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La llamaban Trinidad

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Corría el mes de julio del año 0 d.c. (después del confinamiento) y los programas de eventos literarios se hacían selfies con el paisaje de fondo de un páramo desolador. En el mejor de los casos, algunas librerías subían tímidamente sus persianas a su clientela habitual a cambio de que ésta embadurnara sus manos de un gel hidroalcohólico que nada tenía que ver con los antiguos caldos alcohólicos con los que remataban sus presentaciones de libros. Algunos autores se atrevían, también tímidamente, a traspasar esa frontera impuesta de la pantalla del ordenador, de la tablet o del móvil y transformaban en carne y hueso los directos de Instagram, los encuentros vía Zoom o la multitudinaria algarabía silenciosa del Facebook Live. Todo era máxima precaución, distancia social y mascarillas, como si estuviéramos pertrechados para robarnos a nosotros mismos nuestro propio futuro…

Pero hete aquí que, en una aldea del norte, unos aguerridos combatientes (de los que combaten, no de los que saltan a la comba, como diría Cristina Morales) desafiaban al parte médico habitual y abrían sus puertas de par en par a forasteros, amigos y asiduos visitantes bajo el imponente y ya clásico nombre de “Semana Negra de Gijón”. Había controles, había medidas de seguridad, había precaución, toda la del mundo… Pero había Semana Negra de Gijón. Y allí estaba, acompañada del siempre lúcido Luis Artigué, la escritora Txani Rodríguez, que más que un libro parecía que presentaba un piropo a los organizadores del evento: Los últimos románticos.

Y Txani Rodríguez estaba allí lo mismo que podía haber estado en la Semana Romántica de Teruel (caso de existir, la Semana, claro) o en la próxima edición del Ja! en Bilbao. Porque Los últimos románticos abarca tantos géneros que es imposible ubicarlo en uno sólo.

Con un estilo delicado y sutil, la autora escribe desde un yo sincero, arrebatador, frágil. La elegancia de la voz narradora, que es la de la protagonista, se contagia en la sucesión de breves capítulos que, a modo de pequeños pasos, te guían por un camino incierto, tierno, triste en ocasiones y esperanzador en otras.

Txani Rodríguez conquista el corazón del lector, atrapa su mirada, lo hace cómplice y, ya desde el principio, uno se presta a conocer la vida de Irune, la protagonista, sin saber muy bien si la quieres como amiga, si la quieres como hermana o si la quieres como confidente. Sólo tienes claro que la quieres seguir. Se trata de un personaje atípico, una persona atípica, solitaria no tanto por devoción como por circunstancias, lo que le confiere cierta fragilidad superficial que ella misma se encarga de desmontar cuando la ocasión lo requiere y la justicia de la causa le impulsa a posicionarse en el lugar correcto, aunque no en el más conveniente para su futuro profesional.

El nombre de Irune proviene del euskera y significa Trinidad. Se dice de quien así se llama que es una mujer fuerte, inteligente y sensible. Y que, aunque es decidida en todo lo que tiene que ver con lo profesional, necesita el apoyo cercano de quien más quiere para tomar sus decisiones. Hasta en este aspecto, ha tenido la autora el acierto a la hora de bautizar a su protagonista.

Los últimos románticos es, sobre todo, una novela realista, espejo de una ciudad del norte y su entorno industrial, en una época en la que el escenario laboral vivía bajo el continuo miedo de ver cómo se echaba el telón gris y las cartas de despedida se convertían en cartas de despido. Quizás sea ese, el fin de un modelo productivo y las consecuencias que provocó en el ámbito laboral, el cadáver necesario para que pueda ser considerada como una novela de género negro.

La incertidumbre, la incógnita por lo que sucederá el día siguiente, la incomprensión, la soledad, la ternura, el miedo, la búsqueda infatigable del amor… Son tantas las sensaciones que maneja, propone y expone Txani Rodríguez en Los últimos románticos que, tras leer la novela, uno afianza su fe en la Literatura como una parte sustancial de la vida.

Los últimos románticos (Seix Barral, 2020) | Txani Rodríguez | 192 pags. | 18€

admin

4 comentarios

  1. Qué subidón, Eduardo. Apuntada como imprescindible. Muchas gracias por la reseña.

  2. De estas (no tan frecuentes) reseñas que te provocan la tentación (resistible solo por la distancia física, que no social) de bajar de inmediato a la próxima librería y pedir la obra.

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