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La nostalgia del individuo en el país de los trajes hechos

VICTORIA LEÓN | El  gran escritor y periodista gallego Julio Camba (1884 – 1962),  que fue corresponsal de los principales medios españoles de su tiempo en lugares tan diversos como Constantinopla, París, Londres, Berlín o Nueva York, desde donde cubrió acontecimientos de la magnitud de la Primera Guerra Mundial o el crack de 1929, reunió en los dos libros que recoge esta edición conjunta sus artículos dedicados a la gran urbe norteamericana. Entre el primero de ellos, Un año en el otro mundo (1917), escrito tras su estancia en la ciudad como corresponsal de ABC el año anterior, y La ciudad automática (1934), transcurren los años de la vertiginosa transformación de Estados Unidos en el gigante cuyo papel pasará a ser crucial para el destino de Europa. Su lectura ofrece, además de algunas de las páginas periodísticas mejor escritas de su época, una valiosa crónica de algunos de los acontecimientos que marcaron ese cambio histórico.

            Para Camba, la primera impresión de Nueva York durante su estancia en el país en 1916 como corresponsal de ABC, fue la de una civilización defectuosa, “carente de cocina, de literatura, de moral, de sentimiento propios”. Sin embargo, sabe intuir desde el principio que en esa ausencia late una cultura radicalmente distinta de la que ha tardado siglos en fraguarse en la vieja y lenta Europa; que lo que contempla es una civilización que quiere formarse: “Pintores, escultores, arquitectos, bailarines, actores, músicos, poetas […] venid a América. América quiere hacerse un gusto y un sentimiento artístico”, escribe. Pero en esa civilización en estado magmático e inaugural  enseguida descubre otras características que llaman su atención aún más poderosamente: la primera de ellas, la velocidad (el abrir y cerrar de ojos en el que se construye un rascacielos o los vagones del metro se llenan y vacían entre codazos) y, por encima de todo, un galopante automatismo en el que ve con alarma la sustitución del ser humano como individuo por la mecánica y la serie. Cuestión que de manera recurrente seguirá abordando en sus artículos y confirmando en posteriores viajes, pues en 1929 fue invitado por la Dotación Carnegie para la Paz Internacional a recorrer Estados Unidos junto a otros once periodistas europeos, y solo un año más tarde regresaría de nuevo como corresponsal de ABC.

            Con mirada crítica y humorística, pero también con una mezcla de respeto cordial (pues la caricatura siempre aparece templada por sentimientos de simpatía hacia su objeto, como en el artículo “Los rascacielos como obra de ternura”, que arranca de una anécdota protagonizada por Oscar Wilde), Camba nos ofrece estampas  de la vida cotidiana en la ciudad y sus costumbres sociales. Llama la atención sobre la fascinación por el récord, la desmesura y la actividad frenética; por una “vida planteada como una partida de póquer” en la que un instante se hacen y deshacen fortunas. No falta ese humor amable al que nos referíamos ni en sus estampas costumbristas ni tampoco en sus reflexiones de carácter más histórico. “La literatura española moderna cuenta con un grande, con un admirable humorista […] que tiene una filosofía y un concepto original de las cosas”, escribiría Azorín en una elogiosa reseña de Un año en el otro mundo que supuso la consagración de Camba como escritor. Su escritura es sencilla, certera, llena de paradojas y geniales y divertidas imágenes que nos sorprenden al modo de las greguerías ramonianas: “En una habitación sin teléfono un americano tendría la sensación de haberse vuelto mudo”, escribe. O “en los países nuevos es donde se encuentran las cosas más viejas del mundo”. Los artículos son variados y tratan asuntos históricos, políticos, sociológicos o artísticos con amenidad e inteligencia. Destaca el arraigo puritano en las costumbres y en el pensamiento de la sociedad (“hablar con un americano es como hacerlo con un inglés de los tiempos de Cromwell”). A propósito de una exposición neoyorquina de Zuloaga, recuerda que el artista no solo tiene el derecho de interpretar a su modo la realidad, sino hasta el de deformarla. Dedica un bellísimo homenaje a Rubén Darío. Reivindica el valor civilizador del ocio “porque yo creo que toda civilización se ha hecho a ratos perdidos y que su labor será interrumpida en cuanto la humanidad se niegue sistemáticamente a perder el tiempo”. Aunque donde su tono se vuelve siempre más adusto es, desde luego, al denunciar, “en el país de las salsas hechas y los trajes hechos”, la sustitución de lo individual por un automatismo a veces frívolo y a veces triste, pero siempre deshumanizador: “Aquí hay una tendencia a sustituir la conversación con el baile, el pensamiento con la gimnasia casera y la civilización con la mecánica”.

            El segundo volumen, La ciudad automática, se abre con la confesión de un odi et amo:“Nueva York nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo. Y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno”. Pero lo que el ya veterano periodista comprende sin ninguna duda es que es la capital del tiempo presente. Por eso considera la publicidad como la gran aportación del “genio americano” a la literatura universal, e incluso llega a decir que toda la literatura moderna está influida por la literatura publicitaria. Porque ha llegado el tiempo de “la máquina contra el hombre, la estandarización contra la diferenciación, la masa contra el individuo, la cantidad contra la calidad, el automatismo contra la inteligencia”, como escribe en el artículo titulado “Moscú y Detroit”. Terminan estas páginas con una nota de bienhumorada pero profunda melancolía cuando el brillante articulista concluye: “Después de todo amigo lector, yo soy un hombre moderno. Soy un hombre de mi época, aunque, la verdad, preferiría serlo de cualquier otra”. Y esa melancolía no nos resulta ajena.

Nueva York (Un año en el otro mundo. La ciudad automática) (Reino de Cordelia, 2020) | Julio Camba | 464 páginas | 22,95 €

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