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La mujer imposible

RAFAEL CASTAÑO | A Benjamin Moser le encanta contarlo. Aquello que para tantos representa a Susan Sontag, la raya blanca y amplia en la melena negra, ese rasgo al que los cómicos del Saturday Night Live acudían para imitar al intelectual neoyorquino medio, fue una sugerencia del peluquero de su madre. Sontag acababa de superar su primer cáncer, había encanecido por completo, y decidió seguir su consejo.

Sontag puede ser eso. Una peluca. Una casualidad. Una línea blanca sobre fondo negro. Un apellido sin nombre. Moser se enfrentaba al reto de retratar una ilusión óptica. Sontag, antes de disolverse en su apellido, fue Sue Rosenblatt, y no dejó de serlo hasta su muerte. Allí acaba el libro, y comienza en Hollywood, tierra de sueños y máscaras, con el rodaje de una película sobre el genocidio armenio protagonizada por supervivientes del genocidio armenio. Podríamos decir, entonces, que el libro comienza y termina como metáfora.

Susan Sontag era una caja de calvarios, neurosis, aspiraciones imposibles para sí y para los demás. De ella el amor salía, como la carne de las fábricas, transformada en altivez, desdén y olvido. La mujer más solitaria estuvo siempre rodeada de gente. Pasó como un huracán por el arte y la cultura de su tiempo, y por las vidas de los que se acercaron, siempre demasiado, a ella. Como se dice de Canetti: “Resume su época y la contradice”. Pareció saberlo todo y tal vez lo supo. Puede hablarse de ella, pero el lenguaje no parece bastar nunca. Era ella misma el concepto central de su pensamiento: algo y otra cosa. Lo diremos de nuevo, porque Moser lo repite una y otra vez: era una metáfora.

El autor, a quien este encargo le llegó tras el éxito de su biografía de Clarice Lispector, es un tipo al que le encanta hablar. Al verlo en Youtube uno se lo imagina tomando té en el salón de alguna vieja baronesa inglesa, riéndose con el meñique erguido. Siempre parece asentir, seguir la corriente a su interlocutor, encandilarlo para robarle sus secretos. Sontag. Vida y obra está lleno de entrevistas, y esas entrevistas están llenas de confesiones íntimas.

Hay un consejo que suele darse a los escritores primerizos: “Escribe como si tus padres estuvieran muertos”. Este libro está escrito como si David Rieff y Annie Leibovitz estuvieran muertos. Rieff, el hijo de Sontag, no quiso saber nada del proyecto. Leibovitz, su última pareja, es aquí una mujer absolutamente sometida a sus caprichos y abusos. Ella sí habla. Hablan todos, parece, pese a todo. Conocer a Sontag, estar junto a ella, era amarla sin razón. Podía ser la persona más egoísta, la más dañina, buscar las debilidades y apretarlas con saña, pasar de la entrega al desprecio. No encontró iguales. Los demás eran para ella inferiores o superiores. No parecía haber en su corazón un espacio intermedio en el que habitaran, con inestable firmeza, el amor o la amistad. Todos la amaron. Todos, de mil modos, la entendieron: “Lo suyo no es crueldad, sino simple susanidad”.

Es profunda esta biografía porque va volviendo a los mismos sitios, y esto es así porque su protagonista permite ahondar en sucesivos y obsesivos fractales. Perdió a su padre en China, con cinco años. Pasó su infancia viajando, parando en California o Tucson, Arizona, donde nadie es capaz de imaginársela, junto a su hermana Judith, su padrastro, de quien tomó su apellido, y su madre alcohólica, a la que siempre evitó y a la que siempre buscó. En sus futuras y frecuentes horas de desesperación la recordaba, y era incapaz de desligar, como tantos hicieron con ella misma, el amor que sentía por ella del odio que sentía por ella.

Sontag era una niña inquieta y precoz, que en el desierto de referentes que toda niña de los años cuarenta encontraba vio en la figura olímpica de Marie Curie su única puerta hacia una vida distinta y vibrante. Leía como nadie parece haber leído nunca. La vida era entonces incierta, amplia y luminosa. En la Universidad de Chicago empezó a salir con Philip Rieff, su profesor. Tardaron poco en casarse, y a los pocos meses Susan tuvo a su único hijo, David. Philip publicó un libro sobre Freud que muchos atribuyen hoy a Sontag, quien por entonces había leído todas las obras del psicoanalista vienés. Aún no había cumplido los dieciocho.

Poco después comienza el lector a vislumbrar el núcleo de este libro, la metáfora de metáforas, dentro de ese ovillo de identidades: Susan Sontag era lesbiana. Sus parejas más duraderas y tormentosas fueron mujeres, y son ellas el hilo conductor de esta biografía. Perseguida por ello por su exmarido casi pierde la custodia de su hijo. Ella nunca quiso reconocer en público su orientación sexual, y eso nos extraña, por el dolor y el coraje: fue valiente en momentos en los que pocos lo fueron, especialmente en las últimas décadas de su vida, defendiendo a Salman Rushdie tras la publicación de Los versos satánicos o viajando a Bosnia para dirigir, en el Sarajevo en ruinas de la guerra, un montaje de Esperando a Godot.

Sontag se niega siempre a ser categorizada. Hay un fortísimo contraste entre su voz pública y lo que hoy podemos leer en sus diarios. Y uno se sorprende al ver cómo una de las mentes más brillantes de su época, que entendía y definía con una lucidez asombrosa el arte y la mentalidad de su tiempo, incurría en los mismos comportamientos infantiles, una y otra vez, destrozando y destrozándose. Era grosera con los que la querían, pedía siempre más a los que se lo daban todo, ardía ferozmente en el amor, y de todo ello se fustigaba en la intimidad. Todos decían de ella lo que todos hemos oído de tantas parejas tóxicas: estar con ella casi siempre era horrible, pero en los buenos momentos no había mejor compañía posible.

No hay pretenciosidad en el repaso que Moser hace de la obra de Sontag, desde su búsqueda y reivindicación de una erótica del arte hasta sus reflexiones en torno a la fotografía, la enfermedad o la violencia, pasando por lo camp, su relación con la editorial Farrar Straus, donde publicó sus novelas, o su relación con artistas y escritores como Joseph Brodsky, Paul Thek o Joseph Cornell. La obra de este último, que le envió durante un tiempo cartas y objetos heteróclitos, nos sirve como símbolo de Sontag: “Su formato característico era una discreta cajita, por lo general hecha de cristal transparente pero sin embargo capaz de impedir la entrada a los objetos situados al otro lado […] Se situaba así «contra la interpretación» […] porque todo era incomprensible”.

La obra de Sontag, sus novelas, sus ensayos, sus críticas, es un enorme autorretrato camuflado. Y quizás en su búsqueda exhaustiva de significados ocultos, donde Moser tropieza es en la atenta lectura de sus obras de ficción, de escaso éxito: “Es de suponer que sólo los más devotos leían sus novelas o veían sus películas hasta el final”. La propia Sontag se consideraba, cómo no, novelista, y no descansó hasta obtener el éxito en los años noventa con El amante del volcán.

En la presentación de esta biografía en la librería Strand, en Nueva York, Bill Goldstein, responsable de la crítica literaria del New York Times, comenzó así: “Creo que ninguno de los que estamos aquí necesita que le digan quién fue Susan Sontag”. ¿Se puede resumir una vida? ¿Se puede definirla? Y de ser posible, ¿sirve de algo? Podemos tener una concepción moral de este dilema y decir que toda biografía debe no sólo resumir, sino juzgar. Dar o no la razón, hacernos entender. Sea como sea, hacerlo a través del lenguaje es mirar sin mirar, especialmente cuando hablamos de personajes imposibles. Es leer algo y ver en ello otra cosa: “«Todos mis libros son confesiones más o menos veladas», afirmó Cioran en una frase que bien podría haber suscrito Sontag. […] «La única confesión sincera es la que hacemos de forma indirecta, hablando de los demás»”.

Nuestra relación con la cultura tiene mucho que agradecerle a Sontag, a quien se la acusó de poner en el mismo nivel la ópera y The Supremes, la alta y la baja cultura. Hoy estas dos categorías sólo se emplean en las salas de exposiciones de los bancos y las fundaciones, donde suele habitar un arte inofensivo. El futuro se dirime siempre en los márgenes, en el choque y mezcla de lo popular y lo institucional, así que podemos plantearnos que, si esta biografía es leída por muchos, pueden pasar dos cosas: que Sontag ingrese definitivamente en el panteón de los pensadores oficiales o que Sontag, en cierto modo, reviva en los debates actuales sobre identidad y lenguaje. Moser, en la presentación de Strand, lo resume en esta frase: “Es difícil que un libro como Contra la interpretación se pudiera publicar hoy”. Me encantaría saber qué diría Susan de todo esto.

Sontag. Vida y obra (Anagrama, 2020) | Benjamin Moser | Traducción de Rita Da Costa | 832 páginas | 24,90 €

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