al conjunto de los escritores en euskera, a sabiendas de que apenas podrían defenderse en los medios de lengua española. Viene al caso aquí porque quizá sirva para esclarecer la naturaleza de la misión que ha asumido Aramburu como agente de la “derrota literaria de ETA”. ¿Siente la íntima necesidad de redimirse por haberse marchado él también, o por no haber empatizado lo suficiente con las víctimas de ETA? (“Tengo una convicción: la de que, con contadas excepciones, los escritores, intelectuales y, en fin, las personas que en Euskadi ejercen el oficio de expresarse en público no han, no hemos, estado a la altura de nuestra historia reciente” escribió en el artículo en el que matizaba sus declaraciones en Guadalajara). Como digo, se produjo entonces una ola de indignación por en los escritores en euskera que desmentían las falacias de Aramburu en relación al tratamiento que la literatura vasca había otorgado al terrorismo desde todos los posibles enfoques. Se realizaron largos listados de libros en euskera, desde ‘Ehun metro’ de 1976 hasta ‘Martutene’ de 2012, ambas de Saizarbitoria que incluían decenas de novelas; un listado que ha ido creciendo hasta hoy. Mi impresión fue que, más allá de la indignación, algunos aceptaron las disculpas de Aramburu –otros no se hubieran retractado lo más mínimo: “Las palabras difundidas en la prensa días atrás junto a mi nombre no son directamente mías, sino resultado de la transcripción, el resumen y el corta y pega del periodista de turno. Ya solo el titular que se me atribuye tira de espaldas. “Los escritores vascos”, dice sin matizaciones. Ni siquiera “algunos” o, estirando la goma, “numerosos”. Y a continuación un reproche que en realidad iba en otro lugar de mi reflexión. Así y todo, reconozco que hablé sin humildad. Pido por ello perdón”–, dejando el regusto amargo en quien, de hecho, no ha podido aclarar la cuestión, simplemente porque el altavoz del que dispone no tiene un mínimo alcance para hacer frente a una acusación infundada. La respuesta que quizá mejor recoge esta impresión provino de Anjel Lertxundi, un escritor en euskera nada sospechoso de “connivencia con el terrorismo”: “Las desafortunadas declaraciones de Fernando Aramburu en Guadalajara venían a alimentar las tinieblas del discurso mortífero. Su posterior arrepentimiento público, tan insólito en el panorama actual, le honra, pero no disipa del todo las tinieblas… Tanto sus declaraciones primeras como el artículo en el que pedía perdón se hacen eco… de un cúmulo de malentendidos, prejuicios y maledicencias en torno a todo lo que tenga que ver con la lengua vasca. Es una cuestión que me preocupa, porque creo que se trata sólo de la punta de un iceberg de bulos de mayor calado. […] En ambas lenguas ha habido escritores comprometidos contra ETA y escritores que han justificado las acciones del grupo armado. Y, sin embargo, Aramburu se refirió solo a los escritores en lengua vasca. Fue inmisericorde solo con ellos. El hecho de que posteriormente haya pedido perdón no anula la cruel certeza subyacente: hay mucho ciego que, en lugar de señalar las grietas del ‘stablishment’ literario del que forma parte, blande su bastón de ciego contra el sistema literario más débil. Y el esquema es extrapolable a otros ámbitos intelectuales y sociales. […]La sal gruesa, tan frecuentemente utilizada cuando se trata de abordar la ‘cuestión vasca’, ha aderezado multitud de intereses espurios, y no quisiera sospechar lo peor: un premio importante, con el subsiguiente bosque de micrófonos y su proyección en todo el mundo de habla hispana, no deja de conformar una oportunidad que pocas veces se presenta. Una oportunidad que se aprovecha aunque sea a costa de denigrar una literatura de pequeñas magnitudes, que pugna por sustraerse a la invisibilidad, y que, cuando se hace visible, se convierte en objeto de desdén o chirigota. Fernando Aramburu sabe que el altavoz de que gozaron sus palabras difícilmente podrá ser contrarrestado” (Palos de ciego. Diario Vasco, 8 de diciembre de 2011).
    El hecho es que si el desmentido creó alguna duda sobre la posición de Aramburu, en Patria las dudas se han despejado completamente. Entre las diversas polaridades maniqueas que he apuntado, esta no es la menor, pues el autor se retrata a sí mismo en contraste con el pusilánime personaje del escritor en euskera que no tiene más opción que huir del pueblo para no terminar siendo un terrorista más, y vive de las subvenciones, eso sí, escribiendo literatura infantil o colocando sus escenarios “en África o en América”. Las referencias a dicho personaje son antológicas: “[Tras el premio por un poema en euskera] me han invitado a una ronda de lecturas por distintas ikastolas. Pagan bien, incluso muy bien. Contribuyo a la difusión del euskera. Voy tirando” (pág. 253) “[El cura le convocó, y él acudió] sin ganas, encogido de timidez… se rascaba la nariz cada dos por tres para protegerse de su halitosis. Don Serapio, al hablar, entrechocaba las yemas de los dedos. En su cara se dibujaba con frecuencia una mueca de dolorida ternura. Se expresaba parsimoniosos, en un euskera pulcro de seminario, salpicado de modismos añejos… Dios te ha concedido talento y vocación… El euskera, alma de los vascos, necesita apoyarse en una literatura propia. Novelas, teatro, poesía. Todo eso. No basta con que los niños vayan a la ikastola… son más necesarios que nunca unos grandes escritores. Un Shakespeare, un Cervantes en euskera, eso sí que sería maravilloso… Cuando tú escribas es Euskal Herria la que, desde dentro de ti, escribe… (pág. 349). –“Muy bueno tu artículo de ayer. No entendí nada, pero me gustó. Sigue así. El euskera se convirtió en su principal fuente de ingresos ¿Lucrativa? De momento… Mientras escribas para niños, te dejarán tranquilo. Pero hay de ti, chaval, como te metas en líos de la tierra. En todo caso, si te da por escribir para mayores, pon tus historias lejos de Euskadi. En África o América, como hacen otros” (pág. 359) “[Gorka] es tan cobarde como tantos otros en el pueblo que dirán por lo bajito es una salvajada… Es el tributo que se paga vivir con tranquilidad en el país de los callados…” (pág. 462).
    Frente a él, el propio autor se presenta en el capítulo 109 en una charla a la que fue invitado por la asociación de víctimas COVITE en San Sebastián –esto no es ficción, pues la charla ocurrió y Aramburu se expresó en idénticos términos que en la novela: “Este proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista surge en mi caso de una doble motivación. Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho. […] Escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias. […] Escribí, desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano… Procuré evitar los dos peligros que considero más graves de este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política… procurando trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror. Quizá exagero, pero tengo el firme convencimiento de que también está en marcha la derrota literaria de ETA” (págs. 551-553). En el fuego cruzado, Aramburu o Savater acusan a todo nacionalista (y parece que lo fuera cualquiera que no comulgue con sus postulados sobre lo vasco) de lucrarse con las manos manchadas de complicidad asesina: “No hay lógica, sólo delirio y probablemente negocio”, afirma un personaje de Aramburu. “Ahí está, delirio y negocio”, remacha Savater (‘Raíces’ El País, 24 de septiembre de 2016) .
    Pero lo que esconden tales infamias es algo que poco tiene que ver con el terrorismo y mucho con la función de un idioma en la constitución (nacionalista) de todo Estado-Nación moderno. España lo es, y los ciudadanos que se identifican plenamente con él no se consideran nacionalistas; el País Vasco, no; y quienes se reafirman como vascos son tachados de nacionalistas (o, más amablemente por Savater, de “supersticiosos étnicos, patibularios, aldeanos egoístas, clericanallas y tantas cosas más”). El idioma y sus instituciones –incluida cierta literatura– cumplen una función fundamental de creación mítica y homogeneización nacional y, en un caso como el de la literatura en euskera dentro de un Estado-Nación como España es necesariamente problemático (y un problema político, no de índole “cultural”). Más allá de sus palabras, para Aramburu la literatura en euskera –que necesariamente cumple una función nacional, más allá de la ideología de sus escritores– no existe porque no debiera existir, más allá de un lugar folclórico-etnográfico que siempre enriquecerá la variedad de su cultura patria (española). Le he oído decir que aprecia lo que se escribe en euskera y que tiene libros firmados por sus autores en su biblioteca. ¡Pero debe ignorarlos! No sólo por su posición nacionalista española, sino porque la especificidad que le lanza en su carrera como escritor (el magno proyecto de “la derrota literaria de ETA”) se encuentra con la competencia de una literatura que lleva años tratando el tema y, frecuentemente, con mucha mayor altura o calidad que él. En el sistema literario español, un escritor que publica en euskera se convierte automáticamente en invisible, inexistente o, como mucho, en exótico y marginal. Aunque su obra tenga reconocida calidad y haya sido traducida, siempre será un escritor de provincias con un pecado original secretamente imperdonable: escribir en una idioma que no es “el idioma nacional” español. No soy el único que lo pienso: los relatos de ‘Bizia lo’ de Jokin Muñoz (traducida al castellano como ‘Letargo’) son bastante mejores que los más logrados de ‘Los peces de la amargura’. Resulta un agravio comparativo comparar literariamente a ‘Twist’ de Harkaitz Cano o a ‘Hamaika pauso’ (“Los pasos incontables”) o ‘Martutene’ de Saizarbitoria con Patria. Donde ésta última falla es precisamente en su calidad literaria, y falla encubriendo con recursos literarios más que discutibles una servidumbre política e ideológica –finalmente patriótica– que rezuma de la obra y de toda la campaña mediática que la acompaña”.

  3. Después de leer esta crítica, aflora en uno la impresión de que el sentido común no ha sido asesinado, aunque traten de sepultarlo quienes se consideran por encima del bien y del mal y los escritores que abrazan el ideario que, esos mismos, les ponen delante o que están dispuestos a pagar el precio del éxito de publicación asegurado.

  4. Tras la lectura, en su día, de las críticas de las dos primeras novelas de Kirmen Uribe, y una vez leída esta tan acertada de “Patria”, espero con verdadera expectación la crítica de la última novela de Uribe, “La hora de despertarnos juntos”, otro de los libros en liza en “la batalla de los relatos” de marras.

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