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La mosca cojonera

 

El mapa y el territorio

Michel Houellebecq

Anagrama, 2011. Colección «Panorama de narrativas»

ISBN: 978-84-339-7568-3

384 páginas

21,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Premio Goncourt 2010

 

Fran G. Matute

Según el Wikcionario, una mosca cojonera es una locución que hace referencia a una “persona que resulta muy pesada o molesta”. Y esa es la apreciación que tiene gran parte del gremio literario sobre Michel Houellebecq, el eterno ‘enfant terrible’ de las letras galas (por favor, dejémosle de llamar eso que el chaval ronda la cincuentena). Todas sus apariciones vienen acompañadas de polémica: que si insulta al Islam, que si reniega de su madre, que si aparece con mujeres desnudas con ‘burka’ en sus actuaciones perfo-poéticas-musicales… La última genialidad de la prensa es acusar a El mapa y el territorio (2010) de plagio. Más concretamente de haber usado definiciones de la Wikipedia en algunos pasajes.

En mi opinión, esta absurda polémica termina en el mismo momento en el que el autor, al final de la novela, menciona a la enciclopedia ‘on-line’ (en su versión francesa) como fuente de inspiración para sus descripciones de la mosca doméstica, la ciudad de Beauvais y Frédéric Nihous, conceptos absolutamente tangenciales dentro del cuerpo de la novela. No sé si estos “agradecimientos” son impuestos por la editorial pero, en cualquier caso, a mi juicio, ponen punto y final al supuesto plagio, más aún cuando esta novela ha sido colgada libremente en la red para disfrute indiscriminado de sus lectores.

Salvaguardado el honor de Houellebecq, sólo nos queda enfrentarnos a su última novela, galardonada con el prestigioso Premio Goncourt. El mapa y el territorio es, dejémonos de rodeos, una de las mejores obras firmadas por su autor y podría llegar a rivalizar en importancia cultural con su aclamada Las partículas elementales (1998) -una de las novelas más importantes de finales del siglo XX- de no ser porque, en ocasiones, no nos parezca estar leyendo un texto escrito por Houellebecq.

Mientras la mayoría de la crítica especializada perdía el tiempo indagando sobre qué párrafos esquilmaba el galo de la Wikipedia, bien se podría haber preguntado si Houellebecq no ha tirado esta vez de negro ya que, si no, no se comprende la bipolaridad que muestra el autor de Plataforma (2001) en ésta su última novela, despojada de su arquetípica fobia social y que abraza una trama ‘noir’ que sorprende al lector a la misma vez que lo descoloca. ¿Houellebecq un autor de géneros? Volveremos a este punto más adelante.

La segunda extrañeza a destacar de El mapa y el territorio es el distanciamiento con el que Houellebecq se enfrenta a la historia. Para empezar, decide no llamar Michel a su protagonista, y para terminar, él mismo se incluye en la trama como personaje (menos secundario de lo que pueda parecer en un primer momento) lo que elimina la posibilidad de identificar a Jed, ese fotógrafo de mapas encumbrado por la crítica artística, como un trasunto del propio Houellebecq, aunque muchos paralelismos puedan establecerse entre la visión de su personaje y la del escritor.

Pero lo cierto es que El mapa y el territorio es un lujo de novela por los múltiples interrogantes que expone. Hay un continuo enfrentamiento dialéctico entre la realidad y su representación. Entre la geografía y la cartografía. ¿Dónde reside el valor artístico de alguien que se limita a representar la realidad sin alterarla? Parece preguntarse constantemente Houellebecq. Y en su literatura encontramos buenos ejemplos de esta diatriba. A Houellebecq se le ha acusado, sobre todo en sus primeras novelas, de basarse demasiado en la realidad de tal forma que era difícil diferenciar la opinión de sus personajes de la del propio autor, circunstancia ésta que le llevó a vivir un intenso proceso judicial con motivo de algunas “opiniones” vertidas contra el Islam por el protagonista de Plataforma. En aquél momento Houellebecq escapó bien agarrándose a la libertad de expresión y al hecho de que dichas opiniones habían sido realizadas por un personaje de ficción.

Ahora tenemos un personaje como Jed Martin, que se limita a fotografiar mapas, que no son otra cosa que una representación de la realidad. Jed no inventa nada. No aporta nada a la imagen. Hasta el propio factor técnico aplicado a la fotografía es sobrio e inapetente. A primera vista, podría pensarse que Houellebecq está haciendo una crítica al arte contemporáneo, el ‘sumum’ de la representación de representaciones. Pero creo que Houellebecq se está, en el fondo, riendo de sí mismo y por ende de sus lectores. ¿Por qué es plagio copiar un texto de la Wikipedia o de una guía de viajes, el cual está siendo descontextualizado, y no lo es hacer una fotografía de un mapa? Elucubraciones al margen, lo cierto es que en esta reflexión sobre el arte, los artistas y su capacidad innovadora, Houellebecq va mucho más allá de lo que proponía, por ejemplo, Tom Wolfe en La palabra pintada (1975), en la que se reía más bien del arte moderno como creación del ser humano que de la asunción por parte de los “artistas” del impacto que tiene su obra en la comunidad.

Así que si aceptamos que Houellebecq está percibiendo su obra como las fotografías de mapas que hace Jed, no es de extrañar que el mensaje intrínseco de El mapa y el territorio no sea otro que enfrentar a sus lectores con esta verdad incómoda: Houellebecq no se toma demasiado en serio (de ahí su manida y hasta cómica versión de sí mismo que introduce en el texto), así que ¿por qué deberíamos hacerlo sus lectores? Houellebecq analiza en este libro cómo la sociedad ha asumido su propia obra. Parece dar a entender que él mismo no considera su literatura merecedora de tanta loa, que él se limita a plasmar lo que ocurre en su derredor. Se ha criticado (inocuamente, en mi opinión), la falta de carácter “literario” de la obra de Houellebecq, alegando en su favor que se trata de una visión fría, calculadora, diseccionada bisturí en mano, de las penalidades del sistema capitalista, tanto en occidente como en oriente… Pero Houllebecq se ríe en su última novela de los críticos de arte y ya sabemos que, en realidad, está haciendo un llamamiento a los literarios.

Pero volvamos a la cuestión temática o de género. Con El mapa y el territorio, parece que Houellebecq esté transitando hacia territorios más propios de su apadrinado Frédéric Beigbeder (que, por cierto, también pulula por la novela). Houellebecq ya no habla tanto de sí mismo como ser aislado del mundo. Se atreve a salir del cascarón y narrar la putrefacción del sistema (ese que le ha tocado vivir en primera persona gracias a la fama de su literatura), como ya hizo Beigbeder en su afamado díptico 13,99 € (2000) y ¡Socorro, perdón! (2007). La literatura de Houllebecq se expande así, de una primera persona a una persona cualquiera (‘alter ego’, en cualquier caso) sometida a un sistema que lo engulle y del que no participa activamente. Muchas de las anécdotas vividas por Jed en esos cocktails y restaurantes de lujo las habrá vivido el escritor francés en sus carnes. La idiocia de la postura ‘cool’, los críticos (esos que son capaces de encumbrar cualquier cosa), la pose del artista necesitado. Y luego está ese ‘noir’ impostado, muy del estilo de, mire usted por dónde, su odiado Robbe-Grillet.

Si dijera que El mapa y el territorio es una obra maestra sin parangón, una obra definitoria de nuestro tiempo, seguro que Houellebecq se reiría de mí. Pero desdeñar esta magnífica reflexión contemporánea, acusándola de plagio y adocenamiento sería igual de irrisorio, pues estamos ante una novela sólida como una roca escrita por un autor consagrado que, si bien parece estar empezando a caer en la condescendencia de su posición (muy al estilo de Paul Auster, todo sea tristemente dicho), aún mantiene plena vigencia. Dejemos que la mosca cojonera siga zumbando unos cuantos años más…

admin

4 comentarios

  1. Es una novela desconcertante. Es curioso como Hou puede llegar a apasionar a pesar de todas sus (obvias) deficiencias literarias.

  2. La verdad es que lo que cuentas tiene buenísima pinta. Habrá que leerla. Creo que tu reflexión acerca del arte y demás es muy lúcida, siendo «descontextualizada» la palabra clave en la clasificación de un objeto o lo que sea como arte.

  3. Creo que lo vi este verano en la costa levantina comiendo en un bar de carretera. El tipo parecía bastante normal. Su única rareza fue que mascaba palillos de dientes hasta dejarlos hechos serrín. Luego se pidió un corte de helado de tres sabores y se echó unas monedas en una máquina tragaperras que momentos antes había desvalijado un chino. Por esto último me pareció un poco memo. Habrá que leerlo igual. Muy buena reseña.

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