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La muerte te sienta tan bien

bloc

JOSÉ MANUEL LÓPEZ | Pocas sorpresas vais a encontrar en el último poemario de Luis Alberto de Cuenca.  Si el madrileño no es santo de vuestra devoción, no compréis este libro; pero si pertenecéis a la secta que lo venera, no os defraudará. Porque el antaño joven “novísimo” no está dispuesto a sacrificar ni un ápice de su talento, de la frescura y distinción de su verso, en pos de cambios o novedades ciertamente prescindibles. Como en él es habitual, desde el principio no tiene pudor en quitarse la careta y dejarnos muy claro cuáles son sus modelos literarios: desde Homero, Simónides, Menandro… pasando por Garcilaso, Shakespeare, Donne, la épica griega o germana… hasta otros otros referentes menos clásicos como Michael Ende, Houellebecq, el cine americano de los años cuarenta o los cómics. Este es el sello de Luis Alberto de Cuenca, la manifestación clasicista truncada por los modelos posmodernos. Y lo mismo hace con su escritura: cuando parece que su verso fluye bajo los moldes del endecasílabo enfático o heroico más tradicional, el ritmo aparece cercenado por una frase abrupta y de lo más pedestre o coloquial.

El nombre del libro hace referencia a la paradoja vital en que se encuentra el autor en estos momentos de su vida. Lo de “otoño” viene, obviamente, porque con sesenta y cocho palos ya cumplidos el tema de la muerte empieza a obsesionarle a través de un pavor que se manifiesta mediante unos cauces de los más explícitos. Por otra parte, el término “bloc”, hoy en desuso, alude a su infancia, a esos pequeños cuadernos donde se anotaban todo tipo de ideas, apuntes o pensamientos de manera indiscriminada. Los versos del madrileño siempre se empeñaron en añorar cualquier tiempo pasado, pero la contundente omnipresencia de la muerte se muestra aquí de manera aun más intensa que en sus anteriores libros. Esa viuda negra y mal encarada es la única capaz de arrasar con los pocos asideros que posee en la vida. Porque sí, en su día a día hay otras distracciones, como el amor, pero este se esfuma sin contemplaciones cuando el manto negro nos cubre (“Inútil prima Vera”); también están las lecturas, el propio placer de leer, tan bellamente expresado en el poema “Biblioteca de prisiones”, pero esa gozosa actividad, del mismo modo, cesará tras el último suspiro; hasta la propia creación, que a otros autores consuela en la medida que los convertirá en eternos,  a él no le basta, ya que es consciente de que su obra terminará olvidándose y convirtiéndose en algo insignificante:

“Y escribes estos garabatos

en el ocaso de tu tiempo

que el simún borra en un segundo

en la inmensidad del desierto”

(“Garabatos”)

Hay otros temas a los que el poeta intenta agarrarse para dejar de pensar, aunque sea por un instante, en la muerte. Clásicos en sus libros son la borgiana apología del guerrero (“Los veteranos del emperador”), la recuperación del pasado (“Aquel curso de cómics”) o  un tema con el que simpatizo especialmente: el amor a la ciudad, o más bien, el repudio de la naturaleza, rescatando el original sentido que Horacio quiso dar al tópico del “beatus ille”. Y es que, personalmente, coincido con el autor en esa lógica animadversión hacia la “res natura”. Siempre he afirmado, a pesar del asombro de mis amigos que los sábados se trasladan al campo a recolectar setas vestidos de exploradores, que prefiero un semáforo a un árbol, y el sonido de una ambulancia antes que el más hermoso  trinar de un ave. Y en esta línea se muestra también el bardo:

“Que asfalten de una vez tus cordilleras,

tus playas y tus selvas, tus glaciares,

tus tundras, tus planicies, tus sabanas,

y que surjan ciudades de tus yermos,

ciudades corrompidas, libres, inteligentes

donde reine lo humano”

(“Cruel naturaleza”)

Pero, como ya hemos dicho, el consuelo es efímero, pues la negra dama del postrero día arrasa con todo, y convierte al autor en una casa vacía en la que “hoy ya no se escucha más que la voz sin alma del silencio” (“Casa vacía”).

Luis Alberto de Cuenca es un poeta maldito, un pesimista, un eterno enfermo del “spleen”. Bloc de otoño es su libro más extenso, y creo que el de mayor calidad. Quizás se deba a la cada vez más cercana presencia de la muerte. Puede que ella haya sido la responsable de inocular en sus versos una nueva y extraña serenidad.  Al final resulta que el libro sí tenía alguna novedad: la de siempre, la que nos amenazará a todos.

Bloc de otoño (Visor Poesía. Colección Palabra de Honor) | Luis Alberto de Cuenca | 171 páginas | 20 €.

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