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La mañana en que desperté con el corazón hecho de polietileno

mortal

¿Puede ser que la sobreexposición sentimental, el exceso de desnudez, en la literatura consiga el efecto contrario al buscado? ¿Pueden verdaderamente aunarse el dolor y el lirismo sin provocar efectos secundarios?

Hay que ser muy osado para poner en tela de juicio una obra como Mortal y rosa (1975) de Francisco Umbral, y por eso José M. López disfraza su crónica sobre la insensibilidad bajo la forma de un relato con guiños al cine más ochentero: el del día que pasó con el corazón hecho plástico por culpa de este clásico.

 

José M. López

Aquel día me levanté descansado y más ligero de lo normal, como con tres o cuatro kilos menos. Después de vestirme me dirigí a la cocina, y me extrañó ver a mi mujer ya despierta dando de desayunar a los niños, qué horas son estas, las ocho ya, a las siete estás siempre en planta, despertar a los niños, darles el desayuno y luego levantas a tu amada esposa, que sabes que no duermo por las noches y necesito más horas de sueño, y hoy ni el desayuno en la cama, como haces siempre, con esa rosa junto al zumo de naranja, y te veo raro como más delgado como con tres kilos menos. No sé cómo me había podido quedar dormido, la primera vez en quince años de matrimonio. Algo conmocionado me dispuse a salir para ir a trabajar, cuando de repente sentí un brazo en mi hombro pero ni siquiera le das un beso a tus hijos antes de irte, pero qué raro estás hoy, no vas a echar de menos a tus ochos angelitos. Pero me fui sin propinar los ocho besos, no tanto por el agobio de llegar tarde al trabajo sino porque esa mañana parecía que todo me daba igual. Definitivamente, me encontraba raro, me sentía otra persona, no andaba, casi volaba por la calle, y sentía algo distinto en mi interior, como si me faltara algo, no sabría decir qué. Hasta que en un momento concreto me di cuenta de que algo realmente extraño estaba sucediendo dentro de mí. Todos saben que el mundo se divide en dos tipos de personas, y solo dos, y son, por un lado, los que, cuando pasan junto al carro de un bebé, se asoman y no pueden resistir un gesto o comentario de ternura del tipo oh qué ricura; por otro, están aquellos insensibles bloques de hielo que ni se dan cuenta de si lo que ha pasado por su lado es un carrito de bebé o una máquina de churros. Yo, por supuesto, siempre he sido de los primeros, y nunca he podido resistir asomarme al interior de los carros que cada mañana se me cruzaban de camino al trabajo. Pero esta mañana, oh Dios, me di cuenta de que se me habían cruzado ya tres y ni me había inmutado. 

Un sudor frío recorrió mi frente al recordar la tarde del día anterior, no puede ser no tiene lógica, yo no creo en la magia, además la culpa es de mis hijos, que somos muy mayores, que no nos gustan los parques de atracciones, papá, que te montas en todo y nos dejas solos, pero es el fabuloso parque de atracciones de Josh Baskin, el parque de las mil maravillas solo viene a la ciudad una vez al año, pues me voy solo, no me da vergüenza, el mundo se divide en dos tipos de personas y solo dos, a las que le gustan los parques de atracciones y a las que no , yo lo tengo claro, en casa no me quedo, qué buena tarde, que si el gusano loco, que si el pulpo, que si el látigo, un poco de algodón de azúcar, se está mejor solo, al final de la tarde esa vieja máquina, el viejo adivino con la boca muy abierta, se conceden deseos, bueno, quizás tienen razón, no ser tan sentimental, un poco meloso sí soy, cursi, me dicen, pues algo menos, no estaría mal, pero que yo me veo bien, más que nada por ellos, que se avergüenzan, pero no, yo no creo en eso, eso es magia negra, y además la maquina estaba desconectada.

Decidí borrar todas esas supersticiones de mi cabeza y continué camino al trabajo. Una vez allí parecía haber vuelto a la normalidad… hasta la hora del desayuno. Bajamos al bar los cuatro  operarios de siempre, y, como sucedía cada día, la charla matutina versaba sobre los mismos temas, pero esta vez yo no hablé en todo el desayuno, y, es más, su conversación me creó una especie de sopor irritante o de irritación soporífera, no sabría decir, pues mala nochecita me ha dado el mío hoy, apenas he dormido, el mío del tirón sus seis horas esta tarde a kárate, inglés y solfeo, y un cumpleaños con los de su clase, porque yo ya no leo nada, ni veo películas, oh, el cine qué es eso, ni falta que me hace, porque es que hay dibujos que son para adultos, Bob Esponja, te da que pensar. Sin duda, algo me sucedía. Ese que estaba sentado a punto de vomitar mi tostada y mi café no era yo, era otro esa persona que albergaba mi cuerpo, alguien sin sentimientos, era como si esta mañana me hubiera despertado sin corazón, o al menos con el corazón hecho de polietileno, el material con el que se fabrican los juguetes, y no de amor y buenos sentimientos como el que solía yo tener. Estaba aterrado y no pude volver al trabajo, así que corrí desesperadamente a casa en busca de prueba definitiva, la que corroboraría sin duda alguna si seguía poseyendo corazón o si por el contrario albergaba mi pecho un inerte sucedáneo de plástico. Por el camino otro golpe de horror sacudió mi cabeza. Saqué el móvil para mirar la hora, y, cáspita, la fotografía de mi familia veraneando en Benidorm que tenía de salvapantallas había desaparecido. Seguí corriendo a buscar esa prueba final, ese examen definitivo que me revelaría incuestionablemente si esa horripilante máquina de deseos de ayer tarde no había cumplido su cometido, si seguía siendo la persona sensible y ñoña de siempre. Sí, esa prueba no podía fallar. Llegué a casa, y en mi dormitorio, justo debajo de mi almohada allí estaba, mi ejemplar de Mortal y rosa de Francisco Umbral, aquel libro con cuya lectura no podía dejar pasar ni una sola de mis noches justo antes de conciliar el sueño, aquel que provocaba, irremediablemente, que una lágrima de emoción resbalara por mis mejillas inmediatamente antes de dormir -no sin besar en la frente a mi querida esposa previamente-, Mortal y Rosa, uno de los libros más terribles y bellos de la literatura española, Mortal y rosa, intensidad lírica, amor infinito de un padre hacia su hijo, dolor por la pérdida, en definitiva, una obra inmortal. Me acurruqué en la cama y abracé con cariño las tapas del libro. Empecé a leer lentamente un fragmento al azar y… las lágrimas volvieron a resbalar sobre mis mejillas. Pero no de emoción, sino del pánico que me provocó el definitivo convencimiento de que mi corazón había desaparecido, o estaba hecho de polietileno, sí, el material con el que se fabrican los juguetes. Ese día el libro me pareció un pretencioso tratado de sensiblería y sentimientos elevados. Su estilo excesivamente digresivo, a la manera de un ensayo meloso sobre el dolor y la pérdida, realmente me irritaba. Me enfurecían sus  “nietzscheanas” sentencias que el autor repetía hasta la saciedad, sus ingeniosos silogismos basados en ocurrentes metáforas: el alma es la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto, el esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro, la salud es un delicado equilibrio de deflagraciones que no paraba de repetir en cada párrafo me hacían sentir como un alumno despistado de esos que se sientan atrás y no se enteran de nada. Todo vestido de una prosa poética tan elevada y pedante que no hacía más que distanciarme de esos sentimientos que el autor parecía querer transmitirme. Sí, es cierto que durante las más de tres horas que ese día estuve releyendo con desesperación el libro aprecié la agudeza y la sensibilidad de aspectos concretos, pero en su conjunto la obra me pareció fallida y pedante, compuesta por un tipo que escribía desde una torre tan elevada que me hacía sentir no solo como un insensible, sino también como un estúpido. Así que tras su lectura, quedé convencido: me había convertido en un auténtico monstruo sin sentimientos.

Pero no podía resignarme a mantenerme en este estado de dureza e impasibilidad en el que me encontraba. No me quedaba otra. Tenía que volver al fabuloso parque de atracciones de Josh Baskin, el parque de las mil maravillas, y pedirle a la máquina, la del adivino de la boca muy abierta, rogarle que invalidara mi deseo, que lo anulara como se anula una transferencia, porque yo no quería ya el producto, me había arrepentido de aquella compra, cancelar, cancelar. Corrí con mi Mortal y rosa en la mano, y, cuando llegué a la zona donde el día anterior se afincaba el fabuloso parque de atracciones de Josh Baskin, el parque de las mil maravillas, ya solo había un descampado, nada quedaba de ninguna de las mil maravillas, ni por supuesto nada de la máquina del adivino con la boca muy abierta. Estaba febril y debilitado, y mis exiguas fuerzas tan solo me permitieron abrazar mi ejemplar de Mortal y rosa y llorar gritando al cielo. Tras ello caí exhausto.

Me desperté ya de noche en aquel descampado, en aquel páramo que antes había albergado las mil maravillas, y decidí, resignado ya a mi nuevo y frío yo, volver a casa. De camino, se me cruzó una chica empujando un carrito de bebé, y no pude evitar el gesto espontáneo de agacharme y observar la pecosa carita del crío que había dentro. Mi corazón se aceleró a mil por hora, algo se movía dentro de mí, y podía imaginarme qué era. Nervioso, aceleré el paso. Casi corría, a pesar de que me sentía felizmente pesado, como con un empacho de amor y paz hacia los demás. Durante mi carrera saqué mi móvil, y pude ver que de nuevo aparecía como salvapantallas la hermosa fotografía de mi familia en Benidorm. Llegué a casa no sin antes comprar una rosa para mi esposa, besé a mis hijos uno a uno, a los ocho, y preparé una merienda rica en calorías, amor y cariño a mi mujer, perdón por lo de esta mañana, os besaré siempre, no dejaré de hacerte nunca el desayuno, no sabía quién era, estaba sin corazón o peor aún con el corazón hecho de polietileno, el material con el que se fabrican los juguetes, pero estás rarísimo si esta mañana no ha pasado nada extraño, me hiciste el desayuno como siempre, y besaste a tus hijos, a los ocho, como cada día. Sin escuchar las palabras de mi mujer me encerré de nuevo en mi habitación y saqué de debajo de mi camiseta mi ejemplar de Mortal y rosa. Me acurruqué en la cama, me dispuse a leer, y a los pocos segundos dos lágrimas resbalaron por mis mejillas, esta vez sí, de emoción al leer este conmovedor fragmento elegido al azar: “(…) el niño participa de la fruta, del gato y del hombre. Es un cruce de individuo, manzana y felino. Ansía tanto la vida y no sabe que está dentro de la vida, de que en él se han logrado y detenido corrientes de siglos y que le habita la actualidad. No verle, de vez en cuando, como hijo, sino como milagro de las cosechas, como creación momentánea del tiempo”. Sí, volvía a ser yo, mi corazón parecía tornar a su materia original de ternura y amor hacia la humanidad. Atrás quedaba, en el pasado o en el sueño, esa horrible mañana en la que no tuve corazón, o si lo tuve, parecía hecho de polietileno, el material con el que se fabrican los juguetes.

admin

5 comentarios

  1. He querido ver en el relato-reseña veladas (y no tanto) referencias a películas como «Big» y «Regreso al futuro». Algún día me explicarás la conexión… 😉

  2. Gracias, señor Martínez Ros. Fran, sabía que estos guiños no se te iban a escapar especialmente a ti.

  3. José Manuel, aún estoy intentando entender tu reseña, pero si alguna vez lo logro, y te estás metiendo con Mortal y Rosa, te las verás conmigo.

    • Buem Migue, ansioso estoy de enfrentarme a usted em duelo a muerte en P.K Lagart.
      PD. Puede usted pedir que lo acompañe su meloso colega Doncalcetinrelleno.

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